El Arte del Decir (178)
¿Por que en el principio estaba el Verbo? ¿Por qué el Génesis define el origen en un dios que habla? Quizás es obviamente, para nosotros los seres humanos, las mujeres y los hombres que habitamos el universo distópico del lenguaje, donde nuestra presencia no puede ser definida sino a partir de un dios emisor de palabras, y como tal, fundante la realidad del mundo humano. Es verdad que la creación es mas llena de formas que no se reducen solo a lo humano, pero para llegar a los humanos no hay otra forma que hablarles, aun cuando no sea escuchado. Es que muchas veces un mensaje es simplemente la emisión de unas palabras, mas allá de su significado. En este punto la poesía se constituye como una pasión que imita, evoca, el acto de imaginamos de la creación por medio de la palabra. De la nada (al menos de una nada imperfecta, es verdad que hay predecesores, o al menos, habría que crearlos según decía - humorísticamente, creo - Jorge Luis Borges) surge un poema, un texto, una canción tras otra y en esa acción imperfecta el poeta imagina reverenciar a un dios del cual no tiene certeza alguna de su existencia, pero si de su presencia en la lengua misma, de su capacidad para crear y para proponer mundos diferentes, variados, casi infinitos.
Fernando del Paso (1935-2018). Nacido en la ciudad de Méjico, fue un escritor notable, mas conocido por su actividad como novelista ya que la publicación de José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987), lo consagró como una de los mas importantes narradores mexicanos. Sin embargo sus escritura poética es también minuciosa y sobre todo, divertida, dotada de un sentido del humor muy incisivo como puede verse en el ultimo de los poemas que publicamos. En magnifica oposición, ha publicado, también, excelentes sonetos como el que traemos hoy a consideración.
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Cuando Murió mi madre
Cuando murió mi madre se murieron todos los ángeles.
Unos, en pleno vuelo, se desplomaron en silencio
como campanas de fieltro.
Los que hacían el amor en las axilas de un templo
se desmoronaron sin miedo, como barcos de harina.
Los que cantaban en las nubes con laúdes de vidrio
se transformaron en lluvia de saliva
y de plumas.
Un ángel en especial se incendió las alas
al rozar un relámpago.
Otro, un poco miope,
se colgó de las aguas verdaderas de un río.
Y hubo ángeles con pechos que daban vino
y que increíblemente se cayeron de espaldas
en un estanque lleno de telarañas, esmeraldas y ombligos.
Eso fue cuando murió mi madre
la mañana de un lunes sin pudor y sin frío.
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Como el oro, por rubio, es tu cabello...
Como el oro, por rubio, es tu cabello.
El oro y el otoño, que es su hermano,
se despiden, volando, del verano
y viajan, río abajo, por tu cuello.
Y yo, que me robé y guardé un destello
en el hueco más claro de la mano,
una carta, en las hojas de un manzano
te escribo con su brillo, la embotello
en un litro de luz y te la envío,
y dice así: “el mar, mi casa entera,
el corazón, mis ojos, cinco rosas:
por ahogarme de nuevo en ese río
de dorada quietud, qué no te diera:
mi peso en oro, en sol, en mariposas...”
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Ella y yo hacíamos el amor
Ella y yo hacíamos el amor diariamente.
En otras palabras,
los lunes, martes y los miércoles
hacíamos el amor invariablemente…
Los jueves, los viernes y los sábados,
hacíamos el amor igualmente…
Por último los domingos
hacíamos el amor religiosamente.
Hacíamos el amor compulsivamente.
Lo hacíamos deliberadamente.
Lo hacíamos espontáneamente.
Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres,
por favor, por supuesto, por teléfono,
de primera intención y en última instancia,
por no dejar y por si acaso,
como primera medida y como último recurso.
Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis:
y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente.
Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí:
es decir, recíprocamente.
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo
y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla,
entonces hacíamos el amor lastimosamente.
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me
imaginaba que no iba a poder, y no podía,
y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía,
o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de
los dos alcanzaba el orgasmo.
Decíamos entonces que habíamos hecho el amor aproximadamente.
Muchas veces hicimos el amor contra natura,
a favor de natura,
ignorando a natura.
O de noche con la luz encendida,
o de día con los ojos cerrados.
O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia.
O viceversa.
Contentos, felices, dolientes, amargados.
Con remordimiento y sin sentido.
Con sueño y con frió.
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida,
y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro,
entonces hacíamos el amor inútilmente.
Para envidia de nuestros amigos y enemigos,
hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente.
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente.
Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente.
Hacíamos el amor físicamente,
de pie y cantando,
de rodillas y rezando,
acostados y soñando.
Y sobre todo,
y por la simple razón
de que yo la quería así y ella también...
hacíamos el amor… voluntariamente.
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