El Arte del Decir (83)

La poesia no tiene objetivos. Cuando se escribe, no se piensa en las causas finales sino mas bien en las formales. Esta reflexión aristotélica tiene la función de desprender al poeta de las ideologías y las concepciones del mundo. No quiere decir que el poeta, en tanto persona, no tenga una ideología, así como puede tener un posición política o ser hincha de tal o cual club de futbol o partidaria de una filosofía. Pero en tanto poeta ( y aquí ya oigo los coros que dicen que es imposible definir al poeta) su unico deber ético es con la lengua y esto bajo el primado de la belleza. Como los clásicos, creo que hay vasos comunicantes entre la verdad, lo bello, lo justo, pero son altamente complejos y dificiles de definir en un breve texto. Lo cierto es que lo bello en su grado más alto hace bien a los seres vivientes cualesquiera sea su posición. En este sentido, la poesía contribuye a lo bueno de la vida y se enlaza con una dimensión ética en su cúspide.

Emilio Coco, poeta italiano nacido en San Marco in Lamis (Foggia, 1940), es  hispanista, traductor y editor. Entre las muchas distinciones y premios que ha recibido sobresalen el Premio de ensayo y traducción Annibal Caro y el Premio Proa a la trayectoria poética. Sus poemas que parecen una simple cronica de lo cotidiano se elevan, por su gracia formal, a la altura de verdaderos himnos de las cosas mas prosaicas pero igualmente bellas.




TE DOY GRACIAS, SEÑOR,

por todas las cajeras que he encontrado

en el Íper de Pescara Norte, en Brico,

en Castorma, en Auchan, en Oasi, en Sisa,

en la Conad y en demás supermercados

donde hallamos refugio para huir

del calor de estas tardes.

Qué deleite aquellas blusas albas

levemente desabotonadas

en los senos, bajo las batas ceñidas

con el nombre y el logo de la empresa.

Qué impagable regalo:

los dedos tan gráciles

que discurren veloces

sobre el código de barras del producto.

Manos alabastrinas

con uñas de todo color y forma,

manos tamborileantes

en teclas de la caja,

manos de una belleza luminosa,

que muy fortuitamente,

entretocan las mías

colocando la compra en una bolsa.

Manos que quedarán

en todo el mes de agosto

hasta el próximo verano

en el disco duro del recuerdo.





NUESTRA CASA

 

Tú y yo vivimos en un piso inmenso,

ya sin hijos y libres del tormento

de que llegue el dinero a fin de mes,

sin sustos ni sorpresas enojosas.

 

Tú en tus quehaceres sola en la salita,

yo con mis españoles en mi estudio.

Ya no tienen espinas nuestras rosas,

sólo los dos y cada vez más solos.

 

Hace años que sólo nos reunimos

a la hora del almuerzo y de la cena,

y esperamos ansiosos el momento

 

 

de acostarnos, cada uno en su rincón.

Para casos urgentes de importancia

siempre podemos recurrir al móvil.





ME LLAMO EMILIO COCO

y moro en un edificio en tercer piso

de calle La Piscopia 89.

Cerca de cuarenta años enseñé francés

pero he amado siempre y solo el español

y dejé la escuela con escasa amargura.

No tengo prisa por alzarme en la mañana.

A sorbos bebo un tazón de agua caliente

y luego desayuno

café con leche y copos de trigo,

que aseguran –está escrito en el paquete–

un pleno bienestar.

Voy al baño y en el lavabo lavo

la herrumbre de los años,

pero la luz por la rendija abierta

me clava sus reflejos como insultos.

Ya sentado en la mesilla me estrujo el cerebro

buscando un bello verso

pero desisto pronto: es mejor concentrarme

sobre algún mexicano,

uruguayo o chileno:

de un año hasta la fecha

no me interesan más los castellanos.

Terminada la cena, me acuesto en el diván

y me adormezco

con cualquier transmisión:

sea ficción, año cero o puerta a puerta.

No me ducho los sábados,

absuelvo mis deberes conyugales

no semanalmente,

pero como y cuando puedo:

no me invento problemas si es que fallo.

Inesperadamente me socorre

un murmullo de sangre

si intento una caricia sobre su cuerpo

y aunque no responde

me enfervorizo al descubrirme joven

por no haber perdido aún las ganas

de encontrarla debajo de la sábana.

Regreso al verso que traduje mal,

me roba el sueño contar sílabas sobre

el pecho, me alzo,

diez gotas del lexotan,

mascullo las plegarias en la noche

y espero que la noche me sea leve.

En tus inescrutables designios,

Señor, me has asignado

una vida de poeta menor.

A los grandes no les toca una existencia

tan pareja y vulgar.




Comentarios

Entradas populares de este blog