El Arte del Decir (90)
El uso retórico del lenguaje, es decir su utilización más allá de la aparente función de comunicacion de hechos que creemos que nuestros idiomas poseen, supone el uso de derivas, desviaciones, desplazamientos que trastocan el sentido y poseen la capacidad de hacer surgir otros menos evidentes o, al menos, indicarlos, alterando muchas veces la claridad informativa pero haciendo de un poema una experiencia un poco más profunda de un lenguaje. No debemos desdeñar las figuras establecidas por una larga tradición de escritura y de reflexión sobre una lengua. Algunas, aparentemente, ya muertas, resucitan si sabemos conferirles una acción mas dinamica y directa en la produccion del poema. Luego están las figuras que creamos al armar un escrito poetico, por imprecisas o latentes que fueren. La figura retórica mas simpática y engañosa es la de la claridad meridiana que muchos poemas parecen tener: ella es totalmente falsa ya que la lengua siempre desplaza y condensa y nunca dice de manera directa, porque esa es su función primordial y decisiva. Las lenguas no comunican sino dicen, primordialmente.
Louise Gluck (1943) nacida en Nueva York, es ganadora del Premio Nobel de Literatura en el 2020. Su poesía transita una senda de aparente claridad y de proposiciones casi prosaicas que sin embargo encubren una potente capacidad metonímica donde siempre nos preguntamos al leer un escrito suyo que hay al lado de esas luminosas palabras. Gluck vive en Cambridge, Massachusetts y es profesora de ingles en la Universidad de Yale.
Un mito sobre la inocencia
Un verano sale al campo, como de costumbre,
se para un momento en el estanque donde suele
mirarse para ver si detecta algún cambio.
Ve a la misma persona, la túnica horrible
de su condición de hija aún sobre sus hombros.
En el agua el sol parece estar al lado.
Ella piensa: Otra vez mi tío que me espía.
Todo en la naturaleza es, de algún modo, su pariente.
Piensa: Nunca estoy sola
y hace del pensamiento una plegaria.
La muerte viene así, como respuesta a una plegaria.
Nadie puede ya entender lo hermoso que él era.
Perséfone sí lo recuerda, y que él la abrazaba allí,
delante de su tío.
Recuerda el reflejo del sol en sus brazos desnudos.
Eso es lo último que recuerda claramente.
Después el dios oscuro se la llevó.
Recuerda también, de un modo menos claro,
la terrible intuición de que ya jamás podría
vivir sin él.
Amante de las flores
En nuestra familia, todos aman las flores.
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba
con placas de granito en el centro:
las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras
llena de mugre algunas veces…
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.
Pero en mi hermana, la cosa es distinta:
una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre
a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de
ladrillo.
Cada primavera, espera las flores.
Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende
que es mi madre quien paga; después de todo,
es su jardín y cada flor
es para mi padre. Ambas ven
la casa como su auténtica tumba.
No todo prospera en Long Island.
El verano es, a veces, muy caluroso,
y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,
eran tan frágiles…
Mañana lluviosa
No amas el mundo.
Si amaras el mundo habría
imágenes en tus poemas.
John ama el mundo. Tiene
un lema: no juzgues
si no quieres ser juzgado. No
discutas este punto
con la teoría de que no es posible
amar lo que uno renuncia
a comprender: renunciar
al discurso no significa
suprimir la percepción.
Fíjate en John, fuera en el mundo,
corriendo incluso en un día miserable
como hoy. Que
elijas no mojarte se parece a la patética
preferencia del gato por cazar aves muertas: completamente
consistente con tus dóciles temas espirituales,
el otoño, la pérdida, la oscuridad, etc.
Todos podemos escribir sobre el sufrimiento
con los ojos cerrados. Deberías mostrarle a la gente
algo más de ti misma; mostrarles tu clandestina
pasión por la carne roja.

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