El Arte del Decir (63)


La lectura de la poesía debería comenzar en la infancia. No para hacer de todos los niños poetas o cultos sino para educarlos en el sonido de las palabras, en las significaciones de los vocablos, en la inteligencia de las imágenes y en lo súbitos y decisivos que son los razonamientos poéticos. Y deberían darse poetas no sólo de la lengua madre, aun cuando por supuesto son decisivos estos, sino también poetas traducidos, para que los niños comprendan que los efectos de belleza son, a veces, transidiomáticos, se transportan y se viven en otras lenguas que la original. Aquí no adhiero a ninguna de las quejas de los traductores. Si se puede traducir, se traduce. Si no se puede, no se lo hace. Pero no se traduce para después quejarse del propio esfuerzo y afirmar que las traducciones son imposibles. Seria importante, no obstante, que los niños se familiarizaran con la poesía, aunque no la practiquen. A lo mejor se abre para algunos, el universo de la palabra y, para otros, se vuelven mas sensibles a los vocablos y, por la vía de la belleza, advienen a un uso del lenguaje que permita vivir con mas dignidad y decencia.

Wallace Stevens (1879-1955) fue un escritor notable, nacido en Reading, Pennsylvania. Toda su vida trabajó como abogado. Recibió el Premio Pulitzer en 1955. Lo interesante de sus poemas es que no transitan la senda abierta por T.S. Eliot, ni por Ezra Pound, sino sus palabras tienen una austeridad que engalana los modos de decir, obteniendo, por lo general, efectos inesperados. El poema sobre el mirlo, por ejemplo, ofrece una descripcion lirica de sentidos insospechados.



Trece maneras de mirar un mirlo




1
Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2
Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3
En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4
Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5
Yo no sé si prefiero
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el nido silbando
o después.

6
El hielo cubría el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzaba de un lado a otro.
La fantasía
trazaba en la sombra
una causa indescifrable.

7
Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo el mirlo
anda entre los pies
de las mujeres que os rodean?

8
Conozco nobles acentos
e inevitables ritmos lúcidos;
pero también conozco
que el mirlo anda complicado
en lo que conozco.

9
Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre otros muchos.

10
Al ver mirlos
volar en la luz verde,
hasta los charlatanes de la eufonía
gritarían agudamente.

11
Viajaba por Connecticut
en un coche de cristal.
Una vez le entró el miedo,
por haber confundido
la sombra de su equipaje
con mirlos.

12
El río se mueve.
Estará volando el mirlo.

13
Toda la tarde fue de noche.
Nevaba,
iba a seguir nevando.
El mirlo se detuvo
en la rama del cedro.

Versión de Raúl Gustavo Aguirre


Desencanto de la diez en punto



Las casas están encantadas
Por blancos camisones.
Ninguno es verde,
O púrpura con anillos verdes,
O verde con anillos amarillos,
O amarillos con anillos azules.
Ninguno de ellos es extraño,
Con medias de encaje
Y recamados cinturones.
La gente no va a soñar
Con cinéfalos y pervenchas.
Sólo aquí y allá, un viejo marinero,
Ebrio y dormido con las botas puestas,
Atrapa tigres
En el temporal rojo.




Seis pasajeros expresivos


I

En China
Un anciano se sienta
A la sombra de un pino.
Ve un delfinio,
Azul y blanco,
Al borde de la sombra,
Moviéndose con el viento.
Su barba se mueve con el viento.
El pino oscila con el viento.
Así corre el agua
Sobre las yerbas.


II

La noche tiene el color
Del brazo de una mujer:
Noche, la mujer,
Oscura,
Fragante y dócil
Se oculta a sí misma.
Un estanque brilla,
Como un brazalete
Agitado en un baile.


III

Me mido
Contra un alto árbol.
Y me doy cuenta que soy muy alto,
Pues alcanzo directamente el sol
Con mi ojo;
Y alcanzo la orilla del mar
Con mi oreja.
Sin embargo, me disgusta
La forma como las hormigas
Se arrastran dentro y fuera de mi sombra.


IV

Cuando mi sueño estaba próximo a la luna,
Los blancos pliegues de su túnica
Se llenaron de luz amarilla.
Las plantas de sus pies
Enrojecieron.
Su pelo se cubrió
Con ciertas cristalizaciones azules
De estrellas
No lejanas.


V

No todos los cuchillos de los arbotantes,
Ni los cinceles de las largas calles,
Ni los martillos de los domos
Y las altas torres,
Pueden esculpir
Lo que una estrella puede esculpir,
Brillando a través de las hojas de la vid.


VI

Los racionalistas, que usan sombreros cuadrados,
Piensan, en cuartos cuadrados,
Mirando hacia el suelo,
Mirando hacia el techo.
Se restringen a sí mismos
A triángulos rectángulos.
Si intentaran los romboides,
Conos, líneas onduladas, elipses–
Como, por ejemplo, la elipse de la media
luna–
Los racionalistas usarían sombreros.





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