El Arte del Decir (82)
Es muy interesante observar que la poesía cuando se nutre de otro idioma que el natal, produce poemas de gran envergadura. No quiero decir que es indispensable pero es interesante que un poeta conozca algo de otra lengua y al menos, como es mi caso, haya leido poetas extranjeros traducidos, lo que revela mucho de la estructura del otro idioma. También habrá cosas que se pierden pero la verdad es que no importa tanto ya que lo que los idiomas extranjeros inducen en el propio es una suerte de desajuste que provoca muchas veces que se escriba un castellano extraño o con giros que no son naturales. Incluso eso sucede si accedemos a poemas escritos en castellano español, que como todo el mundo sabe es bastante distinto del castellano latinoamericano o del castellano que se habla en nuestro país, Argentina. Lo que quiero decir es que no se trata de despreciar la enorme riqueza del castellano, sino de nutrirla con otros idiomas, aunque sea bajo los efectos de una traduccion, lo que suele ser interesante para acceder a una lengua renovada. Lejos de mí las imitaciones, los pastiches o las traslaciones ingenuas y banales. Se trata de acceder a otras formas de pensamiento, sugeridas por otras lenguas, para alumbrar un sujeto poético menos típico y más lírico.
Roy Fuller (1912-1991) fue un poeta inglés que trabajó toda su vida como abogado en una sociedad de préstamo inmobiliario, previa a lo cual, estuvo cinco años en la Royal Navy. Como Eliot repartió su vida entre un trabajo rutinario y su vocacion de poeta y novelista. Sus versos transmiten un lamento por una civilización que ya no es humana, unido a un sentido del misterio que se desliza, subrepticiamente, por entre las palabras cuidadosamente elegidas y dichas con una tranquilidad sólo aparente.
Noche de invierno
Un búho ulula en la arboleda,
la luz de la luna convierte en malva el aire nocturno,
los árboles son regulares como cristales,
el camino en deshielo brilla como negras pistolas,
y atenuado por la tranquila nieve,
el viento apenas hace sentir su soplo.
¡Espantosa ave que llamas con puntualidad!
Su sonido inhumano cae extrañamente
en la escala de lo humano; y yo
soy obligado a colocar, además de ese grito,
la luna, los árboles y la abultada nieve
con lo que a mi pesar conozco.
Incluso el camino transmite una sensación
de estar fuera de la experiencia;
como si, esta noche de invierno en guerra,
el mundo que los humanos crearon ya no fuera humano.
El bosque
Los espíritus, erguidos y viles, podrían moverse
con facilidad desde cualquier árbol y alterar
el claro de luz plateada, el generoso verdor.
Sólo mil años los contienen. Esbeltos,
como animales, los troncos se elevan; ese extraño
silencio es el silencio de un sospechoso.
Mi mundo de rostros se interpone: rostros
y uniformes, la carne sensible y ordinaria:
cuyos años son arrancados como los días, y todo el engranaje
del orden, de la conducta y su base se disuelve
como hielo en la corriente de negros fluidos de primavera.
El tiempo es los hombres: el bosque se mueve, exige
la soberanía de la magia sobre las manos,
el culto al miedo, un mundo de lugares terribles.
La imagen
Una araña en la bañera. La imagen observada:
significativa quizá, pero sin duda críptica.
Una criatura inmóvil y más bien abotagada,
el brillo de las barreras, verticales y blancas:
transmite preocupación, piedad mezclada con rencor.
Al siguiente día, con alguna sorpresa la hallamos ahí.
Parece que se ha movido una pulgada o dos, quizá.
Comienza a adquirir ese aire familiar
de los prisioneros para quienes el tiempo es errático:
la tía mugrosa olvidada en el ático.
Es bastante obvio que subió a través del drenaje,
por ignorancia o apatía se niega a regresar
por ese ducto. Hay que afrontar el problema;
y la vida sigue, aunque extraños intrusos
se muevan entre sus muebles ordinarios.
Nos negamos a matarla, por lo que deslizamos
una hoja de papel bajo las flexibles patas.
La ventana del baño muestra a la fugitiva
las linternas iluminadas del laburno que cuelga
en cobrizas hayas: a esa escena es arrojada.
Sin duda nos gustaría que fuera así de fácil
echar de casa todos los sufrimientos.
Pero la tristeza y la responsabilidad
de nuestra especie viven en la imagen observada:
una criatura semi-amada, inmóvil, abotagada.
(Versiones de Alejandro Bajarlia)
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