El Arte del Decir (131)
Cuando un verso se vuelve inolvidable, cuando todavía recordamos aquel poema leído hace muchisimos años, entonces uno advierte que las palabras, lo simbólico, tiene, en medio de sus innúmeros defectos, alguna virtud. En la soledad de la noche, en la algarabía de las mañanas, en ajetreado discurrir de las tardes, ese verso puede acompañarnos casi sin hacerse notar y, sin embargo, con una presencia discreta, solidaria, incisiva. Es verdad que todos los textos tienen esa virtud pero la poesía, antiguamente amparada en las rimas o las métricas para lograrlo, posee además concisión. Son palabras que como aves sigilosas se posan sobre nuestras cabezas para otorgarnos, por un instante, la ráfaga de alegría, una tristeza calculada o el valor que necesitamos frente a ciertas situaciones. Ahi advertimos que no era el poeta el valiente o el alegre, sino simplemente su transmisor. Tampoco nosotros alardeamos de esas notas que un verso puede concedernos transitoriamente. Es la lengua, la que muchas veces nos destruye, la que puede también vivificarnos en momentos privilegiados.
Phillip Larkin (1922-1985) fue un poeta, bibliotecario, novelista y critico de jazz británico. Reaccionó en su poesía contra la excesiva retórica de sus predecesores componiendo poemas de una aparente sencillez. Publicó en vida cinco libros de poesía y tres novelas. Su voz es aguda, muchas veces irritante, por el sarcasmo conque están construidos muchos versos. Pero en el final de sus poemas late, casi siempre, una nota de compasión y de solidaridad como se observa en el segundo de los escritos que publicamos
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Dinero
Cada tres meses, me parece, el dinero me reprocha:
“¿Por qué me dejas aquí inútilmente?
Yo soy todos los bienes y el sexo que nunca has tenido.
Aún podrías conseguirlos escribiendo algunos cheques”.
Entonces miro a otros, lo que hacen con el suyo:
Ellos de seguro no lo guardan en la buhardilla.
Al día de hoy ya tendrán una segunda casa y carro y esposa:
Obviamente el dinero tiene algo que ver con la vida.
De hecho, si me preguntan, tiene mucho que ver:
No puedes aplazar ser joven hasta el día de tu jubilación.
Y comoquiera que te abstengas del sexo, el dinero que ahorres
A la larga no te comprará más que una afeitada.
Escucho cantar al dinero. Es como mirar
Desde unas grandes puertaventanas hacia una ciudad de provincia,
Los tugurios, el canal, las recargadas y enloquecidas iglesias
A la hora del crepúsculo. Es intensamente triste.
( traduccion de Salvador Alvarez Becerra)
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La podadora
La podadora se atascó dos veces; al agacharme a ver,
Hallé un puerco espín atorado entre sus filos,
Muerto. Se había escondido entre el pasto crecido.
Yo ya lo conocía, hasta le había dado de comer,
Y ahora, acababa de destrozar sin remedio la sencillez
Toda de su mundo. El entierro no sirvió de nada:
A la mañana siguiente, yo me levanté y él no.
El día después de una muerte, la nueva ausencia
Es siempre igual; debemos tener mucho cuidado
Unos con otros, debemos demostrar nuestra bondad
Mientras aún tengamos tiempo para hacerlo.
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Las bodas de mayo
Aquel Pentecostés, se me hizo tarde para irme:
No fue sino hasta la una y veinte de aquel soleado sábado
Que mi tren vacío en tres cuartas partes salió,
Todas las ventanas cerradas, todos los asientos calientes,
Toda sensación de llegar tarde, ausente.
Corrimos tras las casas, cruzamos una calle
De enceguecedores ventanales, olimos el muelle;
Desde ahí comenzó a rebosar el aliento del río,
Donde confluyen el cielo y Lincolnshire y el agua.
Toda la tarde, a través del calor que dormía
Kilómetros tierra adentro,
Seguimos por la curva lenta, intermitente, rumbo al sur.
Atrás iban quedando enormes granjas, ganado de sombra corta,
Y canales en que flotaban desperdicios industriales;
Un invernadero cintilaba a su manera; las cercas se hundían
Y se alzaban: y de vez en cuando un olor a pastizal
Desplazaba el tufo de forros de asiento abotonados
Hasta el siguiente pueblo, nuevo e indescrito,
Penetrado por campos enteros de coches desmantelados.
Al principio, ni noté el ruido
Que hacían las bodas de mayo
En cada estación en que parábamos: el sol destruye
El interés de lo que ocurre en la sombra,
Y siguiendo los frescos y largos andenes, porras, griterío
Que confundí con empleados que jugaban con las bolsas
del correo,
Y yo seguí leyendo. Pero una vez que arrancamos,
Las tuvimos enfrente: muy sonrientes, pomadosas,
Muchachas vestidas de parodia de la moda, tacón alto y velo,
Todas pasaban indecisas, viéndonos partir.
Como desde el final de un acontecimiento
Diciéndole adiós
A lo que lo sobrevivía. Impresionado, me recliné
Hacia afuera más rápido la siguiente vez, con más
curiosidad,
Y lo vi todo de nuevo en términos distintos:
Los padres con fajas anchas bajo sus sacos
Y las frentes perladas; las madres, gordas y escandalosas,
Un tío gritando obscenidades; y luego el permanente,
Los guantes de nylon y la bisutería,
Los tonos verde limón, malva y ocre oliva
Que irrealmente hacían sobresalir a esas muchachas
de todas las demás.
Sí, desde los cafés
Y los salones de banquetes con sus adicionales
Anexos para coches, los días de bodas de mayo
Llegaban a su fin. A todo lo largo de la orilla
Parejas frescas trepaban a bordo: los demás, alrededor,
Se lanzaban los últimos confetis y consejos,
Y, conforme avanzábamos, cada rostro parecía definir
Justo lo que veía partir: los niños fruncían el ceño
Ante la aburrición: los padres no habían logrado
Un éxito tal y tan totalmente farsante;
Las mujeres compartían
El secreto como en un funeral feliz,
Mientras las chicas, aferrándose a sus bolsas de mano,
No quitaban la vista de las heridas religiosas.
Libres al fin, y cargados con la suma de todo
lo que ellos habían visto,
Nos apresuramos rumbo a Londres, soltando bocanadas
de vapor.
Ahora los campos eran terrenos para construcción, los
álamos
Proyectaban largas sombras sobre los caminos principales
Y durante unos cincuenta minutos, diríase
Lo suficiente para acomodar los sombreros y
decir Casi me muero,
Una docena de matrimonios se echó a andar.
Miraban el paisaje, sentados uno junto al otro,
—Pasó un cinema “Odeón”, una torre refrescante,
Alguien que corría rumbo al boliche— y nadie
Pensaba en aquellos a quienes jamás volvería a ver
O en cómo sus vidas atraparían este momento.
Pensé en Londres esparcido bajo el sol
Con sus códigos postales como pacas de trigo:
Ése era nuestro destino. Y conforme nos apresurábamos
Cruzando grandes nudos de riel.
Pasando frente a pullmans detenidos, muros negros
enmohecidos
Se acercaban, y casi había terminado esta frágil
Coincidencia de viaje; y su significado se erguía
Listo para que lo soltaran con toda la fuerza
Que el cambio es capaz de dar. Bajamos la velocidad de
nuevo,
Y conforme los apretados frenos agarraban, se iba
hinchando
Una suerte de caída, un rocío de flechas
Fuera del alcance de la vista.
Que en alguna parte se haría lluvia.
(Traducciones de Pura López Colomé)

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