El Arte del Decir (151)



Dicen que en cierta ocasión Wolfgang Amadeus Mozart dijo que "La música no está en las notas sino en el silencio entre ellas", frase que, viniendo de quien creó algunas de las melodías y armonías mas hermosas, tiene su valor y su importancia. Algo análogo es posible aplicar a la poesía en la medida en que es la ausencia de signos entre los espacios de una escritura las que crea verdaderamente el lugar donde esas palabras pueden habitar y desplazarse. El tamaño, la intensidad, la duración de esos intervalos de tiempo es lo que hace que cada palabra adquiera una dignidad que, seguramente, no tendría de estar ubicada en la escritura apresurada y compacta de una carta comercial. El silencio es el lugar donde todos los signos parecen nacer, donde es posible colocar un mensaje, con la seguridad que, tarde o temprano, alcanzará a alguien. La tela en blanco, el escenario vacío, el silencio entre las notas, los espacios alrededor y entremedio de una escultura, las pausas - largas o cortas - de un verso a otro, son todos sitios donde es posible colocar una acción artística. Es que el arte y sobre todo la poesía, que en estos caso parece paradigmática, es lo que brota de esos blancos e inaudibles espacios que hacen posible su existencia. De modo que la labor de un poeta no está solamente en aquellos signos que elige, sin también en los que omite, y sobre todo, en esos tiempos en que su voz parece callar, para que se evidencia el verso siguiente del poema.

Claudia Masin  (1972) Nacida en Resistencia, Chaco, vive actualmente en Cordoba. Ha recibido el Premio del Fondo Nacional de las Artes en el año 2017. Libros suyos han sido editados en España, Mexico, Brasil y Chile. Es también psicoanalista. En su obra se destaca una presencia fuerte, viva de la condición femenina y del misterio de su constitución, como así también una entrada inquietante en temas de actualidad como el primero de los poemas aquí presentados.



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El huevo de la serpiente





No se puede dejar de ver lo que viste.

El huevo de la serpiente: lo que viste

se expande

como la tinta de un tatuaje bajo la piel, un número

en el brazo que pasa a ser tu nombre

desde entonces: así

se identifica a un prisionero. Uno, dos,

tres, un millón, un cuerpo más

entre los cuerpos, no se puede

dejar de ver lo que viste. Y en lo que viste

está lo que vendrá. El niño

que hunde un cuchillo en el vientre

suave del animal todavía vivo. El tajo

que lo abre entero. Los órganos,

la sangre, el corazón pequeño, su latido

rapidísimo, azuzado por el mordisco

del terror, el chillido

de la bestia que no tiene

palabras para explicar un sufrimiento

incomprensible. Eso viste. El molde

de las cosas que pasarán es ese: la expresión de placer

del niño que aprende

a ejercer la crueldad como aprendió a hablar,

a caminar, a leer de corrido. Ejercitando

una y otra vez lo que ya ha sido

probado sobre él mismo. Esa imagen es más real,

es más compacta que una piedra. En esa piedra está escrito

el libro que leerás toda tu vida: una familia

entera comiendo de la basura, buscando

alimento entre los desperdicios

como quien busca oro, la misma

esperanza terca

y fallida. Una mujer que pasa, los ve,

se indigna. Dice se roban la basura,

mi basura. El hombre, la mujer,

los niños que se avergüenzan, se disipan

como un nubarrón en un cielo de verano, pasajeros,

y se van y se llevan el hambre

y la fealdad consigo. El chico adolescente

al que patean, cuando ya lo tienen

vencido y en el piso, sus propios vecinos: son muchos,

lo conocen, era uno de ellos

hasta ayer. En este día es

el apestado, el paria al que se debe exterminar

para que el virus que lleva encima no

los contamine. Está escrita en la piedra

la piedra que va a ser arrojada sobre el vidrio

de la casa tomada: vuelvan a su país, escóndanse

en sus madrigueras, en sus nidos, no suelten su cría

en nuestras calles. La temporada de caza

que se abre todos los días, apenas sale el sol:

