El Arte del Decir (70)


La poesía es una artesanía. No una ciencia, no una iluminación, no un panfleto, no una proclama política. La poesía se compone de versos cuidadosamente trabajados, dispuestos según el buen entender del poeta, alineados o cortantes, alargados o breves, sonoros o casi informativos, brillantes o vulgares. De cualquier manera quien marca allí el paso es un sujeto, el poeta, que no es el yo, ni la fama, ni el corazón, ni la mente del individuo que firma. Tampoco es tan misterioso, es el sujeto que brota de su lengua poética, el que está compuesto por palabras, silencios, interjecciones y derivaciones de su idioma y de muchos otros puesto que la poesía es interlinguística (que palabreja!), se compone de cruces de varias lenguas, algunas evidentes, otras secretas. Está la lengua materna, la pública, la que nos enseñaron, la que inventamos, la popular y la exquisita. Ese parlotear incesante es lo que nos mueve a escribir con humildad, con precisión, con cuidadoso trabajo, con yerros y aciertos, con tristezas y alegrías. Igual que un carpintero cuando hace una mesa, un electricista una instalación, una cocinera un plato. La poesía es un oficio de artesanos, no hay ninguna duda.

Izet Sarajlic (1930-2002) fué un poeta serbio que expresó de manera sencilla y terrible los horrores de una guerra que terminó con Yugoeslavia y que sorprendió por la crueldad ejercida en ella. En la misma murieron su esposa y sus dos hermanas. Lo notable es como la poesía puede ser cantada a pesar de las atrocidades humanas o quizás, justamente, a causa de ellas.


Último tango en Sarajevo 

La Sarajevo amorosa no se rinde.
Sobre la mesa la invitación para el baile matutino en el "Sloga".
¡Y, por supuesto, vamos!
Mis pantalones están un tanto deslucidos 
y tu vestido no es de Via Veneto.
Pero nosotros no estamos en Roma,
nosotros estamos en guerra.
Llega también Jovan Divjak, En las botas se ve
que acaba de llegar de la primera línea.
Cuando te dice ¿bailas? te sientes confundida.
Es la primera vez que bailas con un general.
El general no sabe el honor que te hace
y que tú le haces a él.
Ha bailado con la más celebrada señora de Sarajevo.
Pero ahora este tango... ¡es sólo nuestro!
Nos da vueltas, cansados, la cabeza.
Amor mío, se acaba nuestra maravillosa vida.
Llora, llora, si quieres, no estamos en Via Veneto
y tal vez sea éste nuestro último baile.


Aquel mirlo

¿Qué habrá sido de aquel mirlo
que cantaba la primavera pasada
cuando esperábamos el tren
en la estación de Dovlici?
Pero, ¿puede un poema sobre el mirlo
sustituir el canto del mirlo?
¿Puede?
Lo dudo.

1967. 
Traducción de Juan Vicente Piqueras.


Aquellos dos abrazados


Aquellos dos abrazados a orillas del Rin en Gothlieben
podríamos ser tú y yo.
Pero tú y yo no volveremos nunca a pasear
abrazados a orillas de ningún río.

Ven, paseemos al menos en este poema



La Suerte a la Manera de Sarajevo

En Sarajevo,
en esta primavera de 1992,
cualquier cosa es posible.
Estás en una cola para comprar el pan
y despiertas en un hospital
con una pierna amputada.
Después, incluso reconoces que has tenido mucha suerte.


Una calle para mi nombre

Paseo por la ciudad de nuestra juventud
y busco una calle para mi nombre.
Las calles grandes, ruidosas,
se las dejo a los grandes de la historia.
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?
Simplemente te amaba.
Busco una calle pequeña, simple, cotidiana,
a través de la cual, sin llamar la atención de nadie,
podamos pasear incluso después de la muerte.
No es importante que tenga un paisaje hermoso,
tampoco que haya pájaros.
Lo importante es que en ella puedan tener refugio
cualquier hombre o perro en peligro.
Sería hermoso que estuviera empedrada,
pero tampoco esto es imprescindible.
Lo más importante es que
en la calle que lleve mi nombre
no le suceda nunca a nadie una desgracia.


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