El Arte del Decir (77)
Cuando se escribe, se miente, pero en verdad, se miente menos que hablando. Esto es así porque la dispersión de las palabras habladas tiene un rango de mentira mas vasto ya que hablar es, en cierto sentido, desvariar. Nunca la lengua fué ese deposito de claridad y precisión que las semánticas mas empiristas imaginan. Siempre está la confusión, el multiple sentido, lo dicho por alusión, los silencios que mas que espaciar, confunden. El escrito por el contrario tiene a su favor la gramática, que limita muchos equívocos. Hay poesía también cuando se utilizan esos equívocos deliberadamente, pero allí no hay destrucción gramatical, sino mas bíen, superación, un más allá de las reglas que no desconoce las reglas mismas. Muchos poetas han querido destruir la lengua, en lugar de enriquecerla y esto porque se consideraban creadoras de la misma, cuando en verdad, eran, como todos nosotros, simples servidores de sus artificios.
Piedad Bonnet (1951) es una poeta colombiana, también novelista, dramaturga y critica literaria. Tiene una vasta obra literaria, en donde los motivos de la soledad, el amor no reconocido y el sufrimiento íntimo se entrecruzan en una prosa cuidadosa que sabe decir con palabras justas un dolor que no es evidente.
Soledades
Exacto y cotidiano
el cielo se derrama como un oscuro vino,
se agazapa a dormir en los zaguanes,
endurece los patios, los postigos,
enciende las pupilas de los gatos.
En las mezquinas calles minuciosos golpean
los pasos de la frágil solterona
que sabe que no hay luz en su ventana.
En el aire hay olor a col hervida
y detrás de la ropa que aporrea la piedra
un canto de mujer abre la noche.
Es la hora
en que el joven travesti se acomoda los senos
frente al espejo roto de la cómoda,
y una muchacha ensaya otro peinado
y echa esmalte en el hueco de sus medias de seda.
Abre la viuda el closet y llora con urgencia
entre trajes marrón y olor a naftalina,
y un pubis fresco y unos muslos blancos
salen del maletín del agente viajero.
Un alboroto de ollas revuelca la cocina
del restaurante donde un viejo duerme
contra el sucio papel de mariposas,
mientras como una red sin agujeros
nos envuelve la noche por los cuatro costados.
Confesión
Para tus ojos
quisiera yo beber el agua dulce azogue,
y amanecer cubierta de polvos de metales
como una joven faraona muerta.
Robarle su color a los almendros,
y hundiéndome en el lodo feroz de los pantanos
lustrar mi desnudez
para tus ojos.
Recuperar la luz de las espadas
y hacerla batallar en mis pupilas.
Tornarme espléndida
como una esclava etrusca cuya cabeza calva
perturba el sueño de los mercaderes,
como iracunda araña al sol del mediodía,
como la dentadura feroz de los guerreros,
como el líquido
despertar matutino de las dianas.
(Pero todo esto no es sino literatura
y debo resignarme a sonreírte
sin existir, quizá para tus ojos).
En consideración a la alegría
A qué llorar, me digo,
todo estaba previsto
me muerdo las falanges
los asombros por qué
miro la luna
ajena y sola y sobria en su talante
si desde siempre
desde el nacer, desde el morir, y en cada hora
pacientemente crece el hilo, crece,
y también crece la baba del gusano y la piedra
atravesada aquí,
bebo y saludo
y soy cordial con mi vecino ciego
pues no son tiempos estos dados a patetismos,
ni es elegante
exhibir el dolor.
A qué llorar, me digo:
sería
inoportuno con la muchedumbre
que ríe afuera con su risa de siglos.
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