El Arte del Decir (175)
Si fuera posible que las palabras dijeran exactamente lo que queremos decir, si nuestra lengua no fuera equívoca, con múltiples significaciones simultáneas, mentirosa por naturaleza, contrariamente a lo que imaginamos, nuestro mundo se aplanaría de una forma terrible, ya no podríamos escribir literatura, ni poesía, ni decir palabras de amor o de confianza, ya que todo el mundo sabe que ante el equivoco de la lengua sólo podemos aceptar lo que el otro nos dice si apostamos, un poco irracionalmente, que no quiere engañarnos, que nuestra fe se ajusta a la realidad y que confiar es un dato un poco misterioso, pero esencial a toda relación humana que se precie. Las ciencias, las duras, las precisas, son las que pretenden elaborar una lengua sin equívoco, que, como lo ha afirmado Jacques Lacan entre otros, es posible pero no es decible, sólo puede escribirse y cuando se introducen estas fórmulas que la física, por ejemplo, despliega ante nosotros, en el habla habitual, los equívocos vuelven a surgir como mala hierba. Por suerte, diremos, puesto que nadie soportaría lo real de cada uno, ni lo real del otro, si surgiera directamente, sin mediación alguna. Como el lenguaje es siempre desviación, equívoco, desplazamiento, no hay un habla cero y por eso los seres humanos podemos soportarnos mutuamente. En cierta forma, la poesía es aquí una manera no de comunicarse con el otro, sino de transmitirle algo que no se agota en la belleza que podamos convocar.
Inga Gaile ( 1976) Nació en Riga, Letonia. Ha publicado cuatro libros de poesía y un libro de poesía para niños. En 2016 publicó su primera novela "Las astillas de vidrio". Su poesía explora un mundo particularmente femenino con audacia, precisión y belleza, sin eludir los obstáculos de la existencia que retrata con particular crudeza.
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LA FELICIDAD DE LAS MUJERES
Ella dice: siete años de esa buena suerte,
siete años,
en las minas de uranio forjaste mi felicidad,
en las minas de uranio forjaste mi desdicha.
¿Por qué fue mi destino tener un marido tan guapo,
que había servido un mes en la legión,
reclutado justo después de su graduación?
¿Por qué? Qué destino para una huérfana,
para mí, que podría haber amado y amado.
Ella dice: arruinarás tu vida
simplemente la arruinarás, luego de comprar a su hija
una chuleta tan grande como el plato
ella se avergüenza de decir “aborto” en la mesa.
¿Por qué merezco este destino, por qué,
por qué tirar mi vida al suelo,
por qué enterrarme en una tumba,
por qué lo harías, por qué lo harías?
En realidad, ya no hay más hombres, pero ella tuvo suerte,
porque él no es un hombre de verdad,
no es como los otros, menos mal,
sin embargo, aún hay que esconder los cigarrillos tras las toallas,
triste, ella puede pasar día tras día sola,
ella tiene sus ocupaciones, su trabajo,
los hombres, así es como son,
hombres,
la felicidad de las mujeres.
Entonces nace una niña, otra hija,
al principio ella se infla de palabras y tristezas y blasfemias,
por seis meses las ha succionado por el cordón umbilical,
hasta que, ya grande, busca la felicidad de las mujeres
e intentando encontrarla, estalla.
Y las palabras se derraman cual mallas de arado,
sobre los campesinos y las familias,
sobre las mujeres que eran la tierra,
y el momento en que sus bocas fueron silenciadas por una mano callosa y ampollada,
volaron al cielo, se zambulleron en almohadas de nubes, bayo
oscuro, bayo oscuro, bayo oscuro.
Mi dulce caballo bayo, deja de llorar, deja de gemir, deja,
nadie tiene tiempo para tu cuota de dolor y desastre,
estamos vivos y comemos.
Y entonces dan a luz a hijas y no es
que las odien, no, pero no saben qué hacer,
qué pasará si se llevan al único que vale,
qué si rehúsan reconocerlo,
porque nunca estarán seguros de si bajo esa piel reluciente
no habrá un abrigo del ejército,
y que no llegará un momento en el que pregunte ¿qué puedes ofrecerme?
Y tú no tendrás nada y te acostarás y te convertirás en tierra.
Por eso acaparan, para que haya algo que ofrecer cuando llegue el momento
cuando te hayas puesto de pie,
pero alguien quiera que seas la tierra.
Y las hijas, ¿qué pasa con las hijas?, ¿dónde ponerlas?
En la tierra.
El odio de nuestras mujeres es menor que su miedo.
El odio de nuestras mujeres es menor que su voluntad de vivir.
Yo les digo: yo odio.
Yo les digo: quiero caminar.
Quiero seguir siendo una persona,
no quiero la felicidad de las mujeres.
Soy más que solo tierra. Soy más que un balde del cual puedes
saciar tu sed cuando vuelves
a casa por la mañana, después de haber cabalgado y cabalgado.
