El Arte del Decir (76)


Los poemas en los que se menciona la muerte o sus efectos suelen ser de varias categorías. Están los que indican directamente los horrores del fin de la existencia, los que se valen de la muerte para ejercer algún acción moralizadora explícita y los que describen algo del final pero lo hacen indirectamente, apenas aludiendo a aquello de lo que es muy difícil hablar. La presente clasificación no pretende ser exhaustiva pero quiere indicar que el tercer grupo es el que posee una mayor contundencia poética en mi modesta opinión. Porque allí lo real del final de la vida es aludido y por lo tanto, al no ser presentado directamente, se mueve entre las sombras de la enunciación de un poema, entre los entresijos de sus palabras y así alcanza directamente a nuestro ser que también es alusivo, al menos mientras vivimos. Un poema sobre la muerte tiene que tocar a la vida para despertarla de alguna manera. 

Inge Müller (1925 - 1966) fue una poeta de Alemania Oriental, cuya visión de la guerra aparece de manera descarnada en sus escritos. Con un lenguaje conmovedor pero austero denuncia de manera directa los horrores de una nación sumida en el esfuerzo loco de destruir y de destruirse.


Mi madre no me quería tener

Prefería un hijo
Pero llegué yo
Y a mi hermano aún no lo habían enterrado.
Alemania, madre vieja
Quería un hijo
Pero llegaron uno y –
Mil cañones en lugar de manteca.
Fritz y Krupp y Karl, el fuerte
Sagrada nación
Sí, ya lo sabemos
Es nuestra tierra y nuestra marca distintiva.
Y el mundo se rompió en pedazos
Alemania, un pedazo de él
Pedazo de nación
Favorita cuando se habla de mortandad.
Nuestros pensadores y poetas
Tuvieron que irse
La madre permaneció de pie frente a la lápida
En el embudo de Nuremberg.
Mi madre no me quería tener
Yo tampoco la quise
Por eso no tuve rostro
Hasta que me enterraron.

Bajo los escombros III

Cuando iba a buscar agua un edificio se derrumbó
Sobre mí
El perro abandonado y yo
Cargamos la casa.
No me pregunten cómo
No recuerdo
Pregúntenle al perro.

Máscaras
Me resisto a llevar máscaras
Me busco a mí misma
No quiero que ustedes me imiten
Busco nuestro rostro
Desnudo y cambiante.
Ni las lágrimas ni el tiempo
Nos quitan las larvas
Ningún fuego ningún Dios
Nosotros mismos
Nos llevamos a la tumba

A los 33 yo era una niña creyente

Mis padres eran buenos y trabajadores
Me hice adulta a los 39
Cuando estalló la guerra.
Oí esto y aquello
Contra Hitler y después a favor de Stalin
Vi: que este hizo eso y este lo dejó
Cuando eso se hizo cargo de él.
Tuve mi primer amor cuando estalló la guerra
Y cuando se marchó al frente
Lloré. Yo era una cosa tonta
Un ser inferior en relación a la nación.
Antes de caer regresó a mí
Totalmente destrozado por el crimen
No supe nada mejor que decirle: ven quédate aquí
Felices nunca hemos sido.
En el 45 todo el mundo era anciano
Yo no quería vivir y tampoco morir
Vi la herencia sin herencias
Y la movilización fue el precio.
Porque tuve que marcharme me fui
Busqué una razón
Y pensé en los árboles del parque
Y en sus labios suaves.
Bombas y cañones
Me enseñaron a tener paciencia
A considerar a los que sangran
A pensar: qué significa la culpa.








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