El Arte del Decir (164)


"Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué" - dijo alguna vez Jean Cocteau, magnífico cineasta y poeta, que con esa frase un poco misteriosa, daba lugar a las cosas cuyo destino es enigmático, entre ellas la poesía, pero también amar a una mujer, escribir, vivir por una razón que no es universal. Estas "acciones" se realizan con finalidades artificiales, pero las verdaderas causas son demasiado singulares para que puedan ser expresadas claramente. No es que un poeta no pueda saber porqué escribe, casi todos los grandes lo han sabido, desde luego, sino que es muy difícil decir públicamente esa causa. A veces porque nos avergüenza, o nos culpabiliza, o nos hace sentirnos levemente indignos. En todo caso, esa causa no es una causa noble, no es una causa heroica, no es una causa triunfante. Para decir algo mas general, afirmaré que es de la comprobación de cierto fracaso de la lalengua en nombrar nuestros goces más profundos, de donde surge la poesía. Cada poema es un sustituto de algo que no está, que se hurta, que se esconde y que no sabremos, a ciencia cierta, jamás. Pudiendo tener atisbos de lo que se trata, ciertas conceptualizaciones  nos mantienen activos, pero son insuficientes para explicar el origen último de este o aquel poema. Son fragmentos que surgen para ocupar un vacío, mostrando siempre su calidad de sustitutos imperfectos de lo que ya no está.

Krystyna Dąbrowska (Polonia, 1979) es una poeta, traductora y ensayista ganadora del Premio Kościelski (2013) y el primer Premio Wisława Szymborska (2013). Ha traducido la poesía de W. C. Williams, W. B. Yeats, Thomas Hardy, Thom Gunn y Charles Simic, así como cartas seleccionadas de Elizabeth Bishop y Robert Lowell. Sus escritos son manifiestos de una precisión asombrosa sobre los movimientos del corazón de una mujer y además notables y humorísticas observaciones sobre el mundo de los vivos y de los muertos. 

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AGENCIA DE VIAJES



 


Soy una agencia de viajes para los muertos,


les organizo vuelos hasta los sueños de los vivos.


Acuden a mí famosas celebridades, como Heráclito,


para poder visitar a un escritor que lo adora,


pero también acuden muertos menos conocidos, como un granjero de la aldea de Wasiły,


que desea aconsejar a su esposa sobre la cría de conejos.


A veces varias generaciones de una familia fletan un avión


y aterrizan en la frente del último de los descendientes.


Tengo también relaciones con los asesinados,


que como cursan regularmente a los sueños de los supervivientes


acumulan millas del programa frequent flyer.


A nadie le niego mis servicios.


Encuentro las mejores conexiones posibles


y me reprocho que un joven amante,


para llegar al sueño de su novia,


tenga que hacer escala en el sueño de una arpía roncando.


O cuando las condiciones atmosféricas fuerzan un aterrizaje de emergencia


y el muerto me telefonea: ¡haz algo,


estoy atrapado en el sueño de un niño aterrorizado!


Incidentes así provocan estrés y son un reto


para mí, una agencia pequeña con grandes aspiraciones ,


porque aunque no tengo acceso ni al mundo de los muertos


ni a los sueños de los demás,


gracias a mí se encuentran.

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HERMANOS



 


Una anciana baila flamenco.


En el esfuerzo late su antigua levedad.


Es alta, esbelta como una garza encorvada,


tiene una falda de faralaes, las mejillas hundidas.


La anciana baila a la joven


que murió en tiempos de la guerra.


Tras el espectáculo se limpia el maquillaje, se quita la peluca


y el vestido, se pone unos pantalones, una chaqueta


y se convierte en la persona que es fuera del escenario:


un hombre, el hermano de la asesinada.


El anciano vuelve a casa.


Se la hizo con jirones del pasado,


de fotos, de afiches y de recortes de periódico.


Entre ellos cuelgan vestidos, que él mismo borda a mano:


multicolores pájaros exóticos.


Y el retrato de su hermana: le pone flores.


Antes de la guerra viajaron por toda Europa,


famoso dúo de bailarines adolescentes.


Luego vino el gueto, la huida, la separación.


Se dijo a sí mismo que si había sobrevivido,


era sólo para ser la reencarnación de ella en la danza.


El anciano bailarín prepara un té.


Silencio. Es la hora de las luces apagadas.


Muy pronto se irá a la cama, pero antes, tal como está,


sin disfraz ni maquillaje, zapatea en el umbral de la cocina


al ritmo del huesudo repiquetear de las castañuela


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UNA IGLESIA ORTODOXA EN GEORGIA




 


Cinco cantantes encontrados por casualidad en el camino


nos llevan con ellos a una iglesia ortodoxa medieval.


No hace mucho era una encantadora ruina,


pero se decidió que había que restaurarla


Llegamos directamente hasta el rugido de los bulldozers.


Sobre ellos unos muros como de icopor


y una cúpula recién pintada,


como un gigante exprimidor de limones.


Echamos un vistazo en el interior. También está en obras.


¿Qué nos queda? Dar una vuelta alrededor


de la construcción, triste como una anciana


tras una operación de cirugía plástica, sin huella de arrugas.


De repente, uno de los cantantes, con rostro de azor


y un cabello como alas blancas, empieza a cantar.


Los otros se suman. Esa es su oración.


Rodean la iglesia, desaparece el traqueteo de las máquinas,


cinco voces poderosas reconstruyen el silencio


y todo lo que hubo aquí antes de la restauración.


En la tosca y lisa fachada, aparecen claridades,


Están en nosotros, mientras volvemos al polvo y al bullicio.





(Traducciones de Nelson Ríos y Abel Murcia)




 


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