El Arte del Decir (104)
Cuando investigamos la cantidad de poetas de un país, por ejemplo, nos sorprendemos siempre de lo elevado de su número ya que no imaginamos que los pueblos canten y que lo hagan con constancia y profundidad. Las voces que se alzan en cualquier comunidad tienen - mas allá del gusto o de la técnica - una claridad sorprendente. Llamo claridad aquí, a la precisión con que las palabras se disponen una después de otra, una debajo de otra para componer un poema y sobre todo esa claridad se destaca en poner en primer plano cierto tipo de cuestiones ajenas a la vida cotidiana, pero que constituyen ejes vertebrales de una sociedad cualquiera. Basta ver que escribían los poetas en una epoca determinada pero descubir que es lo que latía de manera subterránea de esas sociedades, que temas eran prohibidos, cuales cuestiones se ponían de manifiesto y sobre todo lo que permanecía ignorado para la mayoría de los miembros de esa comunidad. Esto sucede no porque los poetas tengan algún don misterioso, sino porque trabajan con la lengua y ésta es el nudo donde se articulan lo privado y lo público de las sociedades. El sujeto poético (que no hay que confundir con el yo de un poeta) está situado en un cruce que la lengua de una comunidad sostiene, interroga y a veces, incluso, responde.
Eugenio Montejo (1938 - 2008) fue un poeta venezolano cuyo dominio de las formas lo destacó en su generación. Fué embajador en Lisboa durante varios años. Su escritura tiene una gravedad que hace entrever un tratamiento de la lengua severo, parco y exquisito. El ultimo de los poemas que publico tiene una idea de la poesía que me resulta notable y certera.
Adiós al siglo XX
a Alvaro Mutis
Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.
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Hotel antiguo
Una mujer a solas se desnuda,
pared por medio, en el hotel antiguo
de esta ciudad remota donde duermo.
Abren las sedas un rumor disperso
que se mezcla al follaje
de los helechos en el aire.
Se oyen llaves que giran en un cofre,
jadeos ahogados, prendas,
la inocencia de gestos solitarios
que beben los espejos.
A su tiempo la noche se desnuda
y las calles apiladas se doblan
en un vasto ropaje
con la fatiga de un final de fiesta.
Una mujer a solas tras los muros,
unos pasos, un oscuro deseo,
hasta mí llega de otro mundo
como alguien que he amado y que me habla
desde un ataúd lleno de piedras.
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La poesía
La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
ni siquiera palabras.
Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.

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