El Arte del Decir (183)


Cualquier poema que escribamos, está armado contra una contrariedad, que, oponiéndose, empuja para que nos silenciemos. Escribimos, sí, pero lo hacemos tratando de vencer una dificultad esencial a todo poeta: el silencio, el desgano, la muerte de las palabras. Ese foco, que no necesariamente es un foco de sufrimiento, sino más bien una densidad real que se nos opone, es, cuando lo localizamos y sabemos darle un lugar en nuestros escritos, la fuente quizás, de las mejores composiciones. Borges luchaba contra la memoria, que se le imponía y parecía hacerlo desaparecer; Quevedo, contra los enemigos de su literatura de los que se burlaba y al final de su vida, contra la tristeza del juicio que ella le merecía; Silvia Plath contra un anhelo de muerte que rondaba con sus palabras y que finalmente la alcanzó en lo real para silenciarla para siempre; Alfonsina contra el Otro estrecho de lo que se llama pundonorosamente la sociedad y contra los amores que huían. Los ejemplos podrían seguir pero en todos los casos se verifica que escribir es siempre contra algo, algo que al ofrecer resistencia, permite al poeta desplegar lo mejor de sus capacidades para tratar de forja, pese a todo, un poema.

Gabriela Kizer (1964), esta poeta venezolana es profesora de literatura en la Escuela de Artes y de la Maestría en Literatura Comparada en la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado los libros de poesía Amagos (2000), Guayabo (2002) Tribu (2011, Premio Internacional de Poesía José Barroeta) y Pavesa (2019). Su poesía es descriptiva y conclusiva y, a veces, sabe desarrollar un tema, en este caso la perdida del amor, de manera estremecedora y discreta a la vez, como se puede ver en el último de los poemas destacados.



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NOCHEBUENA



Le he dado vino a los gatos

y han olvidado que no deben arremeter

contra la jaula de los pájaros.


Le he puesto vino a los pájaros 

para dejar de escuchar al miedo revoloteando, 

para que, si no tienen suerte, la zarpa los agarre dormidos.


Le he puesto una manta a la jaula de los pájaros

para atenuar el asedio de los felinos.

Le he dicho a éstos que no es noche para cazar.


He pensado que en otras condiciones

la tarde se ira sin la sensacion de un hueco apretado al estómago.


He descubierto que en ciertas celebraciones 

mi alma se descuelga,

herida por algún motivo menor que el de la muerte,

pero motivo al fin.


He imaginado todos los brindis que no he podido hacer

por el cansancio de levantar la misma copa.


He recordado

que en estas fechas siempre he querido ser otra persona

donde quiera que esté y en la circunstancia en que me halle,

que la soledad

también ha sido hecha para estar a gusto 

    en nuestro disgusto mas íntimo.


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PUERTO AZUL



Ustedes se escondían tras las piedras del malecón.

Tú eras rubia, acaso lo seas todavía.


Ustedes caminaban de noche y de día tomados de las manos.

Ustedes sonreían sobre granizados de fruta

y correteaban como niños a la orilla del mar.


Era el tiempo de ocultar cigarrillos

en los resquicios de una pared precisa.


¿Hasta dónde llegaba el aterrado asombro?

¿Hasta dónde la delicia de las manos ya sueltas?

¿Hasta dónde el sol, el musgo, el choque de las olas,

las voces lejanas, el gesto repetido del cangrejo?


Yo lo soñaba.

Punto por punto lo soñaba.

Pero no sé qué soñaba.


Mi placer está hecho de esa incógnita.

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SIETE VIDAS



Conocí la tristeza

una lluviosa mañana de enero

poco antes de cumplir cincuenta años.


Yo, que creí que me las sabía todas,

comprendí de pronto que mi amante

no me quería tanto como decía.


No se aguaron mis ojos

(eso ya había ocurrido la tarde anterior

y la tarde anterior).

Tan solo le pasé un trapo con Maderol

a la mesita hindú de la sala

y luego un trapo seco

para que no se le fuese a empegostar

la caja de cigarros.

Pero fue un gesto escéptico, casi frío.


Miré sus lámparas y el amor

con que las había puesto hace nada.


Supe también que la palabra «empegostar»

es un americanismo y no figura

en el Diccionario de la Real Academia.


Repasé su piel, su ser, su rostro,

enteramente su cuerpo en la memoria,

y reconocí asimismo cuánto me los sabía.

Cuánto y cómo me los sabía.

Pero me dio flojera buscar la palabra

que reflejara esa intensidad.


Uno tiene derecho a sus venganzas,

me dije.


Durante toda la mañana

el sol estuvo saliendo y ocultándose.


Supe, por último, que seguiría buscando en sus ojos

la palabra definitiva,

que mi amor no caería de pie.


Pensé en los amores que tienen siete vidas

e intenté precisar por cuál íbamos.

Tal vez por la quinta, me dije,

quedan dos.







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