El Arte del Decir (176)


"Cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos" habría afirmado Novalis alguna vez indicando de esa manera que la poesía es una indicación para el descubrimiento. En efecto la novedad de un poema no radica en su tema ni en su forma (aunque puedan considerarse estos elementos) sino en la señal que nos indica de una nueva realidad, la descubierta por el poema. No todas las poesías tienen este señalar explícito pero creo que en la mayoría hay siempre algo de nuevo, algo que no habríamos quizás considerado sino leíamos ese poema. En este sentido el poema no sólo inventa, sino también descubre. Descubre nuevas maneras de mirar, de oír, de palpar, de sentir ese mundo que nos rodea o que nos causa. No siempre esta indicación de un poema va en el sentido de lo "maravilloso" (no hay que olvidar que el romanticismo de Novalis es entusiasta), a veces, nos marca lo difícil, lo duro, lo implacable y lo tragico de las experiencias humanas, pero siempre lo hace con una pasión y una precisión que nos sorprende y que, en los poemas mayores, los mejores construidos, lo que responden a lo que llamamos un poco excesivamente "genio poético", esplende de una manera absolutamente original permitiéndonos reconocer de manera instantánea la experiencia humana, "demasiada humana",  como lo gustaba decir a Nietzsche.

Cinzia Marulli (1965) es una poeta nacida en Roma, es también una organizadora de encuentros culturales con la finalidad de difundir la poesía y una traductora de la misma. Publicó varios libros de poesía. Su escritura es acotada y con finales impactantes. Su frecuentación de la muerte es natural, sin ningún arreglo retórico; al mismo tiempo se desplaza por recuerdos y escenas familiares con una naturalidad que sorprende.

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Recuerdos



 


¿Te acuerdas, mamá


el café a las cuatro de la mañana


cuando la oscuridad penetraba todavía


en los huesos?


Algunos andrajos encima


el viejo abrigo negro y un chal


alrededor de la cabeza


y luego papá y tú


por la calle del tritón andando


en silencio, lado a lado


baja la cabeza y el sueño en los ojos


la oficina de siempre


las mismas cosas que limpiar


con las rodillas sobre el entarimado lustroso


y las manos santas en los retretes


yo, en cambio, todavía en casa


con los libros sobre mis rodillas


y luego al colegio para destruir los andrajos sucios de miseria.



 (Traducción de Gianni Darconza)

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Mi tumba



 


Cuando esté dentro de mi tumba


me  sentaré a mirar el mar


y esperaré que me vuelva polvo


entonces podré escuchar los discursos secretos


y viajar a los lugares donde nunca estuve


podré hablar con el viento


y caminar junto con las nubes


Iré a la casa de todos los poetas y


hurgaré en sus cajones


 


Cuando esté dentro de mi tumba


ya no habrá frío y podré


pasear sin miedo a enfermar


me sentaré en un banco


y leeré todos los libros que no he leído aún


No existirá tampoco el Tiempo


y yo me quedaré  joven para siempre


me daré laca a las uñas


y me ataré el pelo con briznas de hierba


 


Cuando esté dentro de mi tumba


me lavaré el alma con las palabras


serán ellas mis plegarias.


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La casa de las hadas




 


Está el camino encendido que alumbra


el invierno


en el rostro antiguo de las niñas.


Están todas sentadas ‒ casi en círculo ‒


en las arrugas de su vida.


Los ojos abiertos que buscan


atenciones


esperan a los visitantes ‒ los hijos atareados


el corazón grande de los nietos


comen los pasteles


traídos por conveniencia


Quisieran volar como bailarinas


pero necesitan ayuda


incluso para beber un sorbo de agua


Cada cual contando su historia


y escondiendo los dolores.


Son hermosas todas juntas


son hermosas y tristes las niñas


y la Señora Muerte ni siquiera se esconde


mientras las mira


para decidir a quién llevarse  la primera.




(Traducciones de Emilio Coco)





 


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