hay que encontrar alguien más débil, más raro,

más indefenso que uno mismo. Hay que afinar

la puntería, la matanza

para proteger al amo que nos cuida. Qué sería

de nosotros sin el amo, si su infinita

generosidad dejara de otorgarnos

el favor de la vida. No se puede

dejar de ver lo que viste: la alegría,

el alivio de estar entre los que sobreviven, no me ha tocado

esta vez, estoy salvado y mientras sepa

diferenciarme bien de los desgraciados, la desgracia

no podrá meterse conmigo. Está escrito, también, que no sirve

escribir: es apenas

contar cómo crece en tu interior, en tus vísceras,

en su huevo de paredes

translúcidas, la serpiente que apenas asome

a la vida, se enroscará en tu cuello para arrancarte

las palabras una a una junto con el aire

que te anima, a menos

que en lugar de escribir sobre la asfixia

y el veneno, te decidas

a abrirte el vientre y ver: el reptil está ahí,

ese es su nido. Hay que matarlo.

No permitas que quede con vida

para que su veneno -tu veneno- te corra por la sangre

como un río sucio y peligroso que te obliga

a embrutecerte para arrancarle a otro

el hálito vital, el antídoto.

Que se quede sin aire, sin alimento,

que ya no pueda nutrirse

y crecer y reproducirse y se cierre

por fin el círculo de fuego del dolor

que se padece y que se inflige.


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Bye bye Blondie




Yo no estoy curada. Me dieron

en la boca la medicina que podía

calmar la ira, la tendencia a gritar, a revolverse

cuando la aguja se hunde

y saca sangre del pozo de la vena,

como si fuera barro

y hubiera que limpiar el cuerpo,

sus impurezas, porque una mujer, cualquier mujer

ensucia lo que toca si no es sometida

a intensos rituales de desinfección, de brutal

pero necesaria limpieza. Yo no estoy

curada pero me dejo

hacer, brillo como una santa, la misma fe

en cosas imposibles, la misma

pasión con un nombre

diferente. No me será quitada

la rabia, ni muerta

esta perra dejará de echar espuma

por la boca ni de lanzar la dentellada

si la quieren

poner a dormir para que no sufra

ni cause sufrimiento. Vos y yo teníamos

un secreto. Estábamos vivas

aunque nos hiciéramos las muertas,

en medio del bombardeo un par de cuerpos

que sobrevivían con una única

estrategia: quedarse quietas,

no dejar que el pecho se agite

con cada respiración, desaparecer

del mundo de los vivos hasta que los vivos

nos dejaran en paz. La batalla es cruenta

y dura todos los años que tuvimos

y tendremos. Cuando parece terminar,

empieza. Y de nuevo a cubrirnos las espaldas

la una a la otra. No te vayas, no te canses

de pelear, un ejército de dos aunque parezca

modesto, inofensivo, puede hacer temblar

la tierra. No es que vayamos a cambiar las cosas:

la victoria es que las cosas

no nos cambien a nosotras. Y no es poco,

no es poco seguir buscándonos

en la noche como insectos que se apiñan

alrededor de la luz. Si vamos a quemarnos al menos

elijamos el fuego, encendámoslo nosotras

con las manos llagadas que tenemos y que la llaga

duela si tiene que doler, pero que sea

en nuestros términos, locas,

raras, mujeres que olvidaron

contra toda evidencia

cómo deben morir las mujeres:

dejándose matar

y agradeciéndolo.

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Cría cuervos



 

Los niños, como los gatos, podemos ver en la oscuridad.

Vigías que saben que no pueden deslumbrarse

con su propio sueño, pasamos las horas

tejiendo una tela finísima alrededor

de nuestro miedo. Después, muchos años después,

solías decirme, llega el olvido y podemos dormir

sin sobresaltos. Yo aún no he olvidado. 

Cada noche, nos intercambiamos historias

como joyas. Esta te queda bonita,

esta le sienta bien a tu piel, a tus ojos:

Había una niña que era tan pequeña

que cabía en la palma de una mano.

Si yo fuera esa niña —pienso— elegiría

vivir en tu mano. Podrías cerrarla

y dejarme sin nada, pero toda buena historia

necesita una tragedia, un vuelco inesperado

en la trama. No quiero que llegue el fin

de tu relato, que la noche se acabe. No sé qué hay

del otro lado. La vida es una imagen

que va desdibujándose, perdiendo los contornos

día a día. Crecer es el tránsito de la imagen precisa

a la distorsión. Quiero seguir siendo niña

para conservar la vista.









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