El Arte del Decir (197)
"Elige solo una maestra; la naturaleza"- afirmó cierta vez Rembrandt, pintor cuyo uso del color y de los haces de luz, practicamente reinventan los datos naturales, mostrando que aunque la naturaleza pueda enseñarnos, es propio de los seres humanos hacer algo más con aquello que el mundo nos muestra. En efecto, el carácter de invención de los poemas es evidente. En ellos los seres naturales aparecen metamorfoseados con una nueva mirada, mirada que aporta el sujeto que los canta, y de esa forma, se transforman en otra cosa. No hay en la poesía una simple descripcion de la realidad, sino la introduccion de un deseo (a veces desconocido para el poeta mismo) que hace de esa realidad otra escena. Un escena donde el mundo no se encuentra en sí mismo, sino complicado por la presencia del hombre, que lo moldea, lo hace vivir o lo destruye.
Lorna Shaugnessy (1961) Escritora nacida en Irlanda del Norte, es poeta, traductora, investigadora y profesora de lengua española en la Universidad Nacional de Irlanda, en Galway. Ha publicado los libros de poemas Torching The Brown River, 2009, y The Witness Tree, 2011. Sus poemas son directos y penetrantes para describir experiencias femeninas casi en el límite y, a la vez, celebran la naturaleza del cosmos, elevando un cantico que se dirige a las belleza de las estrellas.
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Al día siguiente
cuando se despierta el mundo no ha cambiado;
diciembre oscuro, frío,
la caldera todavía retumba abajo.
Se estira para buscar agua, el estómago tirante,
el corazón con miedo, la cabeza llena de grisura
maloliente como un cuarto sin ventanas.
Desaprender el cuerpo es una segunda caída de la gracia,
como perder la fe. Las manecillas del reloj a un costado de la cama
marcan un despojamiento inconfundible.
Desde la cocina, sonidos: la radio vocifera sus atrocidades de rutina,
los chicos se esfuerzan con las palabras de los paquetes de cereales,
la voz de un marido en el teléfono, callada y urgente.
(Traduccion de Jorge Fondebrider)
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Salir de las estrellas
Una vez vi cielos migrantes
que tomaban la forma de criaturas,
no leones, carneros o escorpiones
sino peces de oro y turquesa
nadando en las alturas insondables. .
Había olvidado cuántos colores tienen las estrellas.
La otra noche alzaron vuelo
fugaces y súbitas como estorninos
pero silenciosas, silenciosas como la plata.
Se elevaron en un arco brillante, la cresta de una ola,
bajaron a pique hacia la tierra
y se abrieron como abanico
para formar tronco, ramas y follaje
de un árbol de estorninos siderales
que llamaba con su luz palpitante.
Absorta como una flor nocturna
que hace mucho ha olvidado el sol,
cierro mis ojos y aún lo veo,
aún espero ser llevada
para cantar como un pájaro en una de sus ramas.
(Traducción de Sonia Scarabelli)
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El delantal de su madre
Habiendo nacido a orillas del lago Van, a los quince
viste a tu madre morir de hambre en el exilio
y luego te lanzaste al largo viaje rumbo a Norteamérica.
Su renacimiento llegó con los colores de Cézanne,
naturalezas muertas donde el agua de la jarra no se estancaría
para Arshile Gorky, maestro de la Escuela de Diseño de Boston.
Pero los años 30 volvieron a traer el hambre, el retiro de la imaginación
al monocromo, la tinta y el papel: Noche, Enigma, Nostalgia. ¿O en realidad era pesadilla, oscuridad y memoria inescapabable?
Las tiras coloridas de tela que los aldeanos colgaban del árbol sagrado
del huerto de tu padre, flotaban en el ocre de la brisa. Aquí, vueltas a
nombrar en tu pintura, merced a un lugar vacacional en el Mar Negro,
nunca visto.
¿Cuántos de tus amigos surrealistas sabrían la verdad de Khorkom,
tu aldea de nacimiento, la iglesia a horcajadas en la isla de Akhmatar,
los manuscritos de Varak que te mostró tu madre? Todo chamuscado.
Los ojos icónicos de tu madre miran hacia adentro y afuera
de sus retratos, bendice al observador superfluo,
el delantal despojado de sus flores, pálido cual sudario
hasta aquel verano hechizado en Virginia y el olor a gardenias,
cuando el recuerdo de su delantal bordado
se desdobla en ecos de los cuentos que contaba
conforme tú ibas enterrando la cara entre sus largos pliegues,
sus abstractos contornos armenios filtrándose en el lienzo,
amorfos, sangrantes y extrañamente libres.
Le escribes a tu hermana:
He de resucitar Armenia con el pincel, a la vista de todos.
(Traducción de Pura López Colomé)
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