El Arte del Decir (185)
Se sabe que hubo una poesía epica que ya no se practica y también una poesía lírica que es la mas utilizada en la actualidad. Los grandes poemas epicos cantaban - con una pasión mítica - las realizaciones de un pueblo, una nación, una comunidad, entrelazados con elementos mágicos y no necesariamente históricos. La lirica es, por el contrario, una poesia que se sostiene del sentir y del pensar de los individuos y como tal está lejos de las hazañas titánicas en las que a veces, se entretuvo la épica. Por el contrario los asuntos del corazón ocupan un espacio central, sin que deban necesariamente circunscribirse a la pasión amorosa. De otro modo, la lirica es un lugar donde todas las pasiones humanas alcanzan una expresión importante y en este sentido, la lírica muestra mejor a un sujeto y a sus determinaciones inconscientes, pasionales, sentimentales y aún de la inteligencia. Es curioso que la lirica haya permanecido y se hayan casi extinguido los poemas épicos. Quizás es un efecto de la aparición del sujeto humano en el siglo de las tragedias de Shakespeare y las tragicomedia cervantina, esto es El Quijote de la Mancha, que como todos repetimos, inventa el género de la novela. Cuando algo del sujeto (no del individuo) se hace presente, creemos menos en la las grandes gestas. Sin embargo no debemos olvidar que este sujeto es un efecto de un Otro que lo ha causado, por lo cual la presencia de la comunidad (menor heroica, más tragicómica) no deja de estar presente.
Edwin Muir ( 1887-1959) fué un poeta escocés, nacido en Dernees, un lugar situado en las Orcadas, un archipielago que se extiende en la costa norte de Escocia. Con su esposa, Willa Anderson, llevaron una existencia itinerante, y justo después de la Segunda guerra Muir fue director del British Council en Praga y luego en Roma. En 1955 llegó a dar las conferencias de la Cátedra Norton de poesía en la Universidad de Harvard. Su poesía es aparentemente simple (se oponía a las elaboraciones de T.S. Eliot que según el apartaban al poema de su público) pero está sostenida por apelaciones a la mitología griega y latina y a las simbología heráldica que complejizan y vuelven equívoca su enunciación.
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Los caballos
Cumplido un año del letargo
En que sumió al mundo la guerra de los siete días,
Hacia el atardecer llegaron los extraños caballos.
Para entonces habíamos pactado con el silencio,
Pero era tal la calma de los primeros días
Que nos oíamos respirar y sentíamos miedo.
En el segundo día
Nuestras radios fallaron; probamos las perillas; sin respuesta.
El tercer día un barco de guerra avanzó con rumbo norte:
Pilas de muertos sobre la cubierta. En el sexto
Un avión nos sobrevoló y cayó en el mar. Después de eso:
Nada. Las radios mudas; sin embargo
Continúan en nuestras cocinas
Y, quizá, continúan encendidas en un millón de salas
A lo largo del mundo. Pero si ahora hablaran,
Si repentinamente hablaran otra vez,
Si al dar el mediodía una voz nos hablara
La ignoraríamos, no la dejaríamos traer
Ese malvado mundo que de un trago
Engulló vivos a sus niños. Ya no lo toleramos.
A veces pensamos en naciones que duermen
Acurrucadas, cegadas por el sufrimiento
Y ese pensamiento nos sorprende con su frialdad.
Nuestros tractores yacen en los campos. De noche
Semejan húmedos monstruos marinos que aguardan.
Los dejamos allí a que se oxiden:
“Se desintegrarán hasta volverse abono”.
Los bueyes tiran nuestros olvidados arados.
Hemos regresado a una vida
Anterior aun a la de nuestros padres.
Y luego aquella tarde,
Avanzado el verano, vinieron los extraños caballos.
Oímos un lejano repique en el camino
Que se profundizaba. Paró, empezó otra vez
Y al llegar a la esquina retumbó como un trueno.
Entonces vimos sus cabezas,
Una ola salvaje que arremete, y tuvimos miedo.
Tiempo atrás los habíamos vendido
Para comprar tractores nuevos. Ahora nos resultaban
Corceles legendarios en un escudo antiguo
O ilustraciones de un libro de Caballería.
No tuvimos valor para acercarnos. Ellos esperaron
Obstinados y tímidos, como si un mandamiento
Primario los enviara a buscar nuestro hogar
Y la arcaica amistad hace tiempo perdida.
En un primer momento no se nos ocurrió
Que eran criaturas para ser poseídas y usadas.
Había unos seis potros junto a ellos
Criados en la desolación del mundo,
Pero lozanos, como si vinieran de su propio Paraíso.
Desde entonces soportan nuestras cargas, tiran nuestros arados:
Esa libre servidumbre aún desgarra nuestro corazón.
Nuestra vida ha cambiado; su llegada, nuestro comienzo.
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Los ausentes
Ellos no están aquí. Y nosotros, nosotros somos Otros,
Marchamos sin estorbos bajo el sol
Que brilla tan sólo para nosotros.
Porque no están aquí
Y sabemos de ellos a través de la ausencia
Que se infiltra y nos cubre
Desde que aquí no están.
Ahora, en este reino de ocio veraniego
Donde extasiados por el sol soñamos
Y erramos olvidados de la luz
Y en el aire nos disipamos?
Es la ausencia quien nos acoge.
No tenemos contacto, nuestras almas
Vuelan hacia la ausencia en torno a nosotros
Porque somos los Otros.
Y lloramos a Aquéllos que no están con nosotros
Sin saber si nos duele o si es nuestro el dolor
Que sobrepasa todo pensamiento, memoria o duelo.
Lloramos por la pérdida de lo que no tuvimos,
Los anónimos, los desconocidos
Los que en su ausencia están siempre junto a nosotros
(Junto a nosotros, herederos, usurpadores
Que claman por el sol, por el reino del sol)
Sin saber que dolor y soledad
Traigan quizá una bendición sobre nosotros.
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Merlin
Querido mago en tu guarida
Oculta en el diamante
Del día ¿habrá un cantante
Cuya voz sea capaz
De borrar el rastro que Adán
Dejó en la tierra y en el mar?
¿O un corredor más rápido
Que la alargada sombra de los hombres
Que se abra paso en la memoria
Para colgar del árbol la manzana?
¿Nos mostrará tu magia
La novia que duerme en su habitación,
El día envuelto en un monte de nieve,
El tiempo recluido en su prisión?
(Traducciones de Javier Foguet)
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