El Arte del Decir (140)


Si se supiera como comenzar un poema todos los poemas tendrían una forma expresiva común. Lo mismo vale para su conclusión. Es decir que, como escritores, no sabemos como empezar y como concluir nuestro trabajo. Eso sucede, pero tiene algo no de magia (término demasiado pomposo para mi gusto) sino de contingencia. A veces, un poema comienza por un suceso de nuestra vida, algo que leímos, una idea que nos conmovió, una dificultad de vivir que se tolera mejor cuando está escrita. Este caracter de no necesario de los poemas es lo que los dota de mayor frescura y potencia. Cuando un escritor se cree demasiado importante, que su voz es ineludible (pienso en poetas latinoamericanos y argentinos, a los que no mencionaré) me parece que se equivoca. Nuestros poemas no tienen ninguna razón para existir antes de estar escritos, pero cuando se concluyen y se publican y son buenos, parece que siempre estuvieron allí y eso tiene que ser una alegría.

Nuno Manuel Gonçalves Júdice Glória (1949) es un ensayista, poeta, novelista y profesor universitario portugués. Es un hombre ligado a la vida universitaria ya que fue Licenciado en Filología por la Universidad de Lisboa, donde también ejerció como profesor asociado.y se doctoró en con  una tesis sobre literatura medieval.  Sus poemas son narrativos y precisos, sin eludir una forma particular de humor, pero también con una fuerte impronta social como se revela en su Poetica, primero de los poemas publicados en esta sección.

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POÉTICA

 


Quiero que mi poema hable de barcos y de azul, hable


del mar y del cuerpo que lo busca, hable de pájaros y


del cielo en que habitan. Quiero un poema puro, limpio


de la basura de las cosas banales, de las contaminaciones de quien


sólo mira por tierra; un poema donde lo sublime nos toque,


y lo poético sea la palabra llena. Es esto poema


que escribo en la página blanca como la pared que


acabó de ser encalada, con sus imperfecciones


apagadas por la luz del día, y un reflejo del sol


a gritar por la vida. Y quiero que este poema descienda


a las cavas donde la miseria se acumula, a los bancos donde


duermen los que no tienen ni techo ni esperanza,


a las mesas sucias con los restos del alba, a los


rincones donde la mujer de la noche espera al último


cliente, a la desesperación de los que no saben por dónde


huir cuando la muerte golpea a la puerta. Y canto


la belleza que sobrevive a las frases comúnes, a las


palabras ensuciadas por lo cotidiano de los mediocres,


a los versos descoloridos de quien nunca escuchó


el grito del ángel. Y digo esto para que quede, en el


poema, como la piedra tallada por un fuego divino.

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OFELIA Y LAS NINFAS

 


En la ribera del río las arenas oscurecen, pidiendo


el barro del otoño; y detrás de las ramas, las


ninfas duermen, ebrias de sueño. No quieren


ser despertadas; desnudas, se apoyan las unas


a las otras, como si durmiendo perdieran


el deseo que las hace relinchar, como potras,


hundiendo los pies en los ojos que las descubren.


 


Pero el río no corre; y en el agua firme, una


transparencia de frío deja ver el cuerpo de


náyade de una inquieta Ofelia. En su rostro


donde la vida se muere, sólo los labios son bermejo


sangre, y todavía las empujo por tierra, con redes


de pescador, para tenderlas sobre las piedras


que rasgan su piel, en un último estertor.


 


El sol despierta a las ninfas; y todas acuden


alrededor de la fallecida, gritándole que se levante;


en sus ojos amoratados, en cambio, sólo se cierra


una puerta. ¿Quién se quedó detrás de ella?,


pregunta sin respuesta. Pero vuelvo


a casa, abro la ventana; y es Ofelia que me


acoge, despierta, renacida y pura camelia.

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LISTA

 


Me paro en la calle para ver la vitrina del almacén


como si analizara a un poema. Chorizos y salchichas


se extienden como versos, costales de bacalao


arreglados como estrofas, botellas de aceite


que dan sabor a la sequedad de las rimas, el pan


que aún guarda la levadura de un ritmo


que se masca en boca – todo


está en su lugar, como si el tendero


supiera que existe una poética


propia para regular las compras. Luego,


entro en la tienda; y cuando me preguntan


lo que quiero se me queda la duda: ¿granadas


o el verso blanco de un paquete


de harina? ¿Un trozo de queso, o


la metáfora envuelta para un consumo


rápido? ¿Castañas al quilo, como si fueran


sílabas, que asar en el horno de la frase? Y acabo


saliendo sin tomar nada, pero con


un poema en la bolsa de las compras.


(Traducciónes: Chiara De Luca)





 

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