Y entonces a través de la oscuridad y el bosque,
y entonces a través de siete años de felicidad,
a una persona le crece una piel nueva,
a una persona de la familia de los humanos.
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Autobús Nº 3
Así es como vivimos,
sepultados en nuestros pañuelos y resacas,
protegiéndonos
de todo mal,
construyo un muro a mi alrededor, hecho de oro, de miedo,
hecho de pan con embutidos, de vergüenza.
Así es como vivimos,
no te acerques,
no preguntes.
Así es como vivimos,
nos sentamos en nuestros hermosos traseros
–haz que ese tipo se levante, es su deber.
No lo haré, no, estoy cansada, ¿sabe acaso esa perra
lo que es trabajar toda la noche y
no lograrlo, no lograrlo? me importa un carajo,
no debió haberlo hecho si igual no iba a poder comprar un
coche
y ahora está empacada con los demás en este barco
maloliente,
navegando a ciegas
en la oscuridad.
Así es como vivimos,
no cedemos el asiento, no sonreímos, no saludamos,
tememos ser engañados, maldecidos, abrumados,
que nos arrebaten el último pedazo de pan,
claro, me sobran cincuenta kilos, pero es por todo el
sufrimiento,
prefiero simplemente sentarme aquí y no ver nada,
Dios Todopoderoso, está lleno de lisiados allí,
pero yo, yo no los veo,
miro los árboles,
recito mi mantra y pienso en cosas más elevadas,
tengo que lograrlo, tengo que lograrlo,
solo necesito un poco de suerte,
encontrar un yerno con dinero y las llaves de un BMW.
Así es como vivimos,
sin ver nada,
el bebé está riendo,
no escucho, no escucho,
el sol se filtra por una grieta,
busca un trapo, tapa ese agujero,
se irá el calor ¿y entonces qué?
El puto gobierno no me da de comer,
no me da motivos para sonreír, ni dignidad,
ni fe en los humanos,
ni fuerzas para levantarme,
para ceder mi asiento
a esa chica que dará a luz mañana.
Ella sonríe.
Hay esperanza para nosotros todavía.
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Mi abuela
Mi abuela es una mujer de Courland, tan orgullosa
que no se junta con las otras ancianas que se sientan en la
banca,
y esconde el ejemplar de Private Life que le costó un tercio
de su pensión,
es así de orgullosa,
y todo le duele: los ojos, el estómago, las manos,
el pelo, los pies,
y le duele el corazón,
porque la banca no va con ella,
y su hija solo viene
cuando dice: “¡necesito dinero!”,
y sus nietos se dirigen a ella de “usted”
y son los únicos saludos que recibe, de todas maneras.
Y la vida se ha
asentado en ella pesada como una ballena
sobre su cama, jadeando:
yo soy, yo soy, yo soy.
Y esa mujer que me lleva de la mano
a la casa, donde todo me da miedo, diciendo:
no pasa nada, no pasa nada, ellos no están bien,
no es realmente mi abuela.
Porque mi abuela tiene los pechos como una cariátide y
una arrugada gorra blanca,
mi abuela es una vendedora.
Y dormirá con esos fresnos,
si es necesario,
si no hay otra opción,
¡lo hará!
Y permite a esos niños malcriados salir al mundo,
déjalos,
ella se lavará.
Se cae al lado de la cama.
En su cabeza,
una flor roja temblando,
se abre lentamente
una temblorosa flor roja
y ella se desliza por la playa de Liepāja,
dos trenzas la amarran como cable,
la amarran para que no se mueva.
El oleaje está al frente,
se congela, se congela,
más allá del hielo, llegará al lugar
en el que su orgullo no la dañe.
Se abre la flor, sus dedos se congelan,
alguien viene por el mar, alguien viene,
y no hay inmortalidad aquí,
todo resulta de otra manera.
No que alguna vez creyera
que iba a renacer en un gato o en un copo de nieve.
No que alguna vez creyera que sobre la ciudad
se mecería en el viento,
solo hay ese pulsar en sus yemas y sienes:
¿qué fue, qué fue
lo que no pude soportar?
La noche oscurece quieta sobre la habitación,
el aire está inmóvil como una lápida de granito
amenazante sobre la mujer grande,
no hay sonido ni compasión,
tan solo silencio,
no hay luz al final del túnel,
y de la llave abierta
en el pulido baño blanco, fluye suavemente el agua,
terca, fluye en silencio,
el agua inunda todas las habitaciones,
decidida, termina por abrir violentamente la ventana,
ella zarpa como un barco,
la luna ilumina su último viaje,
y desde arriba podría parecer que
se está riendo,
mi abuela, el barco
que nunca pudo acercarse a mí.
Zarpa, invisible para todos,
y llegará a la costa,
donde con suaves zumbidos
la saludarán flores y gatos.
Me recuesto en la mesa de parto y grito,
las aguas se derraman, ella ha llegado a su destino.
Y las dos paseamos por el parque,
la mano de mi hija palpitando en la mía,
y rodeando nuestros cuerpos
surge el agua de la vida.
(Traducciones de Lawrence Schimel)

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