El Arte del Decir (105)

                                                                                                                                                            Muchas veces los escritores noveles, desconfían de la lectura de escritores mas  avezados o con características ya consagradas, toda vez que suponen que esa lectura "contaminaría" sus talentos poéticos y promovería la imitación, mas que la creación. Mas allá de que la creación ex-nihilo sólo está reservada a la divinidad, o a poetas cuya características es la de ser decididamente geniales, la lectura de otros escritores es el camino, si se hace con decisión y constancia, para construir la voz mas propia despues de derivas que incluyen la imitación, la influencia, el motivo circunstancial y finalmente, la emancipación (no completa, claro está, pero suficiente) de los poetas que se constituyeron en nuestras influencias. Como el yo de un sujeto que está compuesto por numerosas identificaciones y que a la vez, contiene algo singular (que generalmente es ignorado), un poeta surge de las cenizas de ardientes llamaradas de "copias" que lo van constituyendo de manera original. No hay que tener miedo de que se nos pegue una voz, cuando es valiosa. Peor es que tratemos de surgir de la nada y no sepamos cuanto es propio y cuanto es de otros en nuestros escritos.

Olav H. Hauge (1908-1994) nacio en el fiordo de Ulvik, un pequeño pueblo al norte de Utne (Noruega) Se formó como horticultor y cultivador de frutas y vivio  toda su vida en Ulvik, donde trabajaba como jardinero y también cultivaba su propio huerto de manzanos. Dedicó gran parte de su tiempo a la traducción de la obra de otros grandes poetas europeos, siendo consideradas hasta hoy como las mejores traducciones de poesía de la lengua noruega. Escribe desde un tiempo que no es el urbano, con observaciones agudas sobre la vida y la naturaleza y una lengua precisa y evocadora.




Corté el manzano grande



Corté el manzano grande que tenía delante de la ventana.

Me tapaba la vista, esa era una razón, hasta en verano

estaba oscura la habitación, además

en el mercado de frutas ya

no querían sus reinetas.

Pensé en lo que hubiera dicho

mi padre, a él le gustaba

aquel manzano.

Pero lo talé.


Todo se hizo más luminoso, puedo

ver todo el fiordo

y seguir mejor lo que pasa

en todas las direcciones,

la casa está ahora

más a la vista,

se exhibe mejor.


No quiero admitirlo, pero echo en falta al manzano.

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Un poema cada día



Quiero escribir un poema cada día,
cada día.
Tiene que ser posible.
Browning pudo hacerlo mucho tiempo, a pesar de
que rimaba y
marcaba el ritmo
con sus pobladas cejas.
Así pues, un poema cada día.
Algo se te ocurrirá,
algo pasará,
algo nuevo descubrirás.
–Me levanto. Clarea.
Tengo buenas intenciones.
Y veo al pardillo elevarse del cerezo
al que ha robado unas yemas.




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T’ao Ch’ien

Si un día T’ao Ch’ien
viene a hacerme una visita,
le enseñaré mis cerezos y mis manzanos,
preferiría que viniese en primavera
cuando están en flor. Después nos sentaremos a la sombra
con un vaso de sidra, quizá le enseñe
un poema —si encuentro uno que le pueda gustar.
Los dragones que cruzan el cielo dejando tras de sí veneno y humo
se deslizaban más silenciosos en su tiempo y trinaban más pájaros.
Aquí no hay nada que él no entienda.
Tiene más ganas que nunca de retirarse
a un huerto como éste.
Pero no sé si lo hace con buena conciencia.


(Traducción de Francisco J. Uriz)




 

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