El Arte del Decir (156)


La elaboración de un poema conlleva una serie de operaciones que pueden - mínimamente- describirse. Elegir el tema, definir el sujeto de la enunciación, precisar un vocabulario, descartar alternativas, decidirse a lo inesperado del combinar palabras, reducir términos y, a veces, arrojar todo a la papelera y empezar de nuevo. A esta lista se pueden agregar o extraer las partes que se prefieran, cada poeta tiene su método, la mayor parte de las veces, intuitivo. Pero, como son reacios a explicarlo (no para establecer un canon, sino para mostrar algo de la intimidad creativa) se ha corrido la voz (entre los críticos, mayormente) que hay un momento "divino" (algunos mas románticos prefieren decir "demoníaco"), "misterioso",  "excelso", "surreal" y otros tantos adjetivos que tratan de reemplazar un hacer intuitivo por una teoría que destaque al poeta como sobrehumano, ya no como visitado por los dioses (somos modernos), sino por algun factor exterior que cause la poesía, la cual no es más (ni menos) que una combinación de la lengua que se dirige a la belleza de una manera decisiva e humilde. ¿ Cual es la facultad de la subjetividad que permite todo esto? Se han propuesto diversas teorías, pero para mí hay cierta dosis de enigma en como un sujeto llega a ser poeta. Lo que es seguro es que, en su hacer distinto, el escritor lucha contra la lengua y sus derrotas sucesivas es lo que llamamos una obra poética.

Inés Araóz (1945) Nacida en Tucumán, realizó estudios de lengua y literatura inglesa y de música y de lutheria en la Universidad Nacional de Tucumán. Ha públicado numerosos libros de poesía y recibido una mencion y recomendación de publicacion en el  premio Ricardo Jaimes Freyre, en 1981, el tercer premio de la Fundación Argentina para la Poesía en 1988 y una mencion especial en el Premio Nacional de Poesía (1984-1987) . Su voz es sutilisima y serena pero muchas veces se alza como un aguila hacia alturas insospechadas, armando poemas de una fuerza conmovedora y profunda.




Hokusai



                                                                            Dedicado a Adriana Aráoz y Eduardo González



 


Una única manzana se pudría al sol


Y las gaviotas alineadas escrutaban la pesca


Yo me hubiera vestido de blanco ese día


Con ropas sueltas


Y hundiendo mi peso en la arena


De bajíos y promontorios


Desportillando conchillas y pequeños crustáceos


Con la altivez de un ave tacina


A la que los perros de los médanos no dan alcance


Hubiera partido el horizonte


 


La estrella en su frente partía el horizonte -decían


 


Engalanada y feroz, rebasando su propia cresta


La ola de Hokusai, la de Hokusai tan sólo


Suspendida


De un salto prodigioso


Avanzó sobre el mar distante


Es la cueva del amor -pensé. Y mi vientre


Empezó a crecer mientras el mar se retiraba


Hacia el este voltearon las gaviotas su bauprés de oro


Y se hundieron, augurales, en la jornada blanca


 


Y en verdad  había restos de alquitrán


En las plantas de mis pies


Y mis labios de por sí acostumbrados a la embriaguez


De la palabra


Percibían de pronto la sal del padre y de la madre


Y se reían -¡reírme así, yo, tan pequeña!-


De las historias del amor que con la muerte se acicalan


 


Acodado en la arena


En la profundidad última de lo dicho y de lo no dicho


Y aun de aquello que no debe nombrarse


Un rostro bruñido por el sol


Perseguía burlonamente la cintura efímera del agua


 


Hokusai se interna en la espesura verde


Y el viento arrastra los huevos apergaminados


      de los caracoles


 


      Un tronco yace en la playa como hombre dormido

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Iruya




Qué puedo decir del paisaje


Si todo lo olvido al segundo


Salvo la imagen de mi cuerpo osado


Mirando en lontananza


Es esto lo que queda: un inmenso


Cuerpo de puro espacio


De puro espacio


 Y silencio


Pero sobre todo un muro


La mía frente


Resistiendo ese fraseo del viento


Como un movimiento suave del paisaje


De puro viento


En la mía frente


 Y además, alcanzo a recordar


 Esta piedra en punta


Que me he traído


Esta piedra que entonces vi


Torneada por el viento -vi y pensé


 Y mis manos hasta ella se llegaron


 Y con todo su peso me la traje


Como puede un paisaje, una madre


Llevar a su niño en brazos 


Sin más pensar oteando


El espacio profundo


Profundo


Azul


¿Sería azul?

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  No aminora el tren la marcha


    

                                                                                 a Isidora Aráoz



    

     Estaban quietos los cielos

     En Yacanto

     Al parecer moría, no lo sé

     Mi hermano, el más pequeño

     Los membrillos no habían madurado aún

     Y en sus verdes huevos seguía guardada la cría del tero

     Un cierto tinte rojo allá

     Atrás, en la montaña

     No lo he visto yo morir

     Más que otros días

     Al señalar algunas de esas florcitas tibias

     Silvestres

     Que esplenden en las lomadas

     Esto me da paz —decía

     Me hubiera gustado esa tarde

     Echar un galope tendido, a campo traviesa

     Saltar cercos, una y otra vez

     Cruzar los ríos

     En mi yegua baya

     Correr, correr hacia los oradores de la montaña




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