El Arte del Decir (96)
Una cierta escuela de escritura - el surrealismo - destaca que los poemas para serlos verdaderamente, deberían no tener un sentido inmediato, que cierta participación de la instancia inconsciente de nuestro ser tendría que intervenir para producir una belleza automática que impresione como mas genuina. Mas allá de los logros de estos arriesgados cultores del sinsentido buscado, me llama la atención el poco conocimiento del inconsciente que tienen. Porque los esfuerzos de develamiento de esa instancia se dirigen a la verdad, no a la belleza y tenemos sin duda la experiencia de cómo, a veces, los contenidos inconscientes que se expresan son decidamente desagradables y por eso, los hemos reprimido. Cierta busqueda de la belleza tiene la misma función de nuestras represiones, no permitirnos ver lo que no queremos percibir. En fin, teorías estéticas hay muchas, lo importante no son ellas, sino lo que se ha producido a partir de ellas y ahí sí la belleza del poema (aunque represente algo no bello) encanta, conmueve, estremece y en ocasiones también ciega con su esplendor.
Edith Sodegran (1892-1923) fue la poeta más original del lirismo finlandes en lengua sueca. Había nacido en San Petersburgo, y toda su vida la transcurrio aquejada por una tuberculosis que contrajo a temprana edad. Su poesía oscila entre una contemplación lirica y placida de la naturaleza a poemas de una fuerza inusitada como el que cierra esta selección, lo que muestra cómo la poesía sostuvo un cuerpo cuya endeblez se revelaba contra la potencia de la lengua.
HE VISTO UN ÁRBOL...
He visto un árbol que era más grande que todos los demás
cubierto de inaccesibles conos;
he visto una gran iglesia con las puertas abiertas,
todos los que de allí salían estaban pálidos y fuertes
y prontos a morir;
he visto a una mujer que pintada y sonriente tiraba dados sobre su felicidad
y la vi perder.
Alrededor de estas cosas se hallaba trazado un círculo infranqueable.
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A LOS CUATRO VIENTOS
Ningún pájaro viene a perderse en mi retiro oculto,
ninguna golondrina negra que traiga deseo,
ninguna blanca gaviota que anuncie tempestad...
A la sombra de los peñascos mi alma salvaje monta guardia,
pronta a huir al menor crujido, al primer paso que se acerque...
Silencioso y azuleante mi universo, mi universo afortunado...
Tengo una puerta a los cuatro vientos.
Tengo una puerta de oro al este —apta para el amor que no viene nunca,
tengo una puerta para el día y otra para la melancolía,
tengo una puerta para la muerte— siempre está abierta.
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LAS ESTRELLAS
Cuando la noche llega,
estoy en la escalera y escucho;
en el jardín las estrellas enjambran
y yo me hallo en la oscuridad.
¡Escucha, una estrella cayó resonando!
No vayas con los pies desnudos por la yerba:
mi jardín está lleno de fragmentos de estrellas.
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LA TORMENTA
Ahora la tierra vuelve a cubrirse de negro. Es la tormenta
que se levanta desde los abismos nocturnos y baila
solitaria su baile espectral sobre la tierra.
Ahora los hombres vuelven a luchar —fantasma contra fantasma.
¿Qué quieren, qué saben? Como ganado
de oscuros rincones son llevados,
de la trailla de los acontecimientos
no se desprenden:
las grandes ideas empujan su presa hacia adelante,
las ideas tienden en vano suplicantes brazos en la tormenta,
él, el que baila, sabe que él solo es dueño en la tierra.
El mundo no es dueño de sí mismo. Uno caerá como
una casa en llamas, como un árbol podrido,
otro quedará libre de manos desconocidas.
Y el sol contempla todo esto, y las estrellas brillan
en noches heladas
y el hombre se desliza solitario
por su camino
hacia la felicidad sin límites
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