El Arte del Decir (LIX)


Debajo de las palabras corre una corriente silenciosa que anima las mismas y no es el sentido de esas palabras. Asi, puede decirse que toda poesía no es mas que un comentario sobre ese rio de lava que circula de nuestro cuerpo a nuestros vocablos y que intenta actualizarse en el dicho, en la frase, en las lineas de un poema sin lograrlo. Somos pues, los herederos de ese magma que nos pertenece pero al que no conocemos nunca del todo y que llamaremos aqui, provisoriamente, goce de la vida. Durará lo que dure, dira lo que pueda, pero todo poeta debe acercarse lo mas posible a su latido para producir poesias que lo expresen y lo magnifiquen. Solo así la poesía tendrá algun sentido y no será el significado de las palabras, vuelvo a decirlo, que es siempre secundario.

Ishion Hutchinson (Jamaica, 1982), es un poeta considerado heredero del gran Derek Walcott. Ha ganado ya numerosos premios entre los que se cuentan el Premio Joseph Brodsky Rome y el Premio en Literatura otorgado por la Academia Estadounidense de Artes y Letras. Sus poemas padecen un ritmo que anuda el pasado y el presente y que resulta inquietante en sus interrogaciones sobre el padre, por ejemplo, como puede verse en el primero de estos escritos.


La Estación


La estación de tren es un cementerio.
Ebrio de ánimos, un hombre entra. Ahuyento los mosquitos
de mis ojos para ver su rostro. “¡Padre!”
Le grito y balbuceo. Y no reacciona.
Durante trece años, no llegó nieve ni tren,
apenas unas cartas y en dos ocasiones, desde una celda,
su acento escarchado cruzó el Atlántico.
Su máscara trae un recuerdo de la infancia,
sólo partida, un gesto de humo.

 
Entre el gentío embarcado de una ciudad castigada,
fui escogiendo rostros en el espeso nido
que un severo golpe de luz matinal dejó crudo e idiota,
fui buscando en el regate de viajeros nocturnos,
nunca lo he encontrado,
deambulando por la sombra de la alameda,
pues un virus desanimó a las flores de las palmas y a mi madre,
quien después de haberme entregado
los fajos que llevaba en su bolso para que él la recordara,
afeitó su cabeza como nuez.

 
Usando una de mis voces de Cerbero
le hablo de ella con rapidez, pero se ríe mientras sacude la capa
de espuma sobre su abrigo. El frío de la estación
cristaliza a una congregación histérica;
sus ojos destellan pequeños obeliscos que extraen las almas,
y, ya sin ellas, vacilante, no encuentro
nada que se me parezca. Un extraño, mi padre, una rata
burlándose, ¿qué es lo que soy paralizado al final
de la estación? Solo un eco en el haz del tren
que llega sobre su gélido nervio de metal.


Pierre


Había un chico llamado Pierre Powell
que se encargaba del atlas

 
en el armario. También anunciaba fin el día
tocando la campana de hierro en la ventana

 
del director, el señor William, una tarea que muy poco
envidábamos; lo que nos calaba hasta los huesos

 
y teníamos que aguantar dos veces por semana,
era cuando lo llamaban para ir por la llave,

 
también a la oficina de William,
que abría el cajón barnizado donde estaba

 
el mapamundi, viejo y emplasticado, un prohibido
obsequio misionero coronado junto al estuche

 
de instrumentos matemáticos de Oxford y otros
artículos que solo habrían visto Pierre y la maestra Rose,

 
quien ahora con solo un leve movimiento de cabeza
lo enviaba a cumplir su deber. En silencio esperábamos

 
su regreso, la señorita Rose con su blusa arrugada
y polvo de tiza en el cabello,

 
no se movió hasta que él estaba de vuelta, jadeando
en la puerta. Otra señal de adivino

 
y él abrió el cajón, desenrolló el mapa con destreza,
sobó los pliegues y sujetó los bordes

 
para esa regla que seguíamos con la vista,
nombrando países en voz alta, estampado

 
en la periferia estaba Pierre como un pilar caqui,
con una sonrisa de negociante, nuestras voces

 
se confundían al nombrar Argelia, Suiza, Chile,
y pronto se marchitaron, entonces volvimos nuestras miradas

 
hacia el campo de pasto seco, una mula oxidada,
congelada estatua en el condenable calor,

 
Pierre, un océano fantasma deshaciéndose
sobre la Antártida, Fiji, Belice y la India

 
por mencionar algunos que aún recuerdo, una liturgia de tontos
toques, cuyo único punto cardinal era Tropicana

 
Sugar Estate, tan cercano que podíamos oler el azúcar
siendo procesado. Un silbido nos avisó que la clase

 
de geografía había concluido. Como traídos de un sueño
por un golpe, nosotros, los espectadores, observábamos

 
la ceremonia de enrollar y guardar el mapa dentro del cajón.
Lo observaba, con la llave y su llavero,

 
entre un aire de seriedad llevándolo por un portal de luz.
Se ausentó toda la semana previa al verano,

 
y cuando la señorita Rose, de manera extraña,
preguntó por él, una chica contó que había regresado a casa.

 
“A casa,” dijo la señorita Rose como una frase inesperada.
“A casa,” repitió la niña y añadió, “él de Caimán,

 
señorita, o Canadá, de algún lugar que comienza con C.”
Nos volteamos hacia la señorita Rose esperando que nos confirmara

 
Canadá o Caimán, pues este otro lugar con C se volvía
nieve en nuestras mentes; lo foráneo es siempre fantasmal,

 
pero ella señaló a la nada con un dedo torcido
y dijo: “Ve corriendo donde el director y trae

 
la llave,” la clase completa se dispersó, sin importarnos
que a nadie en particular le habían dado esa orden.


(traducciones de Alain Pallais)



 

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