El Arte de Decir (158)
La escritura es la prueba de fuego del poeta. Todos hemos sido, alguna vez, en las pobladas comarcas de nuestra imaginación, poetas excelentes. Pero de nada sirven esas ensoñaciones si no hemos atravesado la escritura, la tinta con la cual las palabras se reúnen, se amontonan, se suprimen y se acotan. Ese acto, aparentemente banal, el dejar fluir sobre un papel algo que es un poema y a la vez, una sintesis de nuestras habladurías privadas, ese acto, digo, es dificil y conclusivo. Sólo quien sabe descartar, podar, reducir la selva de su imaginario mundo, es quien puede escribir y quien, si los dioses y la constancia lo deciden, será un poeta. Escribir es un acto de pérdida, de desalojo, de partida, nunca de llegada. Las ideas y palabras que parecían imponentes y monumentales en la pantalla de nuestra memoria, se vuelven pálidas y también se extravían y desaparecen, al verterlas sobre un papel, pero también, algunas veces, brillan con una luz nueva y una potencia que no tendrían en medio del bosque mental de donde surgen. Esos descubrimientos justifican un poema. Esas invenciones no tienen ningún sentido en el pensamiento y sólo al colocarlas en un escrito, se justifican por sí solas. Escribir es alejarse de uno mismo para que en la letra, alguien, el lector casual y causal, vuelva a encontrar ese sonido de nuestras vidas y lo haga propio.
Rocio Acebal Doval (1997) Nació en Oviedo, España y es graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid. Ha publicado varios poemarios entre los cuales se destaca Hijos de la Bonanza (Premio Hiperíon de Poesía 2020). Su voz es aguda y a la vez dolorosa, con un sentido de la narración lírica que va mas allá del los acontecimientos cotidianos para reflexionar con precisión sobre su historia y sus laberintos amorosos.
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HIJOS DE LA BONANZA
Mi infancia son recuerdos de un piso a las afueras
y un huerto descuidado en la ventana;
mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés.
Conseguirás —dijeron—
mucho más que tus padres y sus padres:
estudia cuatro años y tendrás un trabajo,
trabaja y vivirás siempre tranquila;
trabaja y serás digna de un futuro.
Asentí, como todos —hijos de la bonanza—.
No atendimos a aquel presentimiento
aquel olor a pólvora que asomaba en voz baja
como un eco de angustia a puertas de palacio.
De aquel país ajeno a las fronteras
solo guardo el recuerdo de la luz
y una aversión a la palabra patria.
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PROCESO LITERARIO
Acudir a tertulias de santones.
Escribir en un par de suplementos.
Llevar una revista o ejercer
de antólogo imparcial de tus amigos.
Actualizar el blog semanalmente.
Estudiar al dedillo las teorías de Dámaso
y el diario de Jaime.
Presentarse a concursos. Negar haberlo hecho.
Twittear al premiado: merecido,
qué ganas de leerlo
Quedarse con las caras del jurado.
Hacer generación como quien hace
encaje de bolillos.
Mantener buenos términos con todos los poetas
y odiar terriblemente a un compañero
de tertulia o revista.
Enviar manuscritos. Negar haberlo hecho.
Suplicar por un prólogo o, al menos,
una contraportada.
Enviar un WhatsApp a todos tus amigos:
El día ha llegado: mi libro ve la luz.
Os espero a las siete
en una librería. Me acompaña
un señor novelista o tertuliano.
Buscar el ángulo que muestre el gran
aforo del evento.
Invitar a café a un par de críticos.
Negar haberlo hecho.
¿Escribir un poema? Esa es la parte fácil.
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NO ERES TÚ
No es la costumbre —ese taimado hito
de la muerte—. Tampoco
ir a las bodas sola o escapar
de un dormitorio ajeno los domingos;
menos aún hacer
la cena para dos y cenar uno.
No es ni siquiera
la espera solitaria en el dentista,
el ancho de la cama o este miedo
a no volver a amar —y ya es bastante—.
Porque no es el adiós,
ni la vida sin ti, ni tu recuerdo;
sino saber perdida
a esa mujer que fui cuando te amaba.

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