El Arte del Decir (148)
Escribir es un acto de libertad, de creación, de lucha contra la implacable muerte, de afirmación personal frente al conjunto sin nombre, de amor, de odio, de indiferencia. Las consignas se suceden, unas a otras, sin parar. Cada poeta elabora una teoría de su escritura. Los hay que escriben para no llorar, los hay que escriben porque lloran, existen finalmente los que toman la pluma sin razón alguna. Estos últimos me parecen los más sinceros. No porque no haya razones. Sino porque las mismas son ignotas, inconscientes, no percibibles con facilidad. Para mi gusto los mejores escritores lo son porque no tienen otra oportunidad de atravesar la vida, porque les sale así, porque no conciben una existencia sin esa pasion extraña que es contar historias, desarrollar sentimientos confusos, despejar alegrías inmotivadas, sentir tristezas que no se localizan bien. En toda escritura hay un acto de inteligencia, a veces, oculto, a veces, explícito, pero sin el cual no podría producirse ese milagro. Descreo de los que escriben a partir de los sentimientos, como si estos tuvieran otra función que impactarnos, hacernos reír o llorar. Cuando uno decide escribir sobre el amor, supongamos, el amor ya es una idea. Cuando se decide hacerlo sobre la muerte, la condición es estar vivo. La escritura supone un instante (extenso o breve, poco importa) durante el cual suspendemos nuestra experiencia de vivir y, por el contrario, escribimos.
Robert Lowell (1918-1977) Nacio en el seno de una familia de alta sociedad de Boston y desarrolló su carrera poética entremezclando numerosas referencias personales con elementos de la historia de su pais. Recibió los premios Pulitzer de Poesía en 1974, el Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros en 1977, y el Premio del Instituto Nacional de Artes y Letras en 1947. Ha sido considerado uno de los poemas contemporáneos mas importantes de Estados Unidos. Su escritura es indirecta, cargada de imagenes sorprendentes y a menudo, oscura, para una primera lectura. Sin embargo el primero de estos poemas muestra de manera exquisita la importancia de lo superfluo para la vida humana.
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El nihilista como héroe
“Una línea inspirada es todo lo que entregan nuestros poetas,
¿mas qué francés ha escrito seis líneas aceptables, una atrás otra?”
dijo Valéry. Para Satán ése fue un día feliz.
Uno anhela palabras colgadas de la carne del buey vivo,
pero la llama fría del papel de estaño lame el leño metálico;
el inmutable hermoso fuego de la niñez
traiciona las visiones monótonas.
Del cambio y por definición se alimenta la vida,
en cada temporada nos deshacemos de guerras, mujeres y automóviles nuevos
A veces, cuando enfermo o lleno de malestares,
miro verdear la llama contraída de este fósforo,
el tallo de maíz adquiere florescencias y verdes prolongaciones.
Un nihilista debe vivir el mundo como es
mirando a lo imposible ascender al desecho.
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Agua
Era un pueblo langostero de Maine:
cada mañana remesas de manos
zarpaban rumbo a las canteras
de granito sobre las islas
y dejaban docenas de lóbregas
casas de madera blanca
pegadas como conchas de mar
sobre una colina de piedra,
y por debajo de nosotros el agua
lamía el laberinto de tiernos maderos
que formaba la encañizada
donde se atrapan los peces para cebo.
¿Te acuerdas? Nos sentamos en una piedra.
A esta distancia en el tiempo
parece ser del color del lirio,
ahora que se pudre y se torna violeta,
pero era sólo
el gris habitual de la piedra
que cobra el verde de siempre
cuando se empapa de mar.
El mar empapó la piedra
todo el día a nuestros pies,
y no dejó de arrancar
una escama tras otra.
Una noche soñaste que eras una sirena
aferrada al pilar de un embarcadero
y te esforzabas por despegar
los percebes con la mano.
Deseábamos que nuestras almas
pudieran volver como gaviotas
a la piedra. Al final, el agua
resultó demasiado fría para nosotros.
(traduccion de Juan Carlos Calvillo-Reyes)
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Los dos muros
Un muro blanco se enfrenta a un muro negro
en algún lado, y mutuamente se despiertan.
Cada uno arde en el resplandor tomado al otro.
Los muros, ya despiertos, han de seguir hablando,
sus colores parecen semejantes, dos matices del blanco,
cada uno viviendo a la sombra del otro.
Qué sutiles son estas distinciones cuando ya no podemos elegir.
Ante tal vengador Don Juan debió desenvainar la espada.
Dos muros de piedra blanca que se contraen;
su búsqueda de la dicha y su coincidente…
En este punto de la civilización, este punto del mundo,
la única compañía satisfactoria imaginable es la muerte.
Esta mañana, un nudo en la garganta, yazgo aquí,
penosamente respirando el alma
de Nueva York.
(Abril 8, 1968).
(traduccion de José Emilio Pacheco)

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