El Arte del Decir (114)


Los poemas comienzan con aquello que no se puede decir, desde luego. Toda poesía da vueltas en torno a un innombrable asunto que delimita con sus colores el corazón de cualquier poema. No hablo de temas politicos, sexuales, amorosos o policiales que por su carácter turbio serían problemáticos de colocar en un escrito. Hablo simplemente de lo que no se puede decir, de un límite en la lengua que sin embargo causa todo nuestro hablar, a veces excesivo, a veces estremecedoramente parco. Un poema es ese litoral que bordea un silencio constitutivo y si ese borde esta armado con cuidado, con delicadeza, con un amor por las palabras de nuestro idioma que sabe de su límite, entonces el poema es un indicación, un recuerdo, una ruta hacia un lugar al que no llegaremos jamás y que, sin embargo, es el que hace posible todo canto.


Pía Tafdrup (1952) nació en Copenhague y es una de las poetas mas significativas de Dinamarca, donde ha recibido premios como el Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 1999 y el Premio Nórdico de la Academia Sueca en el 2006. Su escritura es aparentemente simple y narrativa pero en su tejido complejo se abren inquietantes preguntas y descripciones desoladas.



RECREO MACROCOLECTIVO



En una sociedad dentro de una sociedad,

ahí vivo. Con una cinta de cuero

trenzada y sin mucha ropa.

Me despierto hacia mediodía

con los tímpanos temblando

por las notas de rock que retumban

entre las tiendas de campaña del lugar

y los pájaros del terreno

deben abandonar sus marcas.

Igual que yo en las noches estrelladas

me tambaleo, me balanceo y caigo

dormida con las oleadas

de conciertos de alta frecuencia.

Uso la ducha portátil

común. Hago la compra

en la tienda provisional. Me como

un revoltijo planificado

de verduras biodinámicas

y arroz sin procesar. De agrio

y dulce equilibrado

con amargo y salado. Paso

pocas horas sobria a pleno día

en happenings espontáneos

en la arena. O escucho

discusiones de las reuniones conjuntas.

Sobre anarquía. Sobre utopía. La vida

fuera de las leyes existentes

se muestra caracterizada por otras

leyes. Me tumbo en la hierba y río

hacia el sol después de la borrachera. Una

risa infinita. O participo

descalza en una fiesta. Con costo,

priva y caricias colocadas. Las ideas

se propagan. Con desenfreno.

Un espíritu pionero ha levantado

un tiovivo con coloridas

cabañas y tiendas. Hecho

sitio para las hogueras. Construido

las calles de pueblo. Montado

los tenderetes cojos

de las calles del Colocón y de Nepal

junto con un cobertizo para astromasajes

no muy lejos de la calle del Solano.

Una carrera de conejos y niños

educados gnósticamente entre

las tiendas. Por perros, cabras,

personas pintadas. Con

y sin pantalones. En un continuo

y mutante alucine común.

Soplo a soplo me levanto

a mi propio ritmo tranquilo.

Las vibraciones se expanden. Solo

la pura fantasía puede transmitir

fuerza dinámica desde la fricción

del mar de vuelta a la luna.

Me levanto mareada del campamento

de Thy. Donde nada se detiene

cuando ha terminado. De vuelta

para el último año de colegio.

Equipada con necesarios

conocimientos de primera mano de

un recreo macrocolectivo

en un planeta extraño.

Donde apenas pude vivir

más de una semana de mi vida.

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CUENTOS DE INVIERNO



En el tren se me acerca un hombre

y me pregunta

por el libro que leo,

Cuentos de invierno, de Karen Blixen.

Soy vista

por una mirada luminosa,

no busco escondite en el paisaje

que pasa ante el cristal del vagón,

porque esta mirada no

va a caminar a otros lugares.

El libro está entre él y yo,

no se puede usar como escudo

porque de repente

nos está uniendo.

Mejor pedida de mano no la he conocido,

deja su impronta en el alma.

Es él, el que pocos días después

bajo una corona de libros verde pálida

me besará

una noche de agosto

cuando el sol caiga en picado.

Temblamos, y todas las hojas del árbol

se ponen en movimiento.

El germen de los sueños

planea

en el viento tibio.

Es él, con quien después

me casaré,

un cuento de invierno con el sol en lo alto y un frío insondable.

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NIÑOS VIEJOS



Una cosa es ser madre de tus hijos,

y otra

ser madre de tu madre

y aun así sentir culpa

por no tener tiempo

de estar ahí cuando lo necesita,

pero se contenta

con dar buenos consejos que ella no

acepta

porque solo quiere que le den permiso

para ser ella.

Un día ser niña

y ser consolada —

el otro arreglárselas sola y ahora

preferir apoyarse en el viento

a usar bastón,

preferir ser atropellada

a hacerse con un andador,

preferir quedarse en casa

a llevar una alarma,

preferir caerse un día

por la escalera

y morir.

Preferir morir

a ser salvada

y volver a ver a su familia

y por tanto estar lista para vivir unos años más.



(Traducciones de Daniel Sancosmed)




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