El Arte del Decir (150)
Hay un cierto saber clasico en poesía que estipula formas liricas fijas y sostenidas por el tiempo, por el uso, por la frecuencia, que es muchas veces despreciado por algunos literatos que suponen, que la poesía acaba de nacer, con el poema que escribieron esta mañana o bien que esas formas se han vaciado de contenido y han terminado por perecer. Me parece que, aunque no practiquemos esas maneras clásicas de resolver un poema atando su tema a una estructura prefijada, hay que tener un cierto respeto por esas maneras clásicas de componer. El uso de versos de distinto tamaño, las metricas, incluso las formas de rimar con su consonancia y su asonancia definen muchas veces, aunque no nos ciñamos a ellas, una peculiaridad del "sonido" (no se me ocurre otra forma de nombrar esa característica que no es semántica sino mas bien sintáctica) que resulta valiosa para ser considerada. Incluso a veces, si nos aburrimos de las formas enormes que ha desarrollado el castellano, podemos probar con formas que se engendran en otros idiomas, como el griego donde no se rimaba sino contaban las silabas de cada palabra para otorgar musicalidad a los poemas, o el japonés con su tankas, haikus y shi, que sostienen en muy pocas palabras (generalmente) pensamientos de una profundidad sorprendente. En el vasto universo de las lenguas existen suficientes formas para velar lo real y construir buenas o al menos legibles poesías.
Ahmad Al Shahawy (1960) nació en Damietta, al norte de Egipto. Se licenció en Periodismo en la Facultad de Letras de la Universidad de Asiut, licenciándose en 1983. En 1998 obtuvo el premio Kafavis de poesía. Tiene numerosos libros editados y sus poemas poseen un uso muy certero de las palabras para evocar situaciones y estados de ánimo. Particularmente feliz es el uso de ciertas metáforas que remiten a la existencia mas banal elevada a la categoría de poesia. También no vacila en utilizar cierta posición política como causa de sus cantos.
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DIBUJA UN CÍRCULO Y DUERME EN ÉL
No tienes ganas de escribir,
ni de dormir en la melodía,
de robar la letra de un abecedario perdido,
de pisotear la noche con los zapatos del día,
de preguntar al sol para que salga a tiempo,
de hablar con la sombra de las paredes,
de pedir al vendedor de vasos un clavel rojo,
para dar a la letra otra tarea,
ni de preguntar al joyero
que mida la temperatura del rubí,
para que viva en sus dedos.
Ahora sólo podrías envidiar la tinta
porque escribe sola,
sin la necesidad de tus ganas,
después de que tu ojo derecho se nublase con su nombre,
y viese en la página el hueco de la tumba,
bastante más estrecho de lo que imaginabas.
El aire murió por un infarto,
tu amante tiene miedo a la oscuridad,
dale de beber el beso de la seguridad de los dioses.
Podrías abandonar las sombras,
imaginando que vas a vivir solo para siempre,
no mires ningún cepillo que tocaba tu cara,
dibuja un círculo y duerme en él,
acaso podrías tentar la oscuridad
sin tener un brazo que sustente la desesperación.
No tengas miedo si te pregunta la muchedumbre del círculo,
mantenga el silencio, diga una sola frase:
el espejo se rompió,
así saldría un río en tus manos,
en su dedo crecerán dos montañas de viento y plata,
de ser así, o cantarías su himno
o el fuego eliminaría años acumulados que no son tuyos.
¿Eres ciego para pedir las huellas?
ninguna noche echaría a una estrella
sólo la echaría cuando se arde,
o cuando se desvanece en la oscuridad.
No gastes la tinta en la búsqueda,
no preguntes al río su agua
cuando ésta descorre hacia las orillas,
no escribas al otoño que eres hijo del dios Rá,
ni que eras un día Adán,
porque el invierno es tu rival en el amor,
no olvides que fuiste un día hijo suyo,
y que pisoteaste su cola en la oscuridad,
por eso te acumulaba la revancha,
y acomodaba una tumba para el corazón
con un pequeño hueco.
