El Arte del Decir (78)
Las palabras que se eligen para componer un poema no son palabras inocentes, ya que la elección implica una aceptación de la responsabilidad por las mismas. Naturalmente, por lo general, nuestra decision no es enteramente consciente, confiamos en un sujeto que escribe y que nos habita y que tampoco conocemos muy bien. Sin embargo esa confianza debe nutrirse de un cierto saber, un saber que, aunque borroso, sea claramente precisable: ese saber nos lo aporta nuestras lecturas de otros poetas, de otros poemas. Si leemos con cuidado, con gusto, con fruición poco a poco eso va conformando una capa de palabras que son las que utilizamos como criterio para elegir las nuestras, las que compondran un poema que firmemos. Nuestras lecturas previas son indispensables, un poeta que no lee tiene una confianza tan desmedida en su yo, que es probable que escriba tonterías pensando que son palabras excelsas. Y como ninguna palabra es inocente, cometerá la peor de las faltas: no dejarse hablar por los otros escritores antes de poder formular su propia escritura.
Valeria Tentoni (1985) es una escritora argentina que habiendose recibido de abogada, no ejerció nunca la profesión. Es poeta y cuentista y trabaja en la Editorial Eterna Cadencia. Su poesia se sostiene en un humor sutil y en una descripción de realidades indirectas donde puede estallar súbitamente el encuentro con una frase sorprendente.
Diosmío
Yo veo al pájaro incandescente cruzar el álgebra
lo veo ir
como una flecha luminosa cruzando el número
yo veo al pájaro, levitando, entre los rieles del número
el pájaro que es una cifra entre toda la nada
el pájaro que gorjea, y se parece un poco a la piedad.
Yo veo al pájaro y su constelación de sombras
ir y venir entre los tendales, ir y venir, meciéndose
al aire yerto de la mañana dejándose cruzar por el pájaro
al aire que es también un hijo pequeño y distante.
Yo veo al pájaro, diosmío, también lo veo
y nadie duerme al cuento cuando debería
y menos todavía el pájaro que cruza y se trenza en el cableado y después
sale revoloteando como un monstruo marino
entre la miel blanca del cielo y las nubes como mantas
en las que se acuna el hijo
entre las que el hijo mama
y el pájaro cruza los ojos del hijo
que piensa en los ojos del pájaro
que de diminutos y fusilados resplandecen
como piedras amarillas
y lo ciegan
hasta que la sombra y la noche y el sueño
son una sola aureola seca.
Adentro de la heladera siempre es de día
Las cosas que están ahí no se quejan, no le piden a ningún dios
que apague la luz. Esperan su turno.
Algunas se vencen, pero se quedan igual.
Me gustaría ser la botella de Coca-cola
que cargo con agua de la canilla. Algo que acepta su destino
sin escándalos.
Vivo arriba de un supermercado chino.
El otro día colgué un pantalón de la ventana
y el viento se lo llevó. Tuve que bajar, tuve que pedirles permiso.
Me dejaron entrar al depósito: fue como llegar
a la vasija de pepitas de oro al final del arco iris.
Durante mucho tiempo pensé que el ruido ese venía de la panadería
que está a mitad de cuadra. Resulta que no,
que viene de lo de los chinos.
Hay un enorme motor que usan para ventilar su mercadería.
Las cosas que están ahí no se quejan, no le piden a ningún dios
que haga silencio.
Todo lo que brilla es satélite de alguna estrella opaca.
Algún día esa estrella dejará de existir
antes que sus rayos
y caeremos a una fe ridícula.
Si no hubiese cosas más tristes que esa,
esa sería una cosa triste.
Yo me saco esto que traigo
y te lo dejo
como dejan algunos perros
pájaros muertos en la puerta de sus dueños.
Con inocencia y con exceso.
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