El Arte del Decir (84)


Las formas de decir, las maneras en que la lengua se posa brutal o cordialmente sobre las cosas ,para acariciarlas, sacudirlas, estremecerlas, hacerlas desaparecer y aparecer con otra luz en cualquier poema, son los modos en que las palabras recortan, ordenan, dispersan, golpean el mundo. Nunca veremos las cosas sin una mediación, la de las frases, muchas de ellas inconscientes, que nos conminan a decir, o a callar siempre bajo la luz oscura de la belleza. Escribir un poema es como hacer un mundo de nuevo, sólo que no notamos que el de siempre, el mundo real, no es tal cosa, salvo en los ciertos momentos fundantes de nuestra existencia. No es tal cosa porque el esta allí por la lengua, incluso por sus silencios, incluso por su ausencia. Somos hablados por palabras que nos lanzan a mundos donde amamos, odiamos, nos entusiasmamos y nos dejamos caer por la tristeza. No sómos solo seres de palabras, pero sin las palabras, el peso de lo real nos aniquilaría.

Sharon Olds (1942) es una poeta norteamericana nacida en San Francisco, ganadora del Premio Pulitzer y del National Book Critics Circle Awards. Dueña de un estilo directo, no desdeña sin embargo, ciertas metáforas que atraviesan tranquilamente textos que son dueños de un fuego poderoso y desestabilizador. Su poema Vuelvo a mayo de 1937 es notable por la manera que indica la determinacion de sus padres y la fuerza de un destino que se hace propio.


ESTACIÓN


Al regresar del muelle después de escribir,

avancé hacia la casa

y te vi la cara señorial

iluminada bajo una pantalla

pergamino color fuego.


Una mano elegante en la barba. Tus ojos agudos

me encontraron en el césped. Me miraste

como el señor mira hacia abajo desde su angosta ventana,

y tú que desciendes de lores. Calmadamente, sin dejar

tu insolencia, me examinaste,

la esposa corriendo hasta el muelle a escribir

tan pronto como uno de los niños se duerme,

dejándote el otro.


Tu boca alargada,

flexible como el arco de un guerrero,

no se curvó. Nos pasamos mucho rato

en la verdad de la situación, los poemas,

como cacería robada, pesaban en mis manos.



VUELVO A MAYO DE 1937


Los veo parados frente a los portones formales de sus colegios secundarios,

veo a mi padre salir caminando

por debajo del arco de piedra ocre, los

destellos de los azulejos rojos como curvos

platos de sangre detrás de su cabeza, veo

a mi madre con unos pocos libros livianos contra su cadera

parada contra un pilar hecho de pequeños ladrillos con el

portón de hierro forjado todavía abierto detrás de ella, las

puntas de lanza negras en el aire de mayo,

están por graduarse, están por casarse,

son chicos, son tontos, todo lo que saben es que son

inocentes, no lastimarían a nadie.

Yo quiero acercarme a ellos y decirles Alto,

no lo hagan - ella es la mujer equivocada,

él es el hombre equivocado, van a hacer cosas

que no pueden imaginarse que harían,

van a hacerles cosas malas a los niños,

van a sufrir de maneras de las que nunca oyeron hablar,

van a querer morirse. Quiero acercarme

a ellos ahí en el sol de esa tarde de mayo y decirlo,

la cara ávida y preciosa de ella girándose hacia mí,

su lastimoso cuerpo virgen,

la cara arrogante atractiva ciega de él girándose hacia mí,

su lastimoso cuerpo virgen,

pero no lo hago. Quiero vivir. Yo

los levanto como a muñecos de papel

hombre y mujer y los choco uno contra otro

por las caderas como a trozos de pedernal para

que saquen chispas, digo

Hagan lo que van a hacer, y yo voy a contarlo.





ACUSACIÓN DE OFICIALES DE ALTO RANGO


En el zaguán arriba de del hueco de las escaleras
mi hermana y yo nos encontrábamos de noche,
ojos y pelo oscuro, los cuerpos
como gemelos en la oscuridad. No hablábamos
de los dos que nos habían llevado allí, como generales,
por sus propios motivos. Nos sentábamos compañeras
en la guerra fría, su cuerpo vivo la prueba de
mi cuerpo vivo, de espaldas al leve
cráter de obús de las escaleras, por donde
tendríamos que bajar, sin saber
más que lo que habíamos aprendido allí,
así que ahora
cuando pienso en mi hermana, las suturas
y las marcas de las golpizas de su doctor esposo,
y las cicatrices de las operaciones, siento la
ira de un soldado parado sobre el cuerpo de
alguien a quien mandaron al frente de batalla
sin entrenamiento
ni arma.



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