El Arte del Decir (66)
Todo poema es autobiográfico. La expresion anterior, diré, es manifiestamente falsa. Es cierto que los poemas se construyen también con recuerdos personales, pero creo que cuando se escriben ya trascienden nuestra persona, se colocan en una zona donde pueden reclamados por cualquiera que pase y se reconoce. O no se reconoce y discute. En este sentido, no hay que buscar la verdad personal del poeta (eso vale solo si se esta escribiendo una biografía), sino que al leer un poema hay que pensar en que frase de él, estamos incluídos nosotros, no el autor. En otras palabras, nosotros, los lectores somos receptores y reconstructores no del poema (que ya está escrito) sino de los sentidos de esa escritura que crecen y se multiplican en nosotros para darnos alegría, tristeza, indignación, paz, fuerza y humildad. Aun cuando no encontremos ningun sentido en lo que leemos, aun cuando el poema no nos evoque ninguna imagen, igual cumple su funcion clave en nosotros, que es dejarnos ser, simplemente, y por un instante, definidos por esas palabras.
Lisel Mueller (1924-2020) nacio en Hamburgo, Alemania y a los 15 años debió emigrar debido su origen judío. Fue profesora en la universidad de Chicago y ganó los prestigiosos premios U.S. National Book Award en 1980 y el Premio Pulitzer de Poesía en 1996. En sus poemas hay una melancolía escondida, enmascarada con palabras precisas y directas. El poema sobre la inmortalidad es una prueba de su sutileza y fuerza.
El final de la ciencia ficción
Esta no es una fantasía, es nuestra vida.
Somos los personajes
que invadieron la luna,
los que no pueden parar a las computadoras.
Somos los dioses capaces de deshacer
el mundo en siete jornadas.
Las dos manos se detienen al mediodía.
Estamos empezando a vivir para siempre
con mamelucos livianos, de aluminio,
con un número estampado en la espalda.
Sintonizamos nuestras palabras como música funcional.
Y nos escuchamos a través del agua.
El género está muerto. Inventen algo nuevo.
Inventen un hombre y una mujer
desnudos en un jardín,
inventen un hijo que va a salvar al mundo,
un hombre que se lleve a su padre
de una ciudad en llamas.
Inventen un carretel de hilo
que lleve al héroe a un lugar seguro,
inventen una isla donde abandone
a la mujer que le salvó la vida
sin perder el sueño por esa traición.
Invéntennos como éramos
antes de que el cuerpo nos resplandeciera
y dejáramos de sangrar:
inventen a un pastor que mate a un gigante,
a una chica que se transforme en árbol,
a una mujer que se niegue a dejar
el pasado atrás y se vuelva una estatua de sal,
a un hermano que robe la primogenitura
y se convierta en líder de una nación.
Inventen las lágrimas verdaderas, el amor imposible,
las palabras antiguas, pronunciadas despacio
y con dificultad, como los primeros pasos
que da un chico para atravesar una sala.
Inmortalidad
En el castillo de la Bella Durmiente
el reloj marca cien años
y la chica en la torre vuelve al mundo
igual que los sirvientes en la cocina,
sin siquiera restregarse los ojos.
La mano derecha que el cocinero levantó
hace un siglo exacto
completa el arco de su descenso
hasta la oreja izquierda del ayudante de cocina.
Tensas, las cuerdas vocales del chico
por fin dejan salir
la queja atrapada, inextinguible.
Y la mosca, detenida en medio de un clavado
sobre la tarta de frutillas,
completa su misión empecinada
y se zambulle en la cobertura dulce y roja.
De chica tuve un libro
con un dibujo de esa escena.
Era demasiado joven para darme cuenta
de cómo persiste el miedo y cómo
persiste el enojo, que es la causa del miedo,
de que su trayectoria no se puede modificar
ni romper, sino solamente interrumpir.
Mi atención estaba en la mosca:
en que ese cuerpo leve
de alas transparentes
con la esperanza de vida de un día humano
todavía reclamara su porción
de dulzura un siglo después.
Monet rechaza la operación
Doctor, usted dice que en París no hay halos
alrededor de las luces de la calle,
que lo que veo es una aberración
causada por la vejez y el sufrimiento.
Yo le digo que me llevó toda la vida
llegar a ver ángeles en las luces de mercurio,
suavizar, difuminar y por último desvanecer
los bordes que usted lamenta que no vea,
aprender que la línea que llamaba horizonte
no existe y que el cielo y el agua,
separados hace tanto, son el mismo estado del ser.
Cincuenta y cuatro años atrás pude ver que la catedral
de Rouen fue construida
con los ejes paralelos del sol,
y ahora usted quiere que repare
mis errores de juventud: las nociones fijas
de arriba y abajo,
la ilusión de un espacio tridimensional,
la glicina escindida
del puente que tapiza.
¿Qué le digo para convencerlo
de que las Casas del Parlamento se disuelven
noche tras noche para convertirse
en el sueño fluido del Támesis?
No voy a volver a un universo
de objetos que se desconocen entre sí,
como si las islas no fueran las hijas perdidas
de un solo gran continente. El mundo
es flujo, y la luz se convierte en lo que toca,
se convierte en el agua y en los lirios de agua,
en el agua de arriba y la de abajo,
se convierte en las lámparas cerúleas y blancas
lila, malva y amarillo,
puños pequeños que traspasan la luz del sol
uno tras otro tan rápido
que haría falta un pelo largo y continuo
en mi pincel para atraparlos.
¡Pintar la velocidad de la luz!
Nuestras formas sopesadas, estas verticales,
quemarlas para mezclar con el aire
y trocar nuestros huesos, piel y ropa
en gases. Doctor,
si tan solo usted pudiera v
cómo el cielo empuja a la tierra en sus brazos
y lo infinito del corazón que se expande
para reclamar este mundo, un vapor azul sin fin.
(traducciones de Sandra Toro)

Comentarios
Publicar un comentario