El Arte del Decir (122)


¿Que es lo que determina el efecto avasallador, invasivo, perturbante de ciertos poemas? No son las palabras elegidas para componerlo puesto que algunos de ellos estan hechos con las palabras mas simples de la lengua del poeta, tampoco la importancia de sus temas y mucho menos su orientación ideológica. Si hubiera que ensayar una respuesta, que como todas las respuestas concedo que será provisoria, incompleta, incluso fallida ante la proxima que dará algún crítico que sabe de teorías literarias seguramente más que yo, diría que es una combinación formal del tiempo del poema así como del espacio que recorre en la hoja al ser escrito. Según esta ultima idea, algunos poetas ensayaron dibujar espacios menos convencionales, así como otros comprimieron o expandieron los tiempos de duración de un poema (me refiero al tiempo que tarda en ser  recitado con una cadencia normal) para experimentar con lo que digo. Pero mas allá de los resultados es esa mezcla de cada palabra o frase con una duración supuesta así como con un lugar en la página previamente en blanco lo que produce, creo, ese efecto de penetracion del poema en la subjetividad de quien lo lee o lo escucha. Y esto, es, verdaderamente, un talento que no puede enseñarse salvo mostrando los ejemplos más destacados de esta combinación, o sea, los que llamamos grandes maestros de la poesía.

Rosario Castellanos (1925-1974) nació en ciudad de México, y falleció en Tel Aviv, Israel, donde era embajadora por un lamentable accidente. Sus libros de poemas como Trayectoria del Polvo (1948) y Lívida Luz (1964) resultan esenciales y revelan preocupaciones sobre la condición femenina y el amor no correspondido. Incluso sus ensayos fueron reunidos en 1974 bajo el título Mujer que sabe Latín, aludiendo al título inspirado en el refrán sexista: "mujer que sabe latín, ni encuentra marido ni tiene buen fin", lo que indica su posición frente a la violencia masculina sobre las mujeres. Escribió también novelas y libros de cuentos. 




Desamor



Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.

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Agonía fuera del muro



Miro las herramientas,
El mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
Sudan, paren, cohabitan.

El cuerpo de los hombres prensado por los días,
Su noche de ronquido y de zarpazo
Y las encrucijadas en que se reconocen.

Hay ceguera y el hambre los alumbra
Y la necesidad, más dura que metales.

Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
Que todavía la especie no produce?)
Los hombres roban, mienten,
Como animal de presa olfatean, devoran
Y disputan a otro la carroña.

Y cuando bailan, cuando se deslizan
O cuando burlan una ley o cuando
Se envilecen, sonríen,
Entornan levemente los párpados, contemplan
El vacío que se abre en sus entrañas
Y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
Soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
Gente a quien compartir es imposible.

No te acerques a mi, hombre que haces el mundo,
Déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
De algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender.

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Nostalgia



Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
—sal, espuma y estruendo—,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.





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