El Arte del Decir (181)


¿Y si fuera posible hablar sin decir nada? ¿Y si el destino de cualquier poeta fuera el silencio? ¿Para qué tantas palabras en un mundo donde nada comunica, ni nada designa? Estas preguntas que deprimieron profundamente a una serie de poetas occidentales (pienso en el suicidio de Paul Celan, en la mudez definitiva de Arthur Rimbaud, en lo enorme y ambiguo de Los Cantos de Ezra Pound, donde parece decirse todo y sin embargo concluye con una revelación del tipo de las de Tomas de Aquino) son las preguntas que todo poeta debe, en algun momento de su carrera o existencia, contestar. Y debe contestarlas porque de la respuesta depende en destino de poemas que no han sucedido todavía, que permanecen en el limbo de lo no escrito. Me parece que es una serie de preguntas cruciales que aluden, no a la utilidad de la poesía, sino mas bien a su función, su capacidad de abrir preguntas, decidir respuestas y arrastrarnos a un viaje donde nuestra vida se nos muestra de manera diferente. Personalmente creo que esa posibilidad no debe negarse, aunque respeto a quienes por cansancio o fastidio se alejaron definitivamente de la lengua y sus exquisiteces insatisfactorias.

Tomas Salamun (1941 - 2014) Fue un importante poeta esloveno, nacido en Zagreb. Su obra es extensa y está compuesta por treinta y seis libros de poesía, atravesados por la libertad interna para lo cual compone unos poemas alejados de todo sentimentalismo, con cierto hermetismo y elitismo en su mensaje, siviendose de metaforas insólitas, datos enciclopedicos y numerosas citas.

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Esmalte




El destino me hace rodar. A veces como un huevo. A veces me

zarandea con sus zarpas por la pendiente. Grito. Me resisto.

Empeño todo mi jugo. No debería hacerlo.

El destino puede apagarme, eso ya lo he sentido. Si


el destino no nos animara, estaríamos muertos en el acto.

He vivido días y días con el tremendo pavor de que el sol

nunca más habría de salir. De que aquel fuera mi postrer día.

He sentido cómo la luz se escurría de entre mis manos, y si


no hubiera tenido suficientes monedas en mi bolsillo y la

voz de Metka no fuera lo suficientemente dulce y amable y

concreta y real, el alma se me hubiera escapado del cuerpo como alguna


vez lo habrá de hacer. Con la muerte hay que ser amable.

El hogar es de dónde venimos. Permanecemos vivos un instante.

Mientras el esmalte se está secando.


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Soy un albañil





soy un albañil, un sacerdote del polvo

fuerte como un monstruo, como la corteza del pan

soy un nenúfar, soy un guerrero de los árboles sagrados

de los sagrados sueños, grito con los ángeles


soy un castillo, una pared muerta

conduzco naves, soy un barquero para los viajeros

¡Oh madera! ¡madera!

garzas, venid, sangre


venid, jardineros; luz, ilumina

ven, mano extendida, cristal

azules remolinos, ven, tersura

viento que deslizas seres de otros campos


aquí los prados están quemados, la lava bulle

los pastores esperan, agitando sus alas impacientes

los perros se olfatean, los ovejeros,

aquí se yergue la memoria, el orden, los signos del porvenir


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Una cantina en Querétaro





Veo un caballo que lanza un gemido cuando se encuentra con los ojos de otro caballo.


Son hermanos, ángeles con manzana,


membrana del subsuelo.


El sol en vuestras crines es para ambos.


¿Por qué me rasgáis, potrillos celosos?


¿Por qué pataleáis como jenízaros?


Los caballos son animales sagrados, ambos son César Vallejo.


Porque a través de nosotros no corren cantidades, sino el espíritu y el fuego.


¿Es posible que el genio de un poeta muerto


se divida en dos ríos y que se rasgue como un pañuelo?


Son una sola figura y eso es pan para millones.


Mis brazos son los dos del mismo largo.


Mis piernas son para todos los pueblos del mundo.


Mi beso no es cadena y mirad:


este es el pneuma que respiraba Jacob Boehme,


virginal, si bien lo llevo en el pecho,


como llevan las mujeres del Karst agua en cántaros sobre la cabeza.


Y si voy a tener que seguir escuchando


los pequeños problemas burgueses del Concilio


de Nicea y ser testigo de la matanza


de cuadros probados en la guerrilla, tendrían que


volver, potrillos, derecho a la oscuridad.


En esta cantina son capaces de reventarlos


con cuchillos mientras estoy


tranquilo tirando las monedas


por mi copa de alma blanca







(Traductor: Pablo Fajdiga)



 



 

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