El Arte del Decir (193)
"Un poema comienza en deleite y termina en sabiduría" afirmó, en alguna ocasión Robert Frost el gran poeta norteamericano y en ese movimiento, finamente anunciado, vemos un objetivo que el poeta, al escribir, se plantea siempre. Puede ser que no sea consciente de esa estricta afirmación, pero todo poema está escrito entre esos dos tensiones de la subjetividad. El deleite, elemento que no debe anularse jamás, aunque escribamos sobre las crueldades del mundo; la sabiduría, ese lugar donde la lengua descansa para, en una o dos frases, anunciarnos - si tenemos suerte - el nacimiento de una nueva forma de mencionar lo real de la vida, esa mezcla de pasiones, inteligencias, azar y determinación que conforma una trama secreta a la cual sólo a veces - y por mediación de un poema, aunque no es la unica forma de acercarse a este tejido - tenemos ocasión de acceder. Escribir es, siempre, intentar develar el misterio de lo real que se esconde y se hurta entre las palabras y el fracaso, inevitable, de todo escrito para obtener eso, es el triunfo transitorio que todo poeta busca al escribir.
Takis Sinópoulos (1917-1981). En 1934 inició estudios de Medicina que debido a la guerra con Italia y la ocupación alemana de Grecia no terminó sino hasta 1944. Como médico militar estuvo en el frente en Macedonia y posteriormente fue liberado del servicio en 1949. Pintor aficionado, editor y conductor de programas de radio sobre poesía griega contemporánea. Escribió quince libros de poesía y ha sido traducido al inglés, italiano, alemán y ruso. Sus versos tratan generalmente de los momentos limites de la vida, con la muerte rondando muchas de sus composiciones y el amor trágico como respuesta al sinsentido de la existencia
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Historia, 1951
La besaba en el rostro desvariando
Me sorprendía que no tuviera alas
Llegará el sol en breve le decía
Con el sol vendrán pájaros
Un jueves muy temprano
La escuchaba que tenía frío
En aquel café junto al mar
Voces del tránsito mundano — la vida
Esa incalculable nada
Nos marcharemos — todos se van le decía
Golondrinas del aire que vuelven con remordimientos
Y aún es jueves por la mañana
La besaba en las manos
La besaba en el rostro desvariando
Mi sombra se perdía en su sombra
El mar devoraba todo el paisaje.
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Vino una luz
Son señales me decías, mensajes de un cambio— sin embargo
qué buscaban
¿Tantos hombres? gente, multitudes me asustaban aquel día,
me tapaban la vista.
¿A dónde mirar? alrededor alambres, el invierno sin corteza
esparciendo por doquier
encuentros en cada calle, gélidas lloviznas— tú recordabas
leña y más leña al fuego, detrás de las piras tantos años
perdidos.
Cerramos la ventana. ¿Quién apoya sus manos
sobre el tiempo?
Vino la voz de las grietas, vino una luz.
No era tuya. La muerte de la que yo hablaba ardía por fuera.
(Traducciones de Natalia Moreleón)
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Aquel Filippo
Muerto en los años difíciles
de pronto un día que miró de frente
las rojas hayas más
abajo su casa ahogada en el río.
Ahora papel secante tinta compases.
Me extrañó que viniera sin afeitar cuando
le daba cuerda al gran reloj de péndulo
y le grité como si lo viera
afilarse como antes las uñas
con la navaja. “¡Eh Filippo!,
llena por favor mi pipa. El tabaco
está a la derecha más allá en el armario.”
Entonces alrededor se ciñó un silencio sin memorial.
Y me volví. Extraño
estaba seguro de que era Filippo
cerca de la esquina de la mesa con
aquel agujero en la garganta que lo hacia
parecer una reliquia.
Ya no tendría ahora ni carne ni huesos.
Pero su barba ya habrá cundido.
(Traduccion de Francisco Torres Córdova)
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