El Arte del Decir (145)


Suele indicarse que la poesía es libertad, expresión, palabra desenfadada y aún proclama. No desmerezco esos adjetivos, pero quisiera señalar un costado mas secreto, mas intimo, menos confesado por poetas de cualquier signo. Y eso es el caracter de cerco de las palabras, de límite, de encierro y aun de opresión. Y es que la lengua, a pesar de su condición de arbitrariedad, una vez instalada, tiene sus reglas. No me refiero aquí a las estructuras de los sintagmas, al fluir aparentemente libre pero gobernado por metáforas y metonimias, dejo mas bien eso a los linguistas. Lo que me interesa es señalar que la lengua, como lo indicó Jacques Lacan, está concebida por repetición. Unos significantes iniciales, heredados por contingencia, oídos por cierto azar, son los que gobiernan de alguna manera las construcciones posteriores. Y, cuando un poeta, en su afan libertario pretende abandonar rápidamente esa limitación, que lo constituye, se precipita, sin saberlo en construcciones un poco ridiculas o en el silencio mortífero, convencido de que no podrá alterar jamás esos vocablos primarios que arman nuestro ser subjetivo. Y, sin embargo, hay posibilidad de alteración, hay formas que se despliegan perturbando ese orden inicial. Para eso un poeta tiene que ser, creo, humilde, en el sentido de aparentar plegarse a esas palabras constitutivas y luego, mediante un uso retórico preciso, alterar su significado, quizas incluso su orden de hierro, y elaborar poemas que canten a una diferencia esencial. 

Rigoberto Paredes (1948-2015) Fue un escritor hondureño, recibió el Premio Nacional de Literatura Juan Ramón Molina (2006) y finalista en el Premio Casa de las Américas, Educa y Plural. Se desempeñó como Viceministro de Cultura, Diplomático de Honduras en México y Director de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores. Su escritura es directa y a la vez, enigmática. El segundo de estos poemas celebra lo imposible de las relaciones entre el hombre y la mujer con una lírica perturbadora, donde se revela la omnipotencia masculina como una razón de ese fracaso.

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El ángel




El ángel de la anunciación


trizó sus alas


entre la ingrávida espesura


de la aurora boreal.


Lo vi rodar, cielo abajo,


como el águila


de Juan Ramón Molina.


De lo alto de sí mismo


cayó el ángel, en llamas.


Su grito agonizante semejaba


al de Bruno, embrocado en la hoguera.


¿Traía algún mensaje,


terribles amenazas


que nadie ha podido escuchar?


Tal vez la última palabra de Dios


o la hora señalada de ese día final.


Pero murió el ángel de la anunciación


y ya podemos acostarnos, amor, en paz.

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Penitencia




 Como Dios,


hice de mis costillas


a la mujer.


Como ese Dios omnipotente,


arrepentido, enfermo, vallejiano,


más de una vez


malherido fui en mis costados,


y era este la corazón la víctima propicia.


Yo, que la hube creado


a imagen de nuestra semejanza.


Yo, como ese Dios, que creía en dos


que podían amarse.

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En sueños




Anoche te vi


sin que me vieras.


Te vi desnuda,


presa de la impaciencia:


tal vez a la espera


de que yo despertara.






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