El Arte del Decir (126)
Las afirmaciones, sobre todo si son vigorosas y explícitas, no suelen ser demasiado apreciadas por muchos poetas quienes prefieren recostarse en las interrogaciones, como en un cómodo lecho que impediría tomar partido y sobre todo, ser definido a partir de algunos poemas. Se sabe que esas precisiones tomadas a partir de la obra de alguien son muy incompletas para situar su ser, sin embargo, estos poetas interrogativos rechazan cualquier anotación y se complacen en enmascarse continuamente. Aunque me parece que las máscaras son un recurso formidable de cualquier poesía, creo también que no impiden (como creen los poetas de la duda perpetua) no tomar partido ni afirmar cosas sobre el mundo, los otros, uno mismo, los seres imaginarios y reales que nos rodean o aquellas cosas que sólo aparecen en la sustancia finísima de los sueños y las fantasías. Cierta precisión personal se impone en la buena poesía y esto, aunque no se haga explicitamente, está siempre presente. Afirmar supone saber algo, aun cuando ese saber sea borroso o poco expuesto. Y la poesía es una relación con el saber, por lo general inconsciente}, que nos habita y nos constituye.
Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) Nació en Buenos Aires y falleció en Lubriano, Italia, donde vivía desde 1957. Fué traductor, poeta, crítico amigo de Silvina Ocampo. Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Ha escrito obras notables de poesía como Los Hermosos Dias, Persecución de las musas menores, Sexto y libros de cuentos y prosas tales como El Caos, Libro de los Monstruos y La Sinagoga de los Iconoclastas. Al final de sus días escribía en italiano. Es uno de los poetas argentinos más sutiles y delicados como lo prueban los poemas que hoy presentamos.
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Dos
Conmigo mi mundo desaparecerá, la red
que me tejí como una araña
que está inmóvil en un rincón de la tela
y a veces come y a veces la remienda;
pero su tela cada vez está más rasgada
y la araña no tiene ganas de arreglarla.
Entretanto proseguirán los otros mundos
cada uno con su insecto en el medio vigilante,
tramas brillantes o bien madejas grises,
esferas como jaulas delicadas
que no tienen paz y en medio la araña
hasta que desaparece y nadie se da cuenta.
Pero tú, ya que también has querido hacer tuyo
este mundo que tal vez fue el más bello,
repleto de alfileres de oro y fibras finas,
acércate a mí, envuélvete en la misma
red compleja que no se repite,
poséela y sostenla hilo a hilo
como yo lo hice hasta ahora estando solo.
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Dos casas tenían por límite un arroyo
Dos casas tenían por límite un arroyo,
de este lado vivía una loca, del otro un niño,
y se hablaban de una orilla a otra.
Léelo, eso es un relato de amor puro
si hay algo puro en el amor.
Hablaban de plantas y de hurones.
(traducciones de Guillermo Piro)
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Al fuego
Fuego, querido amigo de la sombra,
mi compañero, que ardes y te apagas
y vuelves a arder gracias a mi mano,
desesperado que consumirías
el mundo y aquí a solas te consumes
a ti mismo, en ti mismo acurrucado
como la pordiosera que en el alba
prende la hoguera de cada jornada
y se da en pasto de su brasa lenta.
Hijo del rayo, ahora hijo del hombre,
gato rojo, hay que darte de comer.
Vuélvete tigre, sal, crece, devora
todo si tanta gana tienes, haznos
ceniza, por su fuego solitario
sea mordido cada cual, y sea
vuelto bello, sea vuelto llamarada,
retorne al gran incendio original.
(traducción de Pablo Anadón)

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