El Arte del Decir (117)


¿Que impulsa a alguien a escribir? Si lo hace desde su temprana juventud, seguramente un deseo de fama y más secretamente un deseo de ser amado y amar que atraviesa la existencia desde muy temprano y que nos hace hacer sublimes tonterias y pedestres exaltaciones, a ambos sexos. Pero a poco, se comprende que hay algo en el escribir a lo cual es dificil renunciar y que es muy poco localizable, pero se sabe que se lo tiene. Un desasosiego, un estallido de alegría, una tristeza de la cual se ignora la causa, un convicción que es tanto mas segura, cuanto menos explicada. Lo cierto es que se prosigue sin saber muy bien hacia dónde, pero escribir se hace mas constante, mas seguro, menos veleidoso y circunstancial. Aun cuando no escribamos durante un período largo de nuestras vidas eso está ahí y puja por emerger. Es algo que nos da una identidad mas allá de nuestros nombres, una localización de otro tipo que la geográfica y un asomarnos a nuestra historia de manera muy singular. A diferencia de otros recorridos parecidos todo termina en la busqueda engañosa de una belleza, la de la lengua, esa belleza que es segura y a la vez, vacilante, que solo dura un poema, el presente y enseguida se extingue para que la persigamos por medio del próximo y así sucesivamente.

TAKUBOKU ISHIKAWA (1886-1912)  fue un poeta japonés cuya vida transcurrió en medio de una extrema pobreza. Su padre era sacerdote en un templo Zen en Iwate, al norte del Japón. Escribió predominantemente tankas, con una interpretación moderna de los mismos. En ellos resplandece una luminosa melancolía enlazada con una dicha misteriosa que brilla en sus escritos pequeñísimos. El asteroide Takuboku fué nombrado en su honor.




TANKAS



En una isla del Mar del Este
sobre la arena blanca de la playa
cansado de tanto llorar
me entretengo con un cangrejo.

*

Por tu mejilla resbalaba una lágrima.
Sin secarla, me mostrabas un puñado de arena.
¡Imposible olvidarla!

*

Esta duna
que la tormenta de una noche
construyó;
¿tumba de quién será?

*

Echado de bruces en la arena
hoy revivo aquel dolor
del primer amor.

*

¡Ay el silencio de muerte
de la arena
que se cuela entre mis dedos!

*

Por juego, cargué a mi madre en la espalda
sin poder contener el llanto
ni avanzar más de tres pasos
¡pesaba tan poco!

*

La arena se encoge al chupar mis lágrimas;
¡qué cosa tan pesada una lágrima!
Cien veces escribo en la arena la letra dai*
y regreso a casa dejando
la idea de suicidarme.

*

Lágrimas, lágrimas

¡Extraño!
Lavan mi corazón
y siento ganas de bromear


* Dai: significa "grande" en japonés.








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