El Arte del Decir (85)
La multitud de voces que constituyen las vidas humanas son un material interesantísimo para los poetas. Por supuesto, para aquellos que intentan que sus poemas digan algo de la existencia mas allá de sus ombligos sufrientes. Estas voces, son contradictorias, irritadas, susurrantes, delicadas y amorosas, todos los estados de ánimo parecen darse cita aquí y poco a poco van conformando los personajes de una obra. Porque un poeta escribe para una multitud, casi siempre, y cuando escribe para una o uno, que ha tocado su corazón, en sus textos palpita, sin embargo, algo de la sabiduría de la humanidad toda. No es un problema de cultura, sino de sensibilidad, de gusto, hacer escritos donde la mayor parte de los hombres y mujeres reconozcan su voz y por lo tanto, se sientan cobijados por las palabras.
William Butler Yeats (1865 - 1939) fue un poeta irlandes, premio Nobel 1923, de apasionado misticismo y un nacionalismo profundo y sincero. Supo combinar el cientificismo de su padre y la religiosidad de su abuelo en una doctrina heterodoxa que mantuvo toda su vida. Muchos de sus poemas, escritos con una perfección linguística enorme, tienen, sin embargo una sencillez engañosa, como el conmovedor y austero retrato de un gato nocturno que aqui presentamos.
NAVEGANDO HACIA BIZANCIO
I
Aquel no es un país para viejos. Los jóvenes
unos en brazos de otros, pájaros en los árboles
–esas generaciones moribundas– cantando,
cascadas de salmones y mares de caballa,
aves, peces o carne celebran en verano
cuanto ha sido engendrado, nace y muere.
Sujetos a esa música sensual todos descuidan
los monumentos de la mente inmarchitable.
II
Cosa indigna es un viejo, un abrigo andrajoso
montado en una estaca, excepto cuando el alma
bate palmas y canta, y canta con más fuerza
por cada desgarrón de su mortal vestido,
pues no hay escuela para el canto, sólo estudiar
los monumentos de su propia magnificencia.
Y por ello he cruzado los mares y venido
a la ciudad sagrada de Bizancio.
III
Oh sabios congregados en el fuego divino
tal figuras murales en un mosaico dorado.
Venid a mí del fuego, girando en la espiral,
para ser los maestros de canto de mi alma.
Purgad mi corazón; enfermo de deseo,
y uncido a un animal agonizante,
no recuerda quién es; y encomendadme
al artificio de la eternidad.
IV
Fuera de la naturaleza no tomaré mi forma
corpórea de ningún objeto natural
sino de aquellas formas que los orfebres griegos
crean forjando el oro y en oro recubriéndolas
a fin de prevenir la modorra imperial;
o ponen a cantar en un árbol dorado
ante las damas y señores de Bizancio
los hechos que pasaron, pasan o pasarán.
POLÍTICA
En nuestra época, el destino del hombre
presenta su sentido en términos políticos.
Thomas Mann
¿Seré capaz, estando allí esa chica,
de prestar atención
a la política española
o la romana o la soviética?
Pero aquí hay un hombre viajado
que sabe de qué habla,
y a su lado un político
que ha leído y pensado largamente,
y tal vez lo que dicen sea cierto
de la guerra y el riesgo de una guerra,
mas ah si volviera a ser joven
y pudiera tenerla entre mis brazos.
EL GATO Y LA LUNA
El gato iba de un lado para otro
y la luna giraba como un trompo,
y el pariente más cercano de la luna,
el gato sigiloso, miró arriba.
El negro Minnaloushe miró fijo a la luna,
pues allá donde fuera o sollozara,
la pura y fría luz del cielo
soliviantaba su sangre animal.
Minnaloushe corre por la hierba
alzando sus patitas delicadas.
¿Bailas, Minnaloushe, acaso bailas?
si dos almas gemelas se encuentran,
¿qué mejor que organizar un baile?
Quizá la luna aprender pueda,
cansada de modales distinguidos,
otro paso de danza.
Minnaloushe se arrastra por la hierba
de un claro de luna a otro,
la sagrada luna sobre él
ha entrado en otra fase.
¿Sabe Minnaloushe que sus pupilas
pasarán de un cambio a otro,
y que de la luna llena a la creciente,
y de la creciente a la llena pasan?
Minnaloushe se arrastra por la hierba
solo, importante y sabio,
y observa las evoluciones de la luna
con sus cambiantes ojos

Comentarios
Publicar un comentario