El Arte del Decir (136)


Las palabras se acumulan, se entorpecen unas a otras, se extienden en su multitud, se vuelven fuertes en su precisión. Muchas veces sucede lo contrario, hay una sola palabra y alrededor de ella un vacío central que esa palabra misma causa. Lo intentamos todo, la obstinación, la escritura automática, el desaliento, y aún la indiferencia frente a ese término que ronda y ronda nuestra subjetividad sin darnos tiempo a descansar de su acoso. En ambos casos, la profusión de los vocablos o su soledad sintomática pero creadora, las palabras convocan a la composición de un poema. Uno que diga por qué esa cantidad de términos puede decir algo o en el otro caso, como surge un escrito de un punto central que engendra sus caminos y sus vericuetos. Escribir, es sin duda, apasionante y nunca me ha resultado trágico, aun cuando pueda uno escribir poemas estremecedores. Escribir es infinito mientras dure la vida, se insiste en componer un poema que acabe con todos los poemas, cosa que - por fortuna - es imposible. La lengua seguirá, aún cuando nosotros desaparezcamos. Marcarla con un rasgo singular es nuestro anhelo, lo que no siempre se logra, pero vale la pena intentarlo.

Krisztina Tóth (1967) nació en Budapest, su madre era orfebre y su abuelo artista gráfico. Recibió numerosos premios por su escritura. En 2008, su poema Todos los países del mundo fue galardonado con el Premio Salvatore Quasimodo. En 2009 obtuvo otro de sus premios estatales, el Magyar Köztársaság Babérkoszorúja díj (premio Corona de Laurel de la República de Hungría) por su labor como poeta, escritora y traductora. Su escritura es precisa y conmovedora, destinada muchas veces a comentar los problemas del amor y su capacidad desgarradora.

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El sueño de la amante



 


Me presenté para ser guardiana de su palacio,


su familia era bella como él: sus hijos rubios, esbeltos.



La casa estaba en la colina, al final de una calle umbrosa.


Me hicieron señas desde la verja, me esperaban.


 


Su perro había sido mi perro. Llevé un dibujo


para que vieran cómo era antes.


Nos amábamos. Hicimos planes para vivir allí


todos juntos, en paz color té.


 


Su mujer era ciega, fregaba la escalera blanca,


la señaló con el dedo y dijo: «Mi esposa».


Al inclinarse sobre ella vi su espalda llena de ternura


y esperé a que me acompañara al ático.


 


Vivía con ellos, me ocupaba de acomodar


los quitasoles del jardín y cuidar de los niños


mientras lo amaba noche y día con ahínco


subiendo y bajando las anchas escaleras blancas.


 


Un día empezó a llover y tuve que llevar


los juguetes y las almohadas del jardín a la terraza.


Y como asomándome a un libro eterno y vacío


me di cuenta de la inutilidad de mis actos.


 


Entonces les corté la cabeza, las metí en frascos limpios


con cuidado, con la cara de frente,


y los coloqué al borde de los peldaños de mármol,


de manera que no se derramara la sangre.


 


Creo que lloraba, aunque sabía que no estaba loca,


que fue su mirada la que lo cambió todo,


y me dolió no poder ver más su frente solemne,


con lentejuelas de sudor y glorificada por la procreación.

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Nochevieja


 


Otro año que me he quitado de encima,


está a punto de irse con su disfraz de nieve.


Sé que estás, aunque no aquí, no conmigo,


y aún así, todo está bien: luego existes.


 


En la frontera de parajes imaginados


y manoseables hay otra noche


y al mirarte en mis pensamientos


sólo veía personas extrañas.


 


Aunque, si vaciara mi bolso,


sólo aparecerían cosas extrañas.


Pañuelos, llaves, un carné mojado,


¿me reconocerías en ellas?


 


¿Podrías decir sin más si es mío


sólo con ver un zapato? ¿O reconocerme


—yo podría— ante un abrigo colgado,


incluso antes, antes de que entrara?


 


Contemplo la habitación como en un espejo:


tan espaciosa y familiar en su extrañeza,


mi otra existencia inexistente, debería


pasar esta noche durmiendo,


 


debería dormir durante años pesados.


Sumérgete, sumérgete, no vengas a mi mente:


si me preguntan cómo me llamo,


no quiero pensar en tu nombre.


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El sueño del Minotauro




 

Me resultas familiar como al guante retirado el gesto.

Los dedos rígidos, aunque vacíos sobre la mesa.

Tamborileas en mí como la conciencia vigilante en un cuerpo hueco.

No, de ninguna manera, o de repente, sí y mucho.

 

Me resultas familiar, sí, como a la polilla el miedo a los focos.

Como el susurro de las hojas a la acacia amputada en la acera vacía.

Túnel concéntrico, hogar sin ojos ni boca.

¿Por dónde empezar? ¿Podrás continuar desde ahí?

 

Érase una vez la tierra de nadie de la infancia.

La noche sin caminos entre los matorrales del jardín lleno de gritos.

Luego, el sueño también, tierra de nadie silenciosa, de nieve granizada.

La estación helada, deshelada, caediza y compuesta, de inviernos eternos.

 

Escúchame. Lo que te voy a contar también está en ti desde siempre.

Es largo e intransitable porque así lo inventaron.

No me interrumpas, como la mano flotante en el guante retirado.

Será sinuoso y oscuro como el sueño del Minotauro.




(traducciones de Enrique Alda e Yvonne Mester)





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