El Arte del Decir (112)


La escritura de un poema constituye para un poeta una ocasión de descanso. Quiero decir, no importa lo desgarrador que sea su tema, lo sufriente de su implicación, lo terrible de su anécdota siempre que se escribe y se logra hacerlo se conquista una suerte de paradójica paz del corazón, que dura poco y que pronto es ganada por un desasosiego que nos impulsa a escribir más. Ignoro que sucede con novelistas, cuentistas y escritores de obras teatrales, pero aunque la experiencia sea análoga, creo que un poema tiene una virtud superlativa. El mismo es breve (por largo que fuera) y en su valor de intercambio semeja esas monedas de pasión y amor que intercambiamos las mujeres y los hombres cuando nuestros comercios son de otra indole que el intercambio de bienes por dinero. Escribir un poema agrega algo al mundo y aunque no sepamos que es exactamente, nos tranquiliza y alegra haberlo hecho.

Chris Abani (1966) nació en Nigeria. Es poeta, novelista, musico de jazz, profesor universitario con estudios en Nigeria, Estados Unidos y Gran Bretaña. Es hijo de madre británica y padre Ibo-Nigeriano. Comenzó a escribir muy temprano a los 16 años. Sus poemas traducen numerosas experiencias y no carecen de amor, exilio, libertad y humor, moviendose en una zona borrosa entre las descripciones y las metaforas de belleza desgarradora.




Durbán, Sudáfrica, algunas notaciones de valor





Jirafas de metal suben por el borde del acantilado

hacia el faro. A la luz de la luna,

ballenas, o sus fantasmas, ensucian la arena.

 


Hay un museo cerca del parque que da hogar al

apartheid contenido en tiesas figuras de cera.

 


 

El autobús turístico se detiene a la orilla del camino.

A la derecha, un pueblo negro; a la izquierda, uno indio.

mientras señala, dice: esta es la división racial.

 


Si uno se detiene en el bar, el menú de bebidas ofrece

Divas de Red a sólo 5 rands cada una.

 


El mar y su golpeteo me recuerdan cada noche

que aquí las mujeres son más viejas que Dios.

 


 

Esta gente carga con sus muertos,

cubren con su cal cada rostro que encuentran.

 


 

Todavía el amor reverbera como un diapasón

y el sonido que desaparece y se expande

es algo más que está creciendo.

 


Su ausencia resuena y ansío

el palpitar colorido de las mariposas.

 


 

Los mataderos ensucian el paisaje con el siniestro

aire de la muerte, letreros que proclaman: Carnicería Zumba,

como si aquí fuera donde la sed

de sangre de Zumba los hubiera derrotado.

 


El aire acondicionado en mi cuarto canturrea

una elegía a un mar que está muy ocupado murmurando.

 


 

La muerte salta entre los niños de la calle

jugando bebeleche en medio del tráfico.

 


La mujer que canta en zulu, en un bar jamaiquino,

está invocando incendios, invocándolos.

No existe contradicción.

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Viuda de guerra 





El teléfono nunca suena. Aun así

lo levantas, sonríes hacia la interferencia de la línea muerta,

el aliento de esos que has amado; que hace mucho se marcharon.

 

La hoja que levantas del otoño

asciende y se hunde en la lejanía con cada tirón del viento.

Con los dedos rígidos por el tiempo, le sigues el paso.

 

Mientras miras a la distancia iluminada por

las cataratas y otros escombros que fuiste coleccionando,

no has olvidado nada de la dicha de hace años

de los camiones de helado y su canción de verano.

 

Entre el pavimento de piedra;

entre el té, la taza y el sonido de tu llanto;

entre el momento en que despertaste

y el momento en que llegó la carta,

un lamento agotado: como un viejo flagelante

sólo capaz de atormentar con una débil punzada.

 

Tomas el elevador todo el día,

Piso tras piso tras piso,

cada parada una pequeña victoria tallada

en la dura piedra de la muerte, y sonríes.

Solían escribir epopeyas sobre momentos como este.


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Sinfonía inconclusa            



La luz de esta mañana es un aria.

Me giro para seguir revolviendo el café.

Una manera de aterrizar este momento

entre el silencio y el vaivén.

Afuera un ruiseñor está esparciendo rumores

entre las flores. Incluso ahora.

Incluso después de que todas las heridas sanaron,

me rasco alrededor de una costra fantasma,

evitando lo que hay debajo.

Cuando abro la ventana,

el tomillo y el romero se desparraman hacia dentro.

Después pondré abono en el jardín de hierbas,

desmenuzaré la tierra, musitaré cantos fúnebres,

sazonaré las plantas con mordacidad. Por ahora,

me acompañan el fuego pintado de Percival

y el café. A veces.




(Traducciones de Paulina H. Marroquin)







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