Ahora no escribes poesía,
tu cabeza está en una papelera,
tu tinta en balde,
considera tu futuro un ejercicio de elegía de la esperanza,
una elegía para tu hermano,
o para un familiar fallecido,
compara entre el abandono y la emigración,
no cierres la puerta,
no juzgues una promesa con un dedo mutilado de tu mano,
duerme en la distancia como un poeta,
convoca un viento de árboles secos,
todavía existe una vena fugitiva
cerca de Zarakaa Alyamama cuando despierta a su elefante dormido:
¿Sigue la tierra la búsqueda del infinito en mí?
¿Ahmed todavía es capaz de distinguir entre el arco y la campana?
¿Se ha colapsado el cielo?
¿O que está la noche ebrio y tímido?
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EL TIRANO ATRAPADO EN SU SOMBRA
El agua está presa en su vaso,
el aire en su alcoba,
el sol en su noche,
la libertad en su lenguaje,
un vocablo encarcelado en su sentido,
hasta que use sus pies para caminar,
mientras, tú estás encarcelado en tu cama.
Las montañas encarceladas,
al inclinarse para dejar pasar las nubes.
El movimiento está encarcelado en el silencio,
y viene cojeando con un bastón desde la montaña,
erosionado por la carcoma de los huertos de Salomón.
El enfrente está encarcelado,
horrorizado temblando el atrás.
Los muros están encarcelados
por el miedo de los cristales implantados en su interior.
El viaje está encarcelado
porque está atrapado en los permisos residencia.
La esclavitud está encarcelada
porque sigue libre su camino.
Las frutas del sicomoro
están encarceladas en nuestra tierra
porque mi padre falleció sin circuncidarlas,
yo de pequeño no podía llevar el cuchillo
por miedo de que los pájaros me odiasen,
se alojaban en el árbol
y creían que los iba a degollar.
La cuerda de la horca está encarcelada,
nadie se atreve a deshacer el nudo
por miedo a la mala suerte.
El ahogo está encarcelado en su sueño inquieto,
debajo del agua,
porque los peces vendieron su memoria a la muerte.
El tirano está encarcelado en su sombra,
esa que duerme de pie sobre un muro derrocado por las noches
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SOY EL ERROR DE LOS LINGÜISTAS
Mi sangre no es ninguna limosna corriente,
tampoco me parezco a la esfinge en su silencio,
podría igualarme en el silencio y la discreción.
Nunca fui carnívoro,
mis diez dedos nunca fueron de pólvora,
mi boca no es tumba para recibir forasteros,
que abusan hasta la sobredosis del jarabe de esperanza.
No tengo puentes ni ventanas,
si los tuviera, serían ciegos,
levanto dos cielos encima de mi cabeza,
doy la cara a las paredes,
una cara sin caras negras.
El río me sube por las ventanas,
con sus peces,
soy el más silencioso,
el más loco entre la gente,
de otro modo:
soy la máquina de la locura al amanecer.
Los años no han pasado entre los dedos,
Sin embargo, rasguñados por las uñas,
volvieron al punto cero.
Todos los juegos que había ganado,
me hicieron hijo de las pérdidas,
me perdí en el laberinto,
no pude abandonar el juego,
y mi amante no me había colgado ningún amuleto,
para entrar solo en el himno
y vagar en el sueño.
Daba todo,
pero no ganaba de la sombra, sus sombras.
Cometí el pecado de un dios de bronce
cuando se oxida en los páramos,
los transeúntes no toleraron el cambio del color,
ni la palidez de mi tez por sus huellas en las caras,
sin acento ni punto,
como una araña sin pies,
buscando bastones encima de una pared desnuda,
un libro lleno de lágrimas,
unas palabras vistas solo por mí.
Soy el error de los lingüistas,
un dibujo único de un pájaro eufórico,
con aire ebrio.
Soy Ahmad Al Shahawy,
quien va hacía la eternidad
para evitar las catástrofes
de las hilanderas de la araña.
Sin ningún ojo en el espejo,
sin paredes en el espacio,
y lo infinito sin un cuerpo vistoso,
como si un diablo se acostara en las superficies,
llenando el tintero con sangre perversa,
y escribiese de mí lo que nunca decía:
La puerta cerrada,
ningún camino a la izquierda,
allí dejaba mi corazón,
andando solo toda la noche,
sin brújula ni guía.
(Traducciones de Abeer Abdel Hafez)

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