El Arte del Decir (194)


Siempre hay alguien a quien el poema se dirige, alguien en la sombra, entre las palabras, en el lugar de los silencios que lo aluden. Esto no quiere decir que sea alguien preciso: a veces sólo es un rostro entre una multitud de rostros que sólo se alcanza a vislumbrar de manera borrosa. Tampoco es necesario que el poeta sea totalmente consciente de quien es aquel o aquella adónde se dirigen sus esfuerzos de metáfora y sus desplazamientos metonímicos. La o el destinatario tampoco es necesario que se de cuenta de ese mensaje, al menos en un primer momento. No sólo porque muchos de los destinatarios de nuestros poemas no leen poesía, sino porque alcanzado por las palabras y la belleza que - con suerte- podemos desplegar a causa de ellas, muchas veces se ignora a quien van dirigidos esos vocablos. Sin embargo como dice Jacques Lacan, con sencilla sabiduría, "una carta siempre llega a destino" y esto creo que puede ser visto también como un destino del poema. Las palabras corriendo apresuradas o lentamente, flanqueadas por silencios que dicen, de vez en cuando, tanto como ellas, susurrando un mensaje que puede ser inaudito, al final, alcanzan, sin embargo,  su objetivo. Que no es otro que el Otro del cual provenimos parcialmente y que nos devuelve (un poquito más de Lacan) nuestro propio mensaje en forma invertida.

Marina Tsvetáieva (1892-1941) es una poeta rusa, se casó muy joven con Serguei Efrón, quedando sola en Moscú durante la guerra civil, ya que su marido militaba en el Ejército Blanco. En 1922 deja Rusia y se reencuentra con su marido en Praga. En Bohemia pasa uno de los períodos mas felices de su vida, intensificando su producción literaria y viviendo un apasionado romance con Konstantin Rodzevich. En 1938 vuelve a Moscú y se rencuentra con su marido y su hija, Alia. Al cabo de dos meses Efrón cae en desgracia y es arrestado y  Alia es enviada a un campo. Es Estado le prohibe publicar. En 1941 Marina y su hijo son evacuados a un pueblo tártaro, donde presa de la desesperación y la tristeza se pone fin a su vida. Su poesía atraviesa uno de los periodos de mayor turbulencia política y canta una y otra vez a los prodigios de la existencia y del amor.

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A Rainier Maria Rilke




Rainer, quiero encontrarme contigo,

quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir.

Simplemente dormir. Y nada más.

No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo

y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más.

No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú.

Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.



(Traduccion de Carlos Alvarez)

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Insomnio  2




Así como me gusta

besar las manos

y ofrendar nombres,

también me gusta

abrir las puertas

-¡de par en par!- a la oscura noche.


Apoyando la cabeza,

oír los recios pasos

hacerse más ligeros,

y cómo el viento mece

el bosque somnoliento

y desvelado.


¡Oh noche!

Van creciendo los arroyos

que en el sueño desembocan.

Ya se me cierran los ojos.

en medio de la noche

alguien se ahoga.


(27 de mayo de 1916)


(Traducción de Severo Sarduy)

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Poema del fin




Como la piedra afila el cuchillo,

Como se desliza el serrín al barrer,

Así, aterciopelada, la piel

Húmeda súbitamente en los dedos.


Oh dobles -coraje, sequedad-

De los hombres, ¿dónde estáis,

Si en mis palmas hallo lágrimas

Y no lluvia?


El agua es de la fortuna,

¿Qué más podría desear?

Si tus ojos son diamantes

Que se vierten en mis palmas,


Ya no pierdo

Nada. Fin del fin.

Caricias, caricias

-Acaricio tus mejillas.


Somos así, orgullosas

Y polacas -Marina-,

Cuando en mis manos llueven

Ojos de águila:


¿Lloras? Mi amor,

Mi todo: perdóname.

Trozos de sal

Caen en mis palmas.


Llanto de hombre, veta

Que en la cabeza retiembla.

Llora. Otra te devolverá

La vergüenza que te hice dejar.


Somos dos peces

Del mis-mí-si-mo mar.

Dos conchas muertas

Labio contra labio.


Todo lágrimas.

Sabor

A armuelle.

-¿Y mañana

Cuando

Despierte?




(Versión de Monika Zgustová)

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Versos a Blok




En Moscú, las cúpulas en llamas.

En Moscú, ya tañen las campanas.

Los sepulcros están aquí, en hilera,

y allí duermen los zares, las zarinas.


Tú no sabes aún que en el alba del Kremlin

se respira mejor que en cualquier otro sitio.

Tú no sabes que en el alba del Kremlin

yo te rezo hasta el alba.


Tú pasas sobre el Neva

y yo sobre el Moscova,

cabizbaja.

Se duermen las farolas.


Te quiero en el insomnio.

Te escucho en el insomnio.

Mientras que por el Kremlin

despiertan campaneros.


Mi río con tu río,

mi mano con tu mano

se ignoran. Cariño mío, alegría

hasta que el alba alcance a la siguiente.




(Versión de Severo Sarduy)





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