El Arte del Decir (93)


"Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué" - escribió una vez Jean Cocteau, dando a entender que no comprendía la funcion ultima de la poesía, pero la consideraba altamente necesaria. Sin ir tan lejos, podemos entender que la función de la poesía tiene algo que ver con el juego infantil. Freud, afirmó en cierta ocasión que el niño al jugar no tiene en cuenta el peso de realidad de los elementos cuando juega. Así, puede alterarlos, volverlos inmortales, hacerlos luchar contra dragones y bestias que solo existen en el juego. Luego, esa capacidad imaginativa, es reemplazada en parte, por el pensamiento racional. Mas allá de los elogios un poco tontos que se puede hacer al poeta por haber conservado "esa parte de su infancia", lo que me interesa es que la poesia aparece aquí con el arte de jugar con las palabras. Ellas van y vienen, crean realidades solo existentes en el poema, exageran elementos de las mismas para hacer surgir algo más real que lo que percibimos, mienten de manera bella y aciertan también sin saberlo. La poesía parece ser una infancia de la lengua, cuando en realidad es su madurez profunda, su adultez lúdica y ambiguamente verdadera.

Irene Gruss (Buenos Aires, 1950-2018)  Escribió La luz en la ventana, El mundo incompleto y La mitad de la verdad. Fue coordinadora de talleres literarios y formaba poetas. En los años 70 fundó el grupo de poetas "Taller Mario Jorge De Lellis". En su obra se despliegan de manera secreta y misteriosa numerosos temas de la subjetividad femenina, dichos en poemas de precisa belleza y agudeza conmovedora.



El mundo incompleto

a mi hijo



El reverso del mundo plagado de
margaritas
ondulantes, iluminadas.
El mundo, tal como es,
difícilmente pueda completar
la llegada a las
ondulantes margaritas.
¿Quién necesita esas flores,
quién se queda en describirlas
tal como están, allá lejos,
quién sabe cómo son esas flores?
¿Y si no son margaritas?
¿Si no se llega,
si no se completa el mundo?


Mutatis mutandi


Por favor no sufran más
me cansa,
dejen de respirar así,
como si no hubiera aire
dejen el lodo, el impermeable,
y el vocabulario,
me cansa,
la mujer
deje de tener pérdida ese chorro sufriente,
los padres dejen el oficio de morir,
el daiquiri o el arpón
en el anca, y aquel perfume matinal,
la Malasia,
y el Cristo
solo como un perro,
y al amor como
un fuego fatuo,
y a la muerte,
déjenla en paz,
me cansa,
(¿algo ha muerto en mí?:
tanto mejor).
Así que,
valerosos,
amantes,
antiguos,
huérfanos maternales que acurrucaron
al mundo
después
de la guerra,
dejen el rictus,
oigan
y despídanse, por una vez,
sin grandeza.


Quien me quita lo bailado

Pido peras al olmo. Las saboreo:
son deliciosas.
He pedido gato por liebre;
me lo han dado.
Me han contado historias
libidinosas a medianoche;
gozaba, con cada palabra,
con cada gesto.
He amado la noche cuando amanecía,
amé la muerte, y soñé con la realidad.



La ficción


Creo en lo que dicen las palabras,
no en lo que son.
Por eso
me miento a mí misma.










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