El Arte del Decir (167)
Escribir poesía no es más que una respuesta a nuestras lecturas de poesía. Las que realizamos durante toda nuestra vida y las que no acompañan sólo en ciertos momentos. Hay quienes prestigian los escritores que descubrieron en la infancia o la adolescencia y también hay quienes consideran sólo a los mas recientes. En cualquier caso, leer constituye una acción profunda y liberadora; nos aísla de muchas de las voces del mundo que resultan inútiles y nos conecta con otro mundo, el de las lenguas, donde lo más importante de ese sujeto extraño que resulta el ser humano, puede atisbarse y también sus miserias, sus limitaciones y su sentido del humor, que no resulta algo menor. Leyendo a los tantos y numerosos poetas significativos de la historia, perdemos tiempo que por eso mismo, porque se nos escurre mientras navegamos en los tempestuosos mares de la letra, resulta precioso y digno de ser perdido. Leer es atisbar otras soledades, que nos hacen mas respetuosos del semejante, ése que se nos parece y a la vez es tan distinto. Después, si tenemos algún talento, por pequeño que fuera, y si tenemos también el deseo de sumergirnos en esas aguas profundas pero acogedoras, podemos intentar escribir.
Giedrė Kazlauskaitė (1980) es una poeta, narradora y ensayista lituana. A la fecha ha publicado tres libros de poesía: Heterų dainos (Canciones de Heteras) en 2008, Meninos (Las Meninas) en 2014 y Singerstraum en 2016. Dichos poemarios obtuvieron varios premios locales, algunos de sus textos se han traducido a idiomas extranjeros. Sus poemas construyen estados de ánimo alternativos mediante un uso preciso de la lengua, son aparentemente absurdos pero contienen realidades profundas cuando se los leen con una atención cuidadosa.
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Aprendiendo a coser
Estas costuras se parecen tanto a la línea del camino,
tenía cuatro años, mi madre me llevaba a la ciudad, en la que, quizás,
tenía la vaga esperanza de encontrarse
con mi padre deambulando por las calles.
A mí, contradictoriamente, frente a esta esperanza me entraban náuseas,
vomité en el autobús.
Las mismas costuras; me sentaron delante para que las mirara,
así cosí largo tiempo con una invisible máquina de coser
la línea del medio de la carretera.
La ropa vieja en el ático;
remozando alguna cosa bastaría
hasta el final de la vida.
Claro, no tiene sentido hacerlo,
a no ser por razones ecológicas.
Las texturas que tocaban nuestros cuerpos,
a veces ya muertos; las líneas de las calles
marcan los zigzags de las partículas de Braun
controladas por una mano inmemorial.
Por eso tengo que aprender a coser una vez más,
para que no me den náuseas, para que me cubra
con viejos harapos cual caballera
con su armadura de historias.
Temblad, molinos de locura,
armada con la lanza de aguja
vengo a caballo sobre las puntadas.
¿creará un negocio? – en la tienda de las máquinas de coser
preguntó el dependiente.
no, me dedicaré a crear
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La escalera de la biblioteca
Durante las horas de insomnio
procuraba imaginarme las botellas
que me tocó beber.
Puestas en fila en la habitación no cabían,
así que me iba a dormir al balcón.
Me apresaba un gran temor de muerte,
que vivo tanto
sin resultado alguno, solo desperdicio.
Siempre había querido ser costurera –
un trabajo tan meditabundo, en la mente
puedes ir escribiendo una novela.
Tenía amigas que cosían,
parecían tan originales, pero hoy
ya no querría ser así.
Sin embargo, sigo escuchando el trapalear de la máquina de coser;
gruesos y delicados los tejidos de los sueños siguen deslizándose
por los dedos encallecidos.
Basta, en otros libros – si los hubiera –
nada de madres, nada de psicoterapeutas.
Pero por las mañanas a la biblioteca venían
las doctorandas con los ojos desorbitados,
que habían dejado sus niños llorando en las guarderías.
Subía por la escalera de unos cuatrocientos años
y rezaba; aquí estoy, una eterna doctoranda.
Señor, te agradezco por no ser como esta gente – bella, decente, bondadosa,
Porque gracias a no se sabe quién (¿a ti?) no nací en una familia de bien.
Porque por esta escalera solo suben los eternos,
porque el número de las botellas nadie lo sabe.
porque en el balcón donde duermo
por la noche trapalean las frases de una novela.
Como en la infancia, me columpio en el pedal de madera,
manejando una rueda de metal.
Incluso si nunca llegara a escribirla,
por lo menos una cremallera habré cosido.
Por esta escalera doy vueltas una y otra vez sobre un eje desconocido –
con las costuras que sobrevivirán a las venas.
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Singer Serenade
El año pasado en Navidad recibí
Singer Serenade – fanfarroneó
una compositora conocida.
Me puse a imaginar como ella
le escribe una serenata; hace un tiempo, de adolescente,
me explicó en la cantina que todo el tintinear
de las cucharas de aluminio,
los pasos, el traqueteo de los platos,
los fragmentos de las conversaciones y otros sonidos
eran música.
Qué pasa aquí, por qué se ha puesto
tanto de moda este hobby
para calmar los nervios.
En el ático encontré ropa de muñecas,
hecha probablemente con una máquina de coser antigua
a base de los patrones para muñecas.
También hallé dos máquinas de juguete:
mamá tenía una así, roja,
muy pesada, de metal, con esa romántica
rueda para girar,
yo, una de un modelo más nuevo,
con un pedal eléctrico, traída de RDA.
Un juguete caro para escribir serenatas;
me imaginaba cómo por las noches
trapaleaba en el ático la bruja con la máquina de coser antigua,
haciendo bolsas para secuestrar a los niños.
El tren de la plaquita solo marcha,
en lugar de los asalariados psicólogos
invertí en una máquina de coser.
El amor es una manera aséptica
para matar a alguien; las serenatas de las cucharas
tristemente lo confirman cada día.
(Traducciones de Dovile Kuzminskaite en colaboración con María Sebastià-Sáez)

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