El Arte del Decir (138)


La poesía se caracteriza por su brevedad. No ignoro que existen poemas largos y aún larguísimos, como los monumentales Cantos de Ezra Pound, que, sin embargo están divididos en numerosos poemas más breves. A lo que me refiero es a que el poema aspira a contener el corazón de la lengua en unos pocos versos. Aspiración loca, descabellada, imposible que no es problema para el poeta: el insiste una y otra vez en dar con la linea perfecta que haría imposible seguir escribiendo. Como esta lucha, quizás fáustica, quizás demoníaca, está destinada a fracasar, el poeta escribe numerosos poemas a lo largo de su vida dando lugar a lo que se constituye como una totalidad inestable. Me parece extraordinario que un imposible haga posible otra cosa. Escritos, rastros, proclamas, fragmentos, no llegan a hacer un todo puesto que siempre pueden descompletarse por la locura (pero locura decididamente notable) de escribir otro verso más para intentar lo que no se puede y que, sin embargo, causa toda una obra.

Valeria Canelas (1984) es oriuda de La Paz, Bolivia , Licenciada en Historia y Master de Literatura  Hispanoamericana. Su primer libro, Maquinería (Ravenswood Books, 2016)fue finalista del premio Gerardo Diego de poesía para autores nóveles de la Diputación de Soria y ha sido reeditado en Bolivia en la editorial 3600.  Su poesía sabe edificar metáforas potentes a partir de acontecimientos cotidanos como se puede leer en el primero de los poemas de esta muestra. 

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UN ALTAR



 


No se atreven a desarmar


el altar improvisado para


el niño muerto.


 


Día tras día,


veo envejecer osos de peluche


bajo la nieve.


Veo globos de trayectoria


cada vez más inclinada,


como si fueran pétalos marchitos


de plástico.


 


Mantengo la mirada fija


mientras el autobús gira para salir


de la estación:


siempre tan desolada,


siempre asediada por la violenta


ciudad que la rodea.


 


Mantengo la mirada en esa cicatriz


hecha de globos de plástico y peluches


que permanece


como si estuviera infectada


con tanta ternura inútil.


 


Cada mañana,


el altar del niño muerto


nos señala la inconstancia


en todo duelo ajeno.


 


El niño no era nuestro


pero todos los días tomaba el autobús


junto a nosotros.


El niño no era nuestro


pero habitaba nuestra misma desolación,


nuestras mismas ruinas industriales,


nuestro mismo recorrido,


nuestra misma ciudad indiferente.


 


Arrollado intentando llegar a la escuela.


Arrollado mientras sostenía la mano


de su hermano pequeño.


Una mano ahora huérfana


que tampoco es nuestra


 


Los primeros días,


el altar fue creciendo.


Los objetos de colores se multiplicaron


firmes en el poste del que debió


haber sido un semáforo


para evitar la muerte.


Esa muerte que día a día


nos confronta


con la vergüenza


de sentir piedad


en lugar de ausencia.


 


El altar fue cobrando la consistencia


de un organismo vivo.


Crecía desordenado,


víctima del caos en las texturas


y las tonalidades.


 


Como todo organismo,


un día su crecimiento


se detuvo y dio paso


a la decadencia.


 


Pero nadie se atreve a quitar


el altar del niño muerto.


Por piedad,


por superstición o, quizás,


por desidia.


 


Con el paso de los días,


nuestro duelo ajeno


se disuelve.


El dolor permanece en ellos,


los huérfanos, los que recordarán


a su niño ausente,


mientras nosotros, los ajenos,


los indiferentes,


olvidaremos poco a poco


las texturas del altar,


su rabiosa e inexplicable permanencia.

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Doble



como si ya estuviera entregada al sentimiento

y el origen se había convertido en un sistema difuso de reapropiaciones

no queda nada 

sólo las imágenes vacías de un pasado

que de ser tan mio se ha vuelto de otro

Extraño el origen y extraño mis propios movimientos

los nombres llamados

en la última habitación del desencanto

la figura del deseo se volvió extraña

Desconozco la dirección por la que vaga la memoria.

el recuerdo también se volvió extraño

cansado de mantener viva la ultima promesa

No tuve tiempo de ser fiel al recuerdo

porque todo se habia apoderado de los fantasmas

los dobles

los movimientos que fueron míos y de este cuerpo

pero nunca serán mías ni de este cuerpo

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El primer miedo





Tengo cuatro años y el fin del mundo 
está cerca siempre
ha estado dentro
de la casa
pero sólo ahora
empiezo a reconocerlo:
en los muebles viejos
en las revistas con palabras
Blancas y Rojas
que brillan y son el único
destello de lo real
que ha dejado
de pertenecernos.

(cuatro fantasmas
rotos del presente)

Somos cuatro
seres de ojos
inútiles
desafiando los límites
del cariño con tacto
metálico
anulamos las correspondencias.

Me tumbo sobre la silla y dejo
que cuelgue
la cabeza:
mi cabello se derrumba
como una lluvia de insectos.

Se filtran los pasos y el silencio
pero en medio de la rutina
irrumpe el terror,
esa forma que siempre se despierta
en mi cabeza.

La casa está vacía
como si los habitantes
fueran sólo matices de la luz artificial
que he confundido
con presencias.

Estoy atrapada en mi equilibrio
y el mundo se rompe en silencio
y el miedo es algo parecido
a mis ojos de niña muerta
contemplando la palabra
quieta.

Alguien dice: parece que hay un movimiento
y yo pienso en gente corriendo,
pienso en los muebles rompiéndose,
en la Noche eterna de las apariciones,
en nunca más saber cómo permanecer quieta.

En escenas como ésta he perdido
la palabra
hogar
(silla
lámpara
luz artificial
luz que inunda mis arrebatos
desbordes de lo cotidiano).

Y la lluvia negra  de insectos
se parece al fin del mundo
creciendo una y otra vez
en mi cabeza,
interminables esbozos de
la nada que acabará
por comernos.





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