El Arte del Decir (64)


La poesía escrita, la poesía hablada, la poesía cantada, son tres formas de aparición en la literatura de ese raro género, que muchas veces no nos animamos a definir, por miedo a dejar afuera alguna de sus multiples formas. Y es verdad, la poesía muta, se recompone, se disuelve, y se transforma en innúmeras variaciones que me parecen que cualquiera que sea la forma que adopta debe ser siempre alusiva y que el dicho de su materia no ahorre el decir que yace bajo sus formas múltiples. Decir, es siempre lo que motiva un poema, que no es lo mismo que contar (que yace bajo las novelas y los cuentos) ni representar (que está en lo profundo de las obras de teatro). En el contar hay - por lo general - un argumento, una secuencia, pasos que van siendo dados uno después del otro, mientras que los poemas tienen algo de instantáneo (aunque sean largos), de fulguracíon, de presente (aunque hablen del pasado o se asomen al futuro). Es lo que el decir produce, actualiza, muestra.

Quería mostrar hoy varios poetas neocelandeses, escogidos un poquito al azar, solo por el gusto de sus poemas. Fleur Adcock (1934), Albert Wendt (1939) y Asleigh Young (1983) escriben estos poemas en islas remotas, aunque en todos está el lugar poetico preservado. Adcock en la evocación de su madre, Wendt en en sentido de los hijos, Young en el retorno imposible de amigos y amores.



Padres e Hijos


Padre e hijos se encuentran

a través de muchas puertas

que ríen, abofetean, aplauden, cortan, sangran

bloquean, lloran y dejan entrar a veces.

Y para cuando se encuentran

han sido cernidos por los harapos y huesos

de quienes eran y no pueden recordar.

 

Alrededor de nuestra casa los pájaros miná

bajan en picada como dardos. Yo cuento

los agujeros que esparcen en el cielo.

Mi hijo está en la cochera reparando

los frenos de su bicicleta.

Encerrada en su dormitorio, mi hija

ve el Capitán América.

 

He dejado de creer en Dios,

mis hijos empiezan a creer en Él.

Llevo de buena gana la herencia de mis Muertos,

mis hijos aún tienen que reconocer los suyos.

Algún día antes de que se marchen de casa

para siempre, les diré: “Nuestros muertos

son los refulgentes atuendos que arropan nuestras almas”.

 

El escuadrón de pájaros miná continúa

embistiendo  los árboles y el cielo.

Su crueldad abre heridas

en mis pensamientos.

A través de esas heridas como puertas

iré esta mañana

a conocer a mis hijos.


Autor: Albert Wendt











Proceso


Todos los amigos que perdimos
para nuestro bien volverán a nosotros
extrañamente refinados pero por lo demás iguales.

Todas las decisiones que tomamos en la madrugada, para irnos, para quedarnos,
también serán correctas cuando volvamos a despertar.

La gran succión que sale de debajo de un camión que pasa
significa la velocidad de la buena vida, atrayéndonos

y cuando volteamos hacia nuestros queridos amigos que vienen en bicicleta detrás de nosotros,
sus ojos están muy abiertos de alegría y no de terror.

Todos los amigos que nos evitaban en los pasillos del supermercado
nos abrazarán en los tianguis.

La desaparición de nuestra presencia en las redes sociales no pasará desapercibida.
En este día nuestra ciudad es como un corte de pelo perfecto, sus pérdidas se superponen suavemente
y lo que queda, cae con delicadeza.

Si monto un caballo que se asusta y sube a galope la colina,
el caballo que estás montando también se asustará
y nos alejaremos gritando juntos.

Las cosas seguirán el debido proceso.
Todo lo perdido, caído está en el olvido.
Si no puedo ver tu rostro es sólo porque el mío
se presiona contra tu hombro.

Paredes sin imágenes cantan sus libertades
como si llegaran a una nueva ciudad, nuevas calles, nuevos aires.

El silencio nos llevará al interior de nuestras vidas
que son hondas albercas cuyo fondo no podemos tocar con los pies

ni tampoco nos deja mover nuestros brazos,
porque estamos desnudos pero sin poder tocarnos.


Autora: Ashleigh Young












Esa mariposa


(Irene Adcock, 1908-2001, in memoriam)

Es verdad lo de la mariposa
-una pavo real, inusual ortiguera-
que irrumpió en mi ventana abierta.

Tú estabas en tu ataúd en Nueva Zelanda.
Yo estaba aquí, en mi cálido estudio de Londres,
intentando modular mi voz para trabajar

como Marilyn sostenía el teléfono
sobre tu rostro muerto. No podías esperar:
aleteabas de súbito para consolarme.

No eras de una belleza llamativa, querida madre,
pero tu personalidad era un arcoiris luminoso,
y tu generosidad tenía aterciopeladas alas.


Autora: Fleur Adcock

Todas las traducciones son de Rogelio Guedea




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