El Arte del Decir (173)
Alguna vez, Wislawa Szymborska, notable poeta polaca, escribió que "Al elegir, rechazo: no existe otro método" planteando con toda claridad que la poesía solo era posible si se introducía en su escritura una función de incompletitud, lo que hacía de todo poema un fragmento con el cual ni siquiera se podía suponer un conjunto. Esta pérdida que hace de nuestras elecciones pedazos de nuestro ser, la hace posible la lengua con su función de fragmentación y de incompletitud. Tratar de escribir el poema total es aproximarse de seguro a la locura, cosa que ha sucedido en algunas ocasiones en grandes poetas. Los mejores se han detenido en ese vértigo que lo infinito de la lengua proclama y aspira. Para cesar o al menos moderar, ese imposible anhelo, es preciso tener una experiencia de lo real, con su cuota de negatividad, con su dureza a la comprensión, con su fijeza imperturbable. Sólo así podemos ausentarnos de la ilusión de totalidad que se nos presenta en cada uno de nuestros escritos. Siempre habrá otro, siempre, otro poeta podrá escribir sobre lo mismo y de una manera distinta, no hay poema final, salvo aquel que incompleto o no se presente cuando la muerte detenga nuestra mano.
William Blake (1757-1827) fue un poeta, pintor y grabador británico, adscripto al romanticismo, pero dueño de una profundidad mística en muchos de sus poemas, los cuales publicaba acompañados de ilustraciones hechas por el mismo y que consideraba que debían permanecer junto a los textos. Dueño de una potencia notable en el decir y de una delicadeza sombría para tratar los temas de sus poemas, Blake, se mostró toda la vida contrario a las restricciones y opresiones políticas y religiosas.
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Un sueño
Cierta vez un sueño tejió una sombra
sobre mi cama que un ángel protegía:
era una hormiga que se había perdido
por la hierba donde yo creía que estaba.
Confundida, perpleja y desesperada,
oscura, cercada por tinieblas, exhausta,
tropezaba entre la extendida maraña,
toda desconsolada, y le escuché decir:
"¡Oh, hijos míos! ¿Acaso lloran?
¿Oirán cómo suspira su padre?
¿Acaso rondan por ahí para buscarme?
¿Acaso regresan y sollozan por mí?"
Compadecido, solté una lágrima;
pero cerca vi una luciérnaga,
que respondió: "¿Qué quejido humano
convoca al guardián de la noche?
Me corresponde iluminar la arboleda
mientras el escarabajo hace su ronda:
sigue ahora el zumbido del escarabajo;
pequeña vagabunda, vuelve pronto a casa."
(Traducción de Antonio Restrepo)
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Canción del loco
Los vientos salvajes lloran
y la noche es fría;
ven acá, Sueño,
y descubre mis penas.
¡Pero mira! La mañana se asoma
sobre las pendientes del Este;
y el canto de los pájaros
menosprecia la tierra.
¡Mira! Hacia la bóveda
del cielo pavimentado,
cargadas de dolor
son llevadas mis notas:
golpean el oído de la noche,
hacen llorar a los ojos del día;
enloquecen a los vientos rugientes,
y juegan con las tempestades.
Como un demonio en una nube
con aullidos de aflicción,
con la noche avanzo,
y con la noche me marcharé;
vuelvo la espalda al Este,
donde han aumentado las comodidades;
porque la luz se apodera de mi cerebro
con frenético dolor.
(Traducción de Juan Arabia)
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El tigre
Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?
¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?
¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?
¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?
Tigre, tigre, que te enciendes en luz,
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?
(Traducción de Antonio Restrepo)
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