El Arte del Decir (195)


"La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte" - dijo cierta vez, Leonardo Da Vinci y quizás en esa frase se condensa una motivación importante para que el hombre escriba, pinte, esculpa, haga música o cualquiera de las formas del arte. Puesto que el destino de las cosas vivas es morir, es natural que tengamos la ilusión de que pervivir bajo la forma de un poema, un cuento, un retrato es una manera de inmortalizarnos. El arte en ese sentido, es una lucha constante contra lo que ha de desaparecer, procurando alcanzar una supervivencia engañosa, puesto que todo arte tiene un componente material que puede degradarse, ser destruido, extraviarse, que, sin embargo, parece a veces bastarnos. Freud llamó pulsión de muerte a la causa del deterioro progresivo de todo ser vivo y le adjudicó también un carácter subjetivo, que podía encarnarse en un deseo de morir, contrario a toda homeostasis. Es verdad que estas afirmaciones de Freud están reñidas con el optimismo insano de algunos humanos, pero en verdad, los poetas han sabido desde siempre que lo vivo se deteriora y que la poesía conquista una inmortalidad tan ilusoria como precaria.

Anna Enquist (1945) es el seudónimo de Christa Widlund-Broer conocida por sus trabajos de poesía y novelas. Nacida en Amsterdam, estudiopiano en la Academia de Música de La Haya y psicología en la Universidad de Leyden. En 1988 publicó sus primeros poemas en la revista Maastaf y en 1991, publicó su primer colección de los mismos. También trabajo en novelas en prosa. Su voz es minuciosa y levemente desesperada, con una gran capacidad de sintetizar situaciones psicológicas complejas con un lenguaje que parece simple.

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ENCOGIMIENTO




 Cómo los días se me escapan, siempre

 uno nuevo sopla contra la ventana.


 Un chico sombrío en la cocina ya no

 come de mis platos. Escasa


 es la vieja vida que se siente como siempre.


 Entretanto mis horas se vuelan; son

 las verdaderas. Lo que golpea contra mi ventana


 es la vida genuina, el presente

 que come, que come de mí.


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JULIO




 Es verano ahora; el jardín

 está lleno de gente muerta de calor; los perros

 están jadeando y las frambuesas

 están grandes como cabezas de duendes.


 La humedad rodea nuestros vidrios:

 se conversa acerca del precio de las bicicletas

 y los pasajes aéreos, y todo el rato

 un campo interminable de hielo se estira dentro mío.

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DE REPENTE



De repente perdí

el poder de retener

calor.  Ahora que los chicos

han dejado la casa, resoplé

¡si! Repté bajo 

aún mas frazadas. La estufa

rugía. El mas calentito de nosotros dos

ya no podía

darme calor. Tirité

y temblé como si estuviese

cara a cara con la muerte.


Que era el caso, en realidad. La muerte

y yo estábamos en un terraplén.

Entre nosotros no había nada sino

una considerable distancia.



(Versiones del inglés de Robert Rivas)




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