El Arte del Decir (161)


“Bruscamente la tarde se ha aclarado / Porque ya cae la lluvia minuciosa. / Cae o cayó. La lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado”, escribió alguna vez en uno de sus admirables sonetos Jorge Luis Borges, indicando, sin duda, que ese fenómeno transitorio, la lluvia, es mas admirable cuando es un fenómeno de la memoria. casi como si dijéramos que recordar llover, es más plancentero (o melancólico, poco importa) que asistir al presente de esa caída de agua. Y esto porque la poesía, aún sucediendo en un presente insoslayable, evoca siempre, convoca esos seres que fueron, ese pasado que permanece aunque sea bajo la forma sólo de pasado, es decir, algo que ha muerto y que sin embargo, se recuerda con un afecto particular. Pero aún más maravilloso, si fuera posible, es que la poesía también presagia, anticipa, comenta el futuro que aún no ha sido, ese ser que se mantiene en suspenso, que podría llegar a ser, y esa anticipación sólo es posible porque la poesía es una síntesis admirable de los poderes de la lengua: traer lo que fué, hacerlo vivo de nuevo entre las palabras y también, provocar lo que no ha sido todavía, poner el futuro en el presente de una manera condicional y perfecta, a la vez. Por supuesto que toda literatura hace esto, pero lo que me parece mas propio únicamente de la poesía es su poder sintético, su virtud que presenta todas las acciones que nos sorprenden de la lengua, de manera instantánea, casi sin tiempo, o con el tiempo del pasado y el futuro que ya no tienen existencia y que, sin dudarlo, vuelven a lo actual de su remordimiento o su presagio gracias al trabajo de la lengua sobre lo real de las perdidas o de los temores.

Carol Ann Duffy (1950) Poeta escocesa - irlandesa, habilisima elaboradora del monólogo dramático, es la primera mujer que ocupa el puesto de Poeta Laureado en Inglaterra. Recibió también el premio T.S. Eliot en el 2005. Su poesía es irónica, cruel, desesperada, con una ternura implícita,  pero con un alto dominio de la lengua y de las figuras que puede convocar para retratar el sufrimiento femenino. 



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Salomé




Lo he hecho antes

(y sin duda lo haré de nuevo

tarde o temprano)

desperté con una cabeza en la almohada junto a mí – ¿de quién¿

¿qué importaba?

Apuesto, claro, cabello oscuro, más bien mate;

la barba rojiza varios tonos más clara;

con profundas líneas alrededor de los ojos,

de dolor, supongo, quizás risa;

y una hermosa boca carmesí que obviamente sabía

cómo halagar…

la cual besé…

Más fría que el peltre.

Extraño. ¿Cuál era su nombre? ¿Peter?

¿Simón? ¿Andrew? ¿John? Supe que me sentiría mejor

para el té, pan tostado, sin mantequilla,

así que llamé a la mucama.

Y, en efecto, su inocente repique

de tazas y platos,

su aclarar el embrollo,

su patrón regional

fueron exacto lo que necesitaba –

con resaca y varada como estaba de la noche en el maltrato.

¡Nunca más!

Necesitaba limpiar mi acto,

alistarme.

Cortar la botella y los cigarrillos y el sexo.

Si. Y en cuanto a lo último,

era tiempo de botar al tipo,

ser cazador o presa,

quien había llegado como un cordero al matadero

a la cama de Salome.

En el espejo, vi mis ojos relucir.

Aventé las pegajosas sábanas rojas,

y ahí, como dije – y la vida no es una perra –

estaba su cabeza en una bandeja.

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Sin ser invitado, el pensamiento de ti se quedó hasta muy tarde en mi cabeza.

así que fui a la cama, soñando fuertemente contigo, fuertemente, desperté con tu   [nombre

como lágrimas, suaves, saladas, en mis labios, el sonido de sus brillantes sílabas

como un amuleto, como un conjuro.

Enamorarse

es un glamoroso infierno: el agazapado, sediento corazón

como un tigre, listo para matar; las fieras lengüeteadas de la llama bajo la piel.

adentro en mi vida, más largo que la vida, te paseaste.

Me escondí en mis días ordinarios, en los altos pastos de la rutina,

en mis habitaciones de camuflaje. Te extendiste en mi azoro,

devolviéndome la mirada desde la cara de cualquiera, desde la forma de una nube,

desde la lánguida, terrestre luna que me admira.

mientras abro la puerta de la recámara. Las cortinas se revuelven. Ahí estas

en la cama, como un regalo, como un sueño tangible.


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Sra. Lázaro


 


He penado. He llorado por una noche y un día

sobre mi pérdida, arrancado las ropas con que me casé

de mis pechos, aullado, gritado, arañado

las piedras del entierro hasta que mis manos sangraron, arqueando

con su nombre una y otra vez, muerto, muerto.

De vuelta a casa. Limpiado el lugar. Dormido en un catre individual,

viuda, un guante vacío, blanco fémur

en el polvo, mitad. Guardados trajes oscuros

en negras bolsas, arrastrando los zapatos de un hombre muerto,

atando el doble nudo de una corbata alrededor de mi cuello desnudo,

demacrada monja en el espejo, tocándose. Aprendí

los Viacrucis, el icono de mi rostro

en cada oscuro marco; pero todos estos meses

él se alejaba de mí, decreciendo

al encogido tamaño de una instantánea, yéndose,

yéndose. Hasta que su nombre ya no fue un cierto conjuro

para su rostro. El último cabello de su cabeza

flotó fuera de un libro. Su aroma salió de la casa.

Fue leído el testamento. Observen, él se desvanecía

hacía el pequeño cero que sujeta el oro de mi anillo.

Después él se fue. Después él fue leyenda, lenguaje;

mi brazo en el brazo del maestro de escuela – el estremecimiento

de la fuerza de un hombre bajo la manga de su abrigo –

a lo largo de la línea de setos. Pero fui fiel

or cuanto duró. Hasta que él fue memoria.

Así que pude pararme aquella tarde en el campo

con un mantón de fino aire, sanada, capaz

de ver el borde de la luna ocurrirle al cielo

y una liebre salto desde un seto; luego notar

los hombres de la villa corriendo hacia mí, gritando,

tras de ellos mujeres y niños, perros que ladran,

y supe. Supe por la taimada luz

en el rostro del herrero, los ojos estridentes

de la cantinera, las súbitas manos transportándome

en la  multitud que partía ante mí.

Él vivía. Vi el horror en su rostro.

Escuché la loca canción de su madre. Respiré

su hedor; mi consorte en su putrefacta mortaja,

húmedo y  desaliñado debido a la floja mordida de la tumba,

croando su cornudo nombre, desheredado, fuera de su tiempo.




(Traducciones de Gustavo Osorio de Ita)




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