El Arte del Decir (134)
Dicen que la poesía griega en su origen se escribía para ser cantada y que de ese canto surgía una función de cohesión social, expresando de este modo un punto de vista individual (poesía monódica) o una cierta épica que interesaba a un pueblo entero (lirica coral). La epica y la lirica fueron así los géneros poeticos que edificaron a lo largo del tiempo. Lo cierto es que esa función "original" de la literatura aunque no sea cierta, aunque sea solamente una proyección de nuestro anhelos presentes en una época donde lo colectivo parece haberse esfumado de muchos ámbitos, no deja de ser interesante y es por la función de la lengua que un poeta transita, padece, es exaltado o deprimido pero que jamás utiliza (ya que la lengua no es función de un individuo sino una estructura relativamente autónoma) donde el poeta es en cierta manera una creación que puede expresar a un pueblo y un corazón que también tiene sus pasiones singulares. Es en este entrecruzamiento sorprendente de la muchedumbre y de lo individual en donde es posible leer tantos poemas y hacerles decir un sentido nuevo. De alguna manera el escritor, con su talento que puede ser enorme o pequeño, sabe utilizar la sabiduría implicita en su lengua y, a la vez, algo de su falta en ser (y perdonenme esta oración demasiado técnica) se acumula paradojalmente en ella.
Werner Aspenstrom (1918-1997) nació en Torrbo, un pueblo de la regíon de Dalecarlia en Suecia. Estudio en la universidad de Estocolmo donde obtuvo en 1945 un título de Filosofía y Letras y Teología Comparada. Contra su voluntad, fue elegido miembro de la Academia Sueca en 1981 de la que se apartó discretamente por su posición vacilante contra la condena por Irán de Salman Rushdie. Ha escrito numerosos libros de poesía, ademas de cuentos, ensayos y obras de teatro. Su lirica ha sido descripta como imbuída de filosofia zen, que en su aparente sencillez, usa de palabras comunes para convertirlas en vehículos poéticos. También posee una acentuada ironía como se observa, sobre todo, en el primero de los poemas que aquí publicamos.
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Sueño
Si uno no sueña se vuelve loco.
Pero en mitad del sueño lo despierta la razón,
que encarga un tradicional desayuno inglés.
Uno tiene que seguir medio loco un día más.
(traduccion de Francisco J. Uriz)
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La luna
Algunos dicen que la luna es un joven pescador
que arrastra sus redes de arenques sobre el agua.
Otros dicen que es la viuda de un viejo pescador
que con agujas rutilantes teje el chal de la soledad.
No sé. Estoy asombrado por tanta inmovilidad.
Me asombra que la noche se haya detenido.
(Traducción de Homero Aridjis y Pierre Zekeli)
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El pintor Rousseau parte de la vida
El león, la pantera, y los corderos que pacen apaciblemente,
los monos, las serpientes y los vistosos pájaros selváticos,
la última noche montábamos guardia junto a su ataúd,
nosotros, sus hijos en duelo.
Allí también estaban los gitanos,
Yadwigha, el flautista y la joven pareja
de vuelta de carnavales precisamente.
La noche, despacio, caminaba.
La amarilla luna estaba como nosotros, de guardia,
los árboles enhiestos de la ribera
y las mil verdes hojas.
Poco después de las siete de la mañana,
descendía chapoteando el barco de ruedas por el río.
Lo llevamos a bordo. El capitán
dio la señal de partida.
Tú, Dios de la duda y de las catástrofes,
no perturbes los pensamientos del pintor Rousseau,
déjalo creer que todo permanece inalterable
y que las flautas aún doman a las bestias salvajes.
(sin indicación de traductor)
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El amor y la muerte
Sucede. El bosque lo deja suceder.
Las hojas amarillean y se descomponen.
Es así. Se arremolinan.
Nos arremolinamos. Es así.
No lo puedo cambiar.
En el salto de la cabra desde el canto
al abismo – el último,
desequilibrado, ¿quién interviene?
Nunca escuché al bosque requerir de vuelta
sus hojas amarillas. Se van y ya está.
Es así.
¿Me pide alguien que te dé: besos,
una nueva capa de invierno, sinceridad?
Se pide sinceridad.
Eso que susurra en tu despreocupada oreja
no es Dios
sino tu viejo oso de peluche,
la memoria de la abuela y la eternidad
bajo el zumbido ululante del tilo.
Lo que te persigue día y noche
no son los demonios
sino la más común de las muertes: la mía.
Sobre nosotros no escribirá Euripides
una triste puesta en escena.
Imperfecto fue nuestro amor
pero girando todavía
nos agarraremos el uno al otro.
Las hojas caen al suelo.
Lo que para algunos es un hermoso camino
para otros es un coágulo de sangre.
Sobre la manta roja pone el venado su casco
y la liebre su pata.
Juntos amamos el árbol,
pero el árbol nos deja vivir,
nos deja también morir. Es así.
No puedo cambiarlo.
Es así.
(Traducción de Aleisa Ribalta Guzmán)

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