El Arte del Decir (172)


Cuentan que en cierta ocasión preguntaron a Samuel Beckett por qué escribía y respondió: "Porque no me queda otra", razón, me parece, mas que suficiente para explicar muchas obras. Ese impulso misterioso que lleva al escritor y sobre todo al poeta a agregar unas líneas mas al universo cuasi infinito de novelas, obras de teatro, cuentos, ensayos y poemas, sobre todo poemas, los cuales se multiplican de manera poderosa y llenan bibliotecas y salones de lectura sin cesar, es decididamente inexplicable. La razón capitalista quisiera que todo lo que el sujeto produce lo haga uncido de una necesidad de ganar más dinero, de producir plusvalía, sin embargo la escritura se niega a ello y se produce sin razón alguna. Este carácter gratuito de las letras no debe hacernos olvidar que el poeta necesita vivir y para eso un Estado fuerte y justo es necesario, para mantener a quienes nos deleitan. Se han dado muchos motivos para escribir, y todos me parecen válidos, pero me parece que destacar su carácter de absoluta gratuidad, de don, de gesto que se hace para otro u otra sin ninguna causa es lo que hace enorme a la escritura, lo que vuelve un poema capaz de brillar con toda su belleza.

Joaquín Giannuzzi (1924-2004), uno de los poetas argentino más importantes y a la vez, irónicamente modestos. "Soy un poeta estándar"- solía afirmar para reírse de sí mismo y de su escritura, a la que consideraba un camino hacia la obtención de un imposible poema perfecto. Nació en Buenos Aires y publicó Las condiciones de la época (1967), Señales de una causa personal (1977), Principios de incertidumbre (1980), Violín obligado (1984), Cabeza final (1991) y Apuestas en lo Oscuro (2000) y un Arte Callado (2008). Su escritura es antibarroca, dueña de un lenguaje directo, coloquial y descriptivo sin otra pretensión que mostrar el objeto que está ante sus ojos y que destella en cada uno de sus poemas.

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A la sombra de una muchacha en sombras





A orillitas del camino, entre dos ceibos

el homenaje de un altar pequeño

tan delicado que parece ausente,

hueco entre cinco piedras

de fresca sombra húmeda,

flores del campo en latas de conserva

y corona de alambre y papel rosado

y cruz negra

y un nombre y una fecha ilegible.

Aquí yace Bonifacia Correa,

muerta a los 15 años

en manos de su dolor social

y en la plenitud de su carne atónita.

Que Dios y los serafines

le proporcionen al menos alimento

y no sólo maíz hervido.

La pobre Bonifacia,

hija de gente oscurecida por cegadas proteínas

que ahora abona los ceibos

y es perdurable nutrición

de las imposibles tierras celestiales.

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Mi hija se viste y sale





El perfume nocturno instala su cuerpo

en una segunda perfección de lo natural.

Por la gracia de su vida

la noche comienza y el cuarto iluminado

es una palpitación de joven felino.

Ahora se pone el vestido

con una fe que no puedo imaginar

y un susurro de seda la recorre hasta los pies.

Entonces gira

sobre el eje del espejo, sometida

a la contemplación de un presente absoluto.

Un dulce desorden se inmoviliza en torno

hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse

anuncia que todas mis opciones están resueltas.

Ella sale del cuarto, ingresa

a una víspera de música incesante

y todo lo que yo no soy la acompaña.

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 Poética




La poesía no nace.

Está allí, al alcance

de toda boca

para ser doblada, repetida, citada

total y textualmente.

Usted, al despertarse esta mañana,

vio cosas, aquí y allá,

objetos, por ejemplo.

Sobre su mesa de luz

digamos que vio una lámpara,

una radio portátil, una taza azul.

Vio cada cosa solitariay vio su conjunto.

Todo eso ya tenía nombre.

Lo hubiera escrito así.

¿Necesitaba otro lenguaje,

otra mano, otro par de ojos, otra flauta?

No agregue. No distorsione.

No cambie

la música de lugar.

Poesía

es lo que se está viendo.



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