El Arte del Decir (116)
Dicen los que saben que la metáfora es la causa principal del cambio semántico. Así, las palabras que imaginamos como originales, han ido mutando de sentido por obra de esta figura retórica. Estudiada por Aristóteles de manera sistemática, en sus tratados de Poética y de Retórica, la metáfora atraviesa la historia de la poesía con un zumbido constante y prodigioso. Hacer, por medio de las palabras, que una cosa sea otra, que varias se combinen en un solo monstruo verbal, que la realidad palidezca y se vuelva cambiante ante el poder de esta figura, es un poder terrible y a la vez majestuoso. Jakobson la considera uno de los mecanismos fundamentales de la lengua y Lacan la elevó a una categoría sintomática. Una cosa por otra, una sustitución fundamental, una operación de trueque que hace brillar nuevas significaciones y que a la vez, cuando se ancla en un cuerpo constituye una ocasión de belleza o un sufrimiento incomprendido, esa es la metáfora, figura retórica definida como un traslado de significado entre una palabra y otra, pero más precisamente como una función cuasi arbitraria de sustitución que nos permite seguir hablando y nos extravía en los recovecos de una lengua.
Andrés Ehin (1940-2011) fue un importante poeta estonio. Nació en la ciudad de Tallinn, y toda su obra se despliega en juegos surrealistas con la lengua, aparentemente sin sentido, pero dotados de un poder cómico y en ocasiones desgarrador. También se interesó por otras lenguas y culturas y destacó como traductor al estonio, en solitario o en colaboración, de literatura rusa, alemana, inglesa, estadounidense, francesa, finlandesa, china, turca, georgiana e incluso de algunos pueblos hablantes de idiomas del tronco lingüístico urálico del norte de Siberia, además de una parte de Las mil y una noches.
Infinitud
Sobre Federico García Lorca, alrededor de sus propios motivos
El olmo te entiende y te entiende un tormo.
La acedera lo sabe todo de ti.
Incluso una araña te comprende.
A ti, que nunca cerrarás los ojos.
El lodo te escucha, el sol te escucha.
Hablas con los brotes y con un tocón hablas.
Los peces se te acercan y la nieve llega
a ti, que nunca cerrarás los ojos.
Te conoce un gato y te conoce la luz.
En tus ventrículos habitan la ballena y la ardilla.
Tu pelo ansía ser la milenrama.
Las rocas te cantan como lo hacen los gallos.
A ti, que nunca cerrarás los ojos.
A ti, que nunca cerrarás los ojos.
El barco de tu voz sortea los peñascos.
Dagas de palabras aromadas van a brillar por siempre.
Envolverás el horizonte alrededor del meñique.
Y sentirás fija en la nuca tu propia mirada distante.
(Versión de Arturo Casas)
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Ser un perro-apartamento
ser un perro-apartamento con tres cuartos de ladrar
con un hocico-retrete
donde un grifo gotea frío
y el otro babea caliente
ser un perro-apartamento con pisos
que aúllen a las lámparas amarillo-luna del cielo raso en las noches
ser un perro-apartamento
que detesta el olor a gato
ser un perro-apartamento
cuyo sofá eriza el pelo
aún con la hediondez
de felinos distantes
(Versión de Rafael Patiño)
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Secuela a las cosas
En la lodosa turba un gran piano enraizó
al lado de un cenagal en una banqueta de hilandería
un joven pianista ausente asintió
el padre un contador
la madre una dentista
treinta y cinco años de edad
soltero
no miembro de partido
ha estado en el exterior
ha dado conciertos en Finlandia y en la República Popular de Mongolia
Danubio abajo hizo un crucero en barco
así que duerme allí
su smoking levemente descompuesto
él mismo goza de buena salud
aún crece allí directo a través de su cabeza
como a través de un viejo emplazamiento
un ligeramente verde joven abedul
(Versión de Rafael Patiño)

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