El Arte del Decir (177)


De manera común, se llama verso libre, al verso cuyas sílabas no son contadas, para establecer de esta manera un ritmo, una cadencia, un movimiento. Los sonetos, por ejemplo, son poemas elaborados a partir de versos de once sílabas, distribuidos en dos cuartetas, y dos tercetos, al menos sus formas más clásicas y con un modo de rima variable obteniendo de esa manera una estructura musical predeterminada. El verso libre, a pesar de no contarse sus silabas ni asignarse a él una estructura de rima, no carece, sin embargo, de ritmo sea este buscado voluntariamente o simplemente que surja por la inspiración del poeta. Esto es importante, ya que establecer un ritmo para un poema es propio de la música que este crea, mas allá de sus significados o imágenes. Hay numerosas variaciones para esta "respiración" del poema, ya se usen versos más cortos o versos más largos a la manera de salmos o invocaciones y me parecería vano querer clasificar esas pulsaciones del supuesto verso "libre". Lo que importa es que cuando se escribe un poema hay que tener en cuenta ese ritmo, ese movimiento que se establece y que diferencia (muchas veces de manera decisiva) al poema de un texto en prosa, cuya cadencia es más amplia y menos estructurada. Por olvidar la música inherente a las lenguas muchas veces escribimos algo que parece poesía, pero carece de ese impacto estructural que no solo halaga los oídos, sino que pausa, sostiene y desarrolla el sentido lírico de una composición poética, como así también de sus silencios cuya importancia no debe ser descuidada. 

Bella Ajmadúlina (1937-2010), según Joseph Brodsky una de las mejores poetas rusas, se graduó en el Instituto Literario de Moscú (1960). Apoyo el movimiento disidente y Publicó 33 poemarios, escribió crónicas y ensayos sobre Vladimir Nabokov, Anna Ajmátova, Marina Tsvetáyeva, Venedikt Yeroféyev, Aleksandr Tvardovski, Pável Antokolski, Vladímir Vysotski y otros artistas.Tradujo a muchos poetas clásicos y modernos de la ex URSS (georgianos, armenios, abjasios), y también a poetas europeos y estadounidenses, de idiomas como el inglés, el francés, el italiano, el polaco, el checo y el serbio. Su poesía, variada y profunda, tiene un intenso lirismo y a la vez, una interconexión con el pasado de la literatura rusa, del cual extrae numerosas imágenes y también una ironía delicada como la que se aprecia en el primero de estos poemas.

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Quince muchachos





Quince muchachos, quizás más,

tal vez menos,

con la voz temerosa

me dijeron:

"Vamos al cine o al Museo de Bellas Artes".

Les respondí:

"No tengo tiempo".

Quince muchachos me dieron flores de invierno.

Quince muchachos con la voz fracturada

me dijeron:

"Nunca dejaré de amarte".

Y yo contesté:

"Ya veremos".


Ahora los quince viven en paz.

Las obligaciones cesaron:

flores, desesperación y cartas.

Las mujeres los aman,

algunas son más hermosas que yo

y otras no tanto.

Quince muchachos con exagerada libertad

y a veces con malicia,

me saludan en los encuentros,

saludan en mí su autonomía,

el sueño tranquilo y la alimentación sana...

Venís en vano, último muchacho,

pondré tus flores de invierno en el vaso

y sus grandes tallos se cubrirán

de burbujas plateadas...

Algún día dejarás de amarme,

y, venciéndote a vos mismo, hablarás conmigo

con desdén, como si me hubieras vencido,

y yo me iré por la calle, por la calle...



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Invierno



Este gesto del invierno hacía mí,

frío y aplicado.

Sí, hay algo en el invierno

de la medicina tierna.

De otro modo, cómo de repente,

de la oscuridad y el tormento,

la enfermedad confiada

le dirige sus manos.

Oh amable, seguí con tu brujería,

de nuevo rozará mi frente

el beso santo del anillo helado.

Y es cada vez más fuerte la tentación

de encontrar el engaño con la confianza,

mirarle los ojos a los perros,

abrazar los árboles,

perdonar como jugando,

y habiendo perdonado

perdonar todavía a alguien,

confundirse con el día invernal,

con su óvalo vacío,

ser siempre para el

su matiz pequeño.

Reducirse a no existir,

para implorar detrás de las paredes

no una sombra mía sino la luz,

por mí tapada.


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La novia




Quiero ser una novia

hermosa, peinada,

bajo un velo tímido

y blanco.


Para que tiemblen las manos

llenas de alhajas frías

y las copas se alcen

por la salud de los jóvenes.


Para que me halaguen

y profeticen hijos,

y los amigos con los regalos

esperen avergonzados en la puerta.


Blusas envueltas en celofán,

platos, encaje...

Para que me besen en la mejilla

mientras no soy esposa.


Con el vestido blanco

salpicado con vino,

sintiéndome pobre y feliz

sentada en la mesa.


Lo que vendrá

da miedo y seduce,

llora mi mamita,

basta mamá.


Mi ropa majestuosa

tirada en la cama.

Es bueno que tenga miedo

de besarte.


Escucho el ruido de sillas

al lado, detrás de la pared...

Y me pregunto

qué nos espera.





(Traducciones de Natalia Litvinova